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viernes, 28 de junio de 2013

Escenas de salvación: una reflexión cristiana.

Sin duda es que lo más sublime del ser humano puede ser entendido en términos religiosos (alma, fe, más allá...). Debemos comprender que una parte esencial de la humanidad radica en la pregunta de la existencia o no de una vida posterior a la muerte. Y lo más importante: si existe vida después de la muerte, ¿cómo es esa vida?¿Es el cielo?¿Es el infierno? Las distintas religiones avanzan posibilidades, habitualmente buenas o agradables para aquellos cuyo comportamiento fue en líneas generales acorde a los preceptos establecidos por cada religión. La ausencia de estos comportamientos buenos trae consigo la expulsión a los infiernos, generalmente identificados como sitios de sufrimiento y tormento eterno.
 
La reflexión que quiero llevar a cabo en el día de hoy es la siguiente: dadas decenas de religiones, ¿cuál es la que garantiza mi salvación?¿Me la garantiza incluso si no soy miembro de ésa religión? Es decir, si lo aplicamos al Cristianismo, ¿garantiza esta religión mi salvación si hago el bien?¿Y si soy budista o musulmán pero hago el bien?¿Iré al infierno según la doctrina cristiana?

La situación de la Iglesia antes del Papa Francisco era si cabe muy preocupante al respecto. Incluso hoy podemos decir que aún está muy debilitada, pero la capacidad de Francisco parece que podrá superar, al menos en parte, estas debilidades. Sus reformas parecen inminentes y además es un hombre que a priori predica con el ejemplo, lo cual se agradece. Es en esta línea reformista en la que debe insistir el Papa Francisco, pero no en un reformismo luterano, sino en un reformismo franciscano, como hizo San Francisco de Asís en el siglo XIII.

En la Magna obra de Umberto Eco, El nombre de la rosa, se narra, entre otras cosas, la situación que había vivido la Iglesia en aquellos convulsos años del 1200. Es curioso que en una Iglesia persecutora, que había marcado como profundamente herejes los movimientos de los cátaros a principios de siglo y de los dulcinistas a finales del mismo, sea al mismo tiempo la que canoniza a Francisco de Asís. Lo cierto es que a la Iglesia se la puede achacar de muchas cosas, pero no de condenar "porque sí". Siempre hay un motivo, más o menos basado en los evangelios y en la tradición de los primeros cristianos.

¿Entonces en qué se diferenciaban aquellos franciscanos que predicaban y practicaban la pobreza con aquellos dulcinistas que de la misma manera predicaban y practicaban la pobreza? La respuesta es un tanto oscura, pero básica: en la obligatoriedad.

San Francisco pronto empezó a poner en práctica su pobreza y su total sumisión a Dios. A pesar de animar a otros a practicar su manera de vivir, no obligaba ni contravenía a la Iglesia en su seno. Nunca acusó al Papa o a otros cristianos de vivir en la opulencia, sino que él practicaba la pobreza, y con esa misma pobreza de espíritu humilde llegó a forjar una santidad. En cambio, Dulcino arremetía contra aquellos que acumulaban las riquezas. Desde el Papa hasta los nobles, Dulcino consideraba a los ricos y a esa Iglesia rica como engendros del diablo.

¿Qué significado tiene lo anteriormente dicho con el nuevo pontificado del Papa Francisco? Todo. En materia económica, el Papa Francisco habrá de reformar tanto al Banco Vaticano como a la financiación de la Iglesia. La Iglesia debe reformarse hasta la consagración de hombres que renuncien al mundo, verdaderos santos en vida, hombres que, como ocurría en aquel entonces, allá por los primeros siglos del Cristianismo, sean realmente admirados por su vida intachable. No estamos hablando de ascetismo, ni de causar dolor. Se trata de una abstracción total del mundo, en el cual no sientan ningún apego por lo físico o por lo terrenal, sino exclusivamente por lo espiritual y que sirvan de guía al resto de la Humanidad.

De todas maneras esta idea es realmente (aunque parezca lo contrario) más fácil de realizar que la otra reforma absolutamente necesaria: la reforma teológica.

Para hablar con propiedad, no puede existir una reforma teológica, ya que Dios es inmutable. Pero sí conviene mencionar que el Concilio Vaticano II propuso una serie de ideas tendentes a modernizar la Iglesia que si bien han apoyado todos y cada uno de los papas posteriores, no cabe duda de que están sustentados en valores cuanto menos discutibles. Por ejemplo, el concilio Vaticano II hace enorme hincapié en la idea del Ecumenismo, es decir, la búsqueda de elementos comunes en todas las religiones con la idea de crear una especie de organismo suprarreligioso que si bien no sería una religión trataría de hacer un trabajo similar al que hacen las Naciones Unidas en el mundo, esto es, hablar, dialogar, condenar a quienes no cumplan con los preceptos, etc. Sin embargo, esta paz religiosa da pie a un "pacto de no agresión" en el cual se entiende que el apostolado de todas las religiones es entendido al menos en parte como un apostolado muerto, que ya no tiene más sentido más allá de un cuidado de ovejas descarriadas en zonas inhóspitas o personas desatendidas por otras religiones del lugar.

En cualquier caso hay un hecho todavía más importante, si cabe. ¿Garantiza el Ecumenismo la salvación del alma? Es curiosa la respuesta de la Iglesia. Y digo que es curiosa porque aunque fue dada por un Papa, el cual es infalible en cuestiones teológicas, es ante todo inconsistente con la propia Biblia. El Concilio Vaticano II no llega a dejar claro qué ocurre si un hombre "santo" de otra religión muere sin ser bautizado en Cristo o participar en el seno de la Iglesia Católica. Lo mismo para cualquier otra religión en relación a personas que no profesen la religión. La respuesta del Concilio Vaticano II es que la bondad y la fe en Cristo es mucho más importante que la pertenencia a un grupo determinado pero... ¿cómo puedo tener fe en Cristo si soy musulman?¿Un buen musulmán puede llegar a ir al cielo cristiano?

Hasta no hace mucho, existía el limbo para estas almas buenas que no iban al cielo por no estar bautizadas. Sin embargo, el siglo XX  comenzó a ver esta figura del limbo como algo peligroso en su propio concepto, ya que elevaba a "posible canditado a cielo" a un asesino  cristiano arrepentido y sin embargo condenaba eternamente al limbo al no bautizado. Aunque parezca lo contrario, esta actitud ecuménica es si cabe mucho más triste, falsa y peligrosa que la actitud de condenar a un neonato muerto a un "pequeño infierno".

La razón es simple. Si la salvación nos la da Cristo o la fe en Cristo y sin embargo se salva un alma buena no cristiana, ¿qué sentido tiene la fe en Cristo para salvarse? Seamos buenos y budistas y así llegaremos a salvarnos cristianamente. Esto no puede ser y los propios cristianos, el Papa el primero, deben ser conscientes de la necesidad de reformas del Catolicismo, a un Catolicismo más puro, más primitivo, más creyente... El Cristianismo no tiene que ser una religión de imposición, sino una religión de opción. Creer en Dios debe ser sinónimo de vivir en la fe y en la idea de salvación.

El Papa Francisco, por el momento, ha entendido que un Papa moderno no es lo que necesitan los jóvenes, sino un Papa que asuma al rol que muchos padres no han sabido asumir: el rol de la madurez y de la ayuda y el acogimiento. El Papa Francisco también debe entender que hay que insistir a otras religiones en el valor tan enorme que tiene que el Hijo de Dios sea el Cristo al que seguimos todos y que seguir no a un profeta de Dios o a un virtuoso del dolor nos salva, sino seguir al mismo Dios hecho carne. Esto no significa o no debería significar un enfrentamiento con otras religiones. Al contrario, se trataría de proponer a todas las religiones un giro al cristianismo, cada vez de manera más profunda. No un Ecumenismo, sino un Cristianismo opcional, abierto al diálogo, abierto al público, sin miedo y sin tópicos.

Es necesario salvar a esta Iglesia y creo que de momento podemos decir que seguirá sana y salva mucho tiempo.

jueves, 27 de diciembre de 2012

¿Qué nos queda de la Navidad?

¿Qué nos queda del auténtico concepto de la Navidad? Muchos afirman y afirmaron que el consumismo y el capitalismo han acabado con el auténtico espíritu navideño. Copiosas comidas, regalos caros, adornos exagerados... Hay quienes afirman que nada de eso es lo que predicaba Cristo y que la Iglesia, los curas y el Papa, entre otros, no hacen nada por dar una imagen real y cercana de la postura de Cristo, que no era otra que la de la pobreza.

Quizá esto pudiera parecer lo correcto, pero es a todas luces incorrecto, entre otras cosas porque Cristo nunca predicó nada sobre la Navidad. En ningún evangelio Cristo habla de su propio nacimiento ni instituye fiesta alguna, salvo la eucaristía que celebró el Jueves de Pascua, consistente, como todos saben, en tomar el pan y el vino. Esto tendría que servir para entender que no fueron otros más que los primeros cristianos los que instituyeron la fiesta, al igual que muchas otras fiestas religiosas cristianas, como son la festividad de Reyes Magos o el Corpus Christi.

La Navidad fue instituida por la Iglesia Primitiva. Algunas fuentes aseguran que al carecer de datos fiables sobre el mes y día que nació Jesús, los primeros cristianos y fundamentalmente los nuevos conversos romanos adoptaron como día de nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, fiesta que coincidía con la festividad del Sol Invicto, una tradición pagana. Es posible, aunque no confirmado por documento histórico, que ésta fuera la razón principal, sobre todo para respetar en cierto modo tradiciones más antiguas, tal y como hicieron los españoles en América con los ritos paganos de incas y aztecas.

Lo que sí es cierto es que, como ocurre con casi todo, se tergiversa el significado y el significante de la palabra Navidad, así como su origen y su rito. La Navidad primitiva era una fiesta, un jolgorio, basado en el éxtasis de conmemorar que un dios vivo había nacido tal día como ése. Por tanto, es del todo plausible que, como ocurre hoy, hubiera fiesta y también un rito en el propio recinto religioso, más austero pero igualmente festivo.

El caso es que hoy más que nunca se critica esta festividad cristiana, a la que tachan de carente de sentido y sobre todo como una fiesta hipócrita, alejada del significado primitivo. Nada más lejos de la realidad. Quizá hoy se parezca más la Navidad a lo que era primitivamente que lo que se pareciera la Navidad del siglo XV. Fiesta y felicidad por el nacimiento de Dios.

Es evidente que habrá quien pronto quiera reprochar que el ciudadano actual no celebra dicho nacimiento sino que para él se ha convertido en fecha de compras compulsivas y día de borracheras, sin significado religioso ninguno. No estoy de acuerdo con esa afirmación. Podría demostrarse que lo segundo, las borracheras, han sido comunes en todos los tiempos y que si bien la forma ha cambiado, el fondo sigue siendo el mismo: fiesta. Que la fiesta carezca de sentido religioso tampoco es cierto. Habrá quien no vaya al templo o quien no crea en Dios, pero con que crea en el sentido de la misma fiesta es suficiente. Si un comunista ateo se sienta a la mesa a celebrar con sus hermanos una cena con la excusa de que en el trabajo le dieron libre el día de Navidad, ya sería suficiente. Sin saberlo, Dios lo engaña. El primer deber del cristiano o del ciudadano en general es no tener rencillas con el prójimo (Mateo 5:23, 24, “Por tanto, si has traído tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y ofrece tu ofrenda”).

¿Y el consumismo? Es cierto que los primeros cristianos, entre otras cosas porque la gran mayoría eran pobres, no conocían lo que hoy llamamos consumismo. Sin embargo, habría que analizar si existe una auténtica relación entre consumismo y Navidad. Si bien es cierto que una parte importante de los negocios ven un aumento de su facturación en Navidad, eso no se debe a la propia fiesta en sí, sino a la actitud de los compradores. Si bien la tradición cristiana ha sido siempre la de hacer un pequeño regalo, dando a entender que el que regala quiere hacer feliz al que recibe, esto no puede interpretarse como un incentivo al consumo extremo. Estoy de acuerdo en que la tergiversación de la propia fiesta puede hacer pensar que el objetivo de la Navidad es el de recibir o regalar el regalo más caro, pero no puede acusarse a la Iglesia de haber fomentado dicho comportamiento en el consumidor.

Es cierto que la Navidad de ahora no es como la de antes, pero no por un consumismo extremo o un desinterés creciente en la Iglesia o en la figura de Jesús, sino más bien por una actitud negativa de la propia fiesta en los ciudadanos más influyentes (entre ellos periodistas y políticos). La Navidad no puede ser entendida como un tiempo de pesimismo, de negación y sobre todo como un tiempo impuesto por poderes terrenales que tratan de engañarnos en nuestra apreciación de la realidad. La Navidad debe entenderse como un tiempo de fraternidad, incluso de fiesta si se quiere, pero no como un tiempo de obligaciones con el prójimo (regalos, por ejemplo). Y mucho mejor se entenderá si encima todo esto se riega con algún nacimiento real.

lunes, 25 de junio de 2012

Cambiar lo imposible o la teoría de la inercia social

Corren tiempos de pesimismo. Eso está claro. Para acentuar todavía más la tragedia, las noticias económicas siempre están anunciando nuevas medidas impopulares en cualquier parte del mundo. A todo ello se une una crisis de empleo sin precedentes.

Han surgido voces de cambio. Voces de revolución. Voces propagandísticas. El desconcierto entre la población crece por momentos e incluso pequeños gestos en nuestras propias vidas son la chispa que podría encender acciones de protesta y de violencia incluso. Se oyen voces que propugnan el cambio social...

¿Pero un cambio a qué? Es más, ¿alguien sabe realmente lo que ha de cambiarse?¿Es acabar con el dinero? Obviamente esto es un absurdo, es una vuelta a la prehistoria. ¿Es acabar con el capitalismo? Eso ya lo intentó el comunismo y todos sabemos qué pasó. ¿Es acabar con el capitalismo con otro método que no sea el comunismo?¿Es mediante políticas socialistas?¿Será quizá con políticas chavistas?

En ocasiones, en muy raras ocasiones tengo que decir, estas ideas y esta situación de crisis me hace sonreír. ¡Pringados! ¿Acaso creemos que las medidas radicales son tan fáciles y sobre todo son tan efectivas en las sociedades occidentales? Todo dependerá, claro está, del intelecto del que propugne estas medidas y cambios.

Generalmente he de decir que quien propugna cambios suelen ser los denominados grupos de izquierda. Cambiar es bueno, eso es indiscutible. Sin cambios sociales no hubieramos avanzado en ciencia, por ejemplo. Pero cabría pensar si ciertos avances técnicos y científicos consuelan frente al daño social que se deriva de ellos. Por ejemplo, la Revolución Industrial trajo grandes inventos y descubrimientos médicos y científicos. Sin embargo, la Revolución Industrial trajo espeluznantes cambios sociales y económicos, a la par que horribles guerras (las más horribles que el ser humano haya contemplado) y a horribles políticos. Además, esos cambios se han ido acentuando, de tal manera que las revoluciones científicas, políticas y sociales siguientes fueron siempre menos eficientes, ya que la mejora técnica era mucho menor que el empeoramiento social.

¿Qué hacer entonces? Como parece que las revoluciones tecnológicas van a ser imposibles de parar, mucho menos desde que los países subdesarrollados ahora comienzan a desarrollarse a pasos agigantados, las revoluciones sociales deberían ser controladas tajantemente por los políticos nacionales y supranacionales (ONU). Esto no es una mera opinión o una posibilidad. Se trata de una auténtica realidad que todos estamos viviendo.

Nada que conlleve una actitud radical sería realmente efectiva en los países desarrollados y democráticos, a menos que un cambio político a escala mundial sin precedentes ocurriera de repente. Me estoy refiriendo a una dictadura al estilo de los nazis, cuyo advenimiento coincidió no sólo con la dictadura alemana sino dictaduras en España, Italia y URSS, así como regímenes totalitarios o simpatizantes como Japón, Grecia o Argentina. Incluso de esta forma, cambios muy radicales serían muy complicados de hacer, al menos a corto plazo.

Pero este caso no sólo ocurre cuando hablamos de visión retrospectiva o revoluciones conservadoras, sino cuando hablamos de revoluciones socialistas. Es decir, plantear un mundo sin ricos o un mundo lleno de homosexuales no sólo es utópico sino imposible desde los más elementales principios. ¿Cómo se puede obligar a cambiar las ideas de alguien? Ni los propios nazis pudieron cambiar el pensamiento de los judíos, incluso cuando les gaseaban. Existe lo que se llama una inercia social.

Al igual que un planeta trata de escapar de su órbita pero una fuerza le obliga a girar y realizar una curva, la sociedad tiene una inercia que no puede ni debe cambiarse. Las grandes revoluciones trataron de hacer eso y sólo trajeron desgracias y miserias inigualables a escala histórica. Las hambrunas de la Edad Media nada o poco tenían que ver con los millones de proletarios en Londres o Manchester en plena Revolución Industrial, donde vendían incluso sus dientes por un pedazo de pan. Y todo porque ofrecían las falsas promesas de un trabajo digno, el cual consistía en un salario ínfimo al existir una sobredemanda impresionante. De nada valía la persona y sus actitudes personales: sólo el resultado del trabajo valía.

En esto Marx no se equivocaba. El proletario era sacrificado por un patrono que no veía más que un medio productivo más, como así mismo era su máquina. Pero el viejo Marx se equivocaba amargamente: él llama a la revolución como fin de las miserias. Cuando el proletario fuera dueño de los medios de producción, podría repartir el fruto del trabajo equitativamente.

¡¡¡Cuánto se equivocaba el estúpido Marx!!! Lo triste es que aún hay quien sigue sus tesis. ¡Ay, Dios, ayúdanos! Lo que consiguió fue que un país tan pobre como Rusia se empobreciera hasta límites insospechados hasta que estalló la contrarrevolución de 1989. Y en todo este tiempo, los comunistas, incluso siendo un regimen dictatorial, no consiguieron acabar con la religión, con las ideas buenas, con los sueños del pueblo por una vida mejor.

Ahora se insta a que todo se acabe mediante una amnistía general para todos (ricos, pobres, bancos, personas). Se plantea el bonito "empezar desde cero". Eso, señores míos, es imposible por una sencilla razón: la amnistía general significa que los actuales ricos acabarían pobres y los pobres, si no más ricos, quizá seguirían igual de pobres. ¿Qué sentido tiene un país de pobres? Sólo uno: la mafia organizada. Quien propugna estas debilitaciones del gobierno son las propias mafias o quienes son comprados por ellas.

Caso parecido podría decirse de quienes sueñan con el fin de la Iglesia o acabar con el latrocinio, la prostitución o la homosexualidad o tantas otros temas polémicos de las sociedades actuales. Esto es imposible, al menos a corto plazo. Pensemos que una actitud radical, por ejemplo, hacia la prostitución. ¿Cómo acabar con el ansia y el vicio de tantos en sólo unos días?¿Es coherente siquiera pensarlo? Todo pasar por seguir la inercia y no con frenar el móvil. Atacar con multas o bochornos públicos a los proxenetas o clientes sólo trae consigo un empeoramiento de las condiciones de explotación de las prostitutas. ¿Cómo se acaba con la prostitución? ¿Con la educación en valores feministas? ¡Nada de eso! En esto nos insisten nuestros estúpidos políticos y sus asquerosos asesores. La prostitución se acaba cuando se hace poco atractiva al cliente y a la prostituta. Alguno dirá que una mujer siempre creará atracción el un hombre. Cierto, pero un fomento de una mujer real y no ficticia (como la "mujer trabajadora" que nos quieren hacer ver nuestros políticos) puede acabar con la imagen de que la mujer decente es poco atractiva y la prostituta tiene un cuerpo morboso y pecaminoso, lo cual resulta atractivo. Plantear modelos sociales y asustar o desmotivar a quien ejerce o trafica con la prostitución es la forma más efectiva de hacerlo. De hecho, desde aquí aplaudo las políticas gubernamentales de prácticamente todos los países del mundo en el asunto de las drogas o el tabaco. Hoy más que nunca, se excluye socialmente al fumador (no tanto así con el drogadicto, por desgracia), lo que crea una cierta culpa y se tiende a abandonar el hábito.

Cambiar lo imposible es, como su nombre indica, imposible. Pero todo tiene un matiz. La cuestión no es cómo se cambia, sino qué queremos cambiar y por qué y sobre todo a donde conducirá ese cambio. Recordemos siempre, al tomar una decisión en la vida, seamos políticos o no, la inercia social. No podemos parar un planeta con tanta vida, porque esta los más insignificantes, cuando son muchos o son únicos en su especie, pueden cambiar el curso de los acontecimientos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

La pieza que falta. Alegato a la individualidad

Presenciar el trabajo de cualquier profesional es siempre algo que nos ofrece cierto interés. Ver a un albañil trabajando, a un alfarero, a un electricista, etc. es algo que nos causa una impresión favorable al trabajo que realiza, generalmente un trabajo creativo y o artesanal. Durante ese tiempo parece que no necesitaran ningún tipo de ayuda. Lo cierto es que en la realidad sí la necesitan y, si nos fijamos un poco, al alfarero le traen el barro conducido por un transportista, barro que fue sacado por un cantero de su lugar natural.

Cuando uno piensa que el mundo y la sociedad no es más que una gran maquinaria que funciona a diario, debería plantearse algo más que ese pensamiento. Debería pensar que esta crisis económica que sufre el mundo ha sido, quizá, fruto de esta interdependencia global. La realidad es que el ser humano actual tiene la sensación de que es un mísero grano del granero, una persona a la cual el mundo no echará de menos si muere; una persona por la cual el mundo no sufre ni disfruta cuando llora o cuando ríe. "El mundo es un sitio demasiado frío como para advertir la presencia de una sola persona", nos diremos.

Como la hormiga en el hormiguero o como el tornillo en la máquina, hemos querido sacrificar nuestra individualidad por un el bien común, relegar nuestras funciones a la de coadyuvantes de un bien mayor. Esto, sin embargo, plantea dos problemas fundamentales:

- ¿Cuál es ese bien mayor por el cual he sacrificado mi propia individualidad?

- ¿Quién dice que en la máquina el tornillo que sujeta el embellecedor de la puerta de acceso sea tan importante como el motor o como el tornillo de seguridad? ¿Por qué hemos de considerar que nuestra existencia se reduce a una simple definición y no a una descripción completa de nuestro ser?

Al Estado moderno le interesa enormemente crear masas sociales. Es y ha sido la principal preocupación de los movimientos políticos del siglo XX y parece que tratan de expresar lo mismo en el siglo XXI. Incluso en las Ciencias Económicas se considera completamente absurdo concebir la mano de obra como algo distinto a otro recurso, como es el capital o como es un inmueble.

Esta concepción del ser humano es rotundamente falsa e incapaz de solucionar los problemas sociales más elementales: la igualdad, es decir, la vulgarización de las personas sólo puede considerarse un cáncer que mata al cuerpo social. Las personas tienen nombres y apellidos, sin embargo los gobiernos se empeñan en poner números de identificación personal o fiscal, como dando a entender su pretensión de uniformar la sociedad.

Ante el desamparo de muchísimos jóvenes o ante las dudas y conceptos de fracaso de muchos hombres de mediana edad que ven cómo son despedidos sin miramientos, he de decir que no están solos y que deben reivindicar su individualidad.

Nunca me consideré miembro de ningún grupo, a no ser que consideremos grupo a una serie de pensadores muertos a los cuales he leído y con los que me he identificado en muchos casos. Es totalmente cierto que un hombre nada puede contra cientos o que la masa es mucho más atractiva que un simple ser humano, pero no es menos cierto que el poder de la palabra o el poder de la razón es tan extraordinario que sólo la violencia o las traiciones pueden acallarlo.

El mundo es un auténtico rompecabezas en el que somos una pieza más. Aunque esta idea pueda parecer idéntica a la que hemos criticado antes, es totalmente ajena al trato indignante que políticos y entes sociales, desde la Cruz Roja o la ONU hasta las asociaciones católicas, tratan de hacer ver. Ellos aseguran que somos todos como piezas de un gran reloj. Falso: lo que ellos quieren decir es que somos como granos de arena, es decir, insignificantes ante el montón, idénticos a los otros granos y por tantos ni más ni menos importantes.

La idea que queremos expresar aquí es radicalmente distinta: usted no es un grano, es una pieza de un rompecabezas. ¿Y qué ocurre si usted falta? A diferencia del grano, en la que nadie echa en falta su ausencia, en el rompecabezas cada pieza que falta representa una desgracia, una parte del puzzle que queda sin finalizar. Y esto es lo importante: este puzzle es infinito, pero no es lo mismo que falte una pieza del borde, que es menos visible, que del centro o incluso de algún detalle fundamental, como la sonrisa de la Gioconda. Usted no es alguien que deba ser ignorado por la sociedad: usted es una pieza importante.

El problema seguirá siendo el mismo: las piezas más mediocres tratan de ser piezas fundamentales, pero esto no es posible, no es natural, no es viable. Esas piezas, como ocurre en los rompecabezas reales, finalmente dan la cara y se muestran como lo que son: un fraude. ¿Cuántas veces no han hecho un rompecabezas en su casa, de 1000 o 2000 piezas, con el mar o el cielo de fondo y confundieron una pieza con otra entre tantas piezas azules o celestes? Esta es la auténtica realidad: somos completamente irremplazables.

Aunque nos sintamos a veces desgraciados, aunque nos sintamos a veces sin ganas de vivir... Hay que luchar. Usted es un gran luchador, usted es impresionante. Créame que usted tiene mucho que hacer por esta sociedad, usted es fundamental. Y si no lo es, usted debe convertirse en el instrumento de los que sín son fundamentales para la sociedad: SU DEBER ESTÁ EN CONOCERLOS Y EN SEGUIRLOS.

Seguir a un líder no significa, como pretenden nuestros políticos, perder la identidad individual. Cristo, cuando nombró sus 12 apóstoles, hizo que siguieran teniendo un papel fundamental dentro de la comunidad cristiana. Incluso en los Evangelios conocemos muchos nombres de sus seguidores y bien saben ustedes que no eran ni siquiera seguidores incondicionales y sin embargo eran fundamentales para las primeras comunidades cristianas.

Otro error que cometen algunos intelectuales es considerarse algo así como los defensores del pueblo llano o los paladines de la individualidad. Hemos de llegar a la conclusión de que estos intelectuales, fundamentalmente de izquierdas, lo que tratan es de confundir al ciudadano. Defender la individualidad no significa fomentar la anarquía, sino establecer una pirámide social. Soy amo o soy esclavo, pero sé lo que soy y admito lo que soy. Puedo trabajar por mejorar lo que soy, pero no renuncio a lo que soy ni cedo mi individualidad al grupo, al "bien común". Estos apologistas de la individualidad lo que desean es la ruptura de estos individuos con el grupo y ofrecerles refugio en sus propios grupos ideológicos (homosexuales, ecologistas, anarquistas, etc.).

Tenemos la obligación de que la gran máquina funcione, pero como ocurre en la vida real, las máquinas deben ayudarnos a desarrollarnos como individuos y no a convertirnos en máquinas biológicas. Ni usted ni yo somos iguales: no tratemos de considerarnos lo que no somos.


Dedicado a todas aquellas personas que sufren y no encuentran consuelo en el mundo. Dichosos los que sufren [...] porque de ellos es el reino de los cielos.

martes, 26 de julio de 2011

Violencia entre parejas homosexuales

La tragedia sacudía hoy a España. Un guardia civil homosexual mataba a su ex novio en los vestuarios de un gimnasio. La cuestión sexual no pasaría de ser una mera anécdota si en este país no fuera tan serio el abuso por parte de las administraciones públicas hacia los hombres.

El caso es que, como ya hemos comentado en ocasiones anteriores, las administraciones españolas son totalmente reacias a aplicar penas de cárcel, particularmente en el caso de las mujeres. Bien sabrán nuestros lectores que en España es fácil delinquir o realizar faltas, ya que la misma policía hace caso omiso a denuncias por delitos menores, como son pequeños hurtos o agresiones. Si estos delitos además están realizados por menores o por mujeres, las probabilidades de penas de prisión son prácticamente nulas.

En España, como en otros tantos países, interesa manipular las cifras o que no se conozcan oficialmente. De hecho, existe una ley específica que regula las penas a maltratadores o a hombres que hayan matado a mujeres con alguna relación afectiva. Sin embargo, consideran atenuante la muerte de un hombre a manos de una mujer, como si la vida de un hombre valiera menos que la de una mujer. Esto es sencillamente aberrante. Existen entonces ciudadanos de primera, vulnerándose absurdamente el principio de igualdad que impera en las democracias occidentales. Esto es, como digo, sencillamente vergonzoso.

Ahora me pregunto yo qué le ocurrirá a este guardia civil homosexual (caso de que salga vivo, porque el muy malaje quiso suicidarse pegándose un tiro en la cabeza). Me pregunto si considerarán que él era el macho de la pareja o por el contrario era el pasivo. O incluso me pregunto si la vida de ese hombre vale menos que la vida de las tantas mujeres que son muertas a manos de sus maridos. Me pregunto incluso si está esa vida a la altura de la vida de los hombres asesinados por sus esposas o novias (y que han sido unos cuantas decenas en el año pasado).

Hay muchos derechos por la igualdad de las personas, de los homosexuales o de los niños, pero no existen derechos por la igualdad en las penas a los asesinos. Siempre existen atenuantes, sin que nadie pueda entender cómo un asesinato premeditado puede tener atenuantes o agravantes. Ha muerto alguien y eso no tiene reparo ni perdón de Dios. Nadie tiene derecho a quitarle la vida a ninguna persona, ni siquiera el Estado. La conservación pública de la vida es lo único que nos diferencia del resto de seres vivos y defender lo contrario es síntoma de barbarie, brutalidad y animalidad.

Defendamos de una vez los derechos de la humanidad, sin discutir acerca de la vida o de la importancia de las vidas de cada uno.

domingo, 24 de julio de 2011

El neonazi que mató a 76 personas en Noruega

Nunca está de más recordar lo triste que resulta el terrorismo. Ya tuvimos un comentario anterior al respecto titulado Muerte de Bin Laden. En dicho comentario insistíamos en la idea de que el terrorista pierde sus derechos humanos para convertirlos en derecho natural animal. Conviene recordar la idea, por favor, políticos asquerosos que me leéis o hijos-amigos-primos de los mismos, de que un terrorista ha dejado de ser un ser humano.

No me extenderé en lo dicho en otra entrada, pero aclarar que al igual que la leucemia es una enfermedad en la que el leucocito no reconoce al glóbulo rojo como célula hermana, el terrorista es un ser de la especie humana que ha dejado de considerar a otros humanos como de su propia especie. Es decir, se trata de especies diferentes (los "opresores" y los "oprimidos" o terroristas). Esto carece de todo sentido práctico, téorico o científico, por lo que la única explicación lógica está en considerar que el terrorista en su cerebro piensa realmente que está matando a individuos de otra especie.

Quizá no es el momento, al estar tan recientes los acontecimientos, pero sería interesante conocer, entre otras cosas para calmar ánimos de otros jóvenes o adultos de ultraderecha con accesos febriles por el terrorismo, qué sería lo que el mismísimo Hitler pensaría de esta cuestión. En Mein Kampf [Mi Lucha] se dice que los causantes de las desgracias en Alemania son los judíos y los comunistas. Al mismo tiempo, Hitler habla durante muchas páginas del pueblo, de la juventud, de la tercera edad, de las penurias del proletariado alemán. No sé si sabrán la gran mayoría de los lectores que el terrorismo moderno nació a finales del siglo XIX de la mano de los anarquistas, los cuales, para quien tampoco lo sepan, no eran más que comunistas radicales. Anarquistas y marxistas se englobaban dentro de aquellos primeros comunistas de la Primera Internacional, pero finalmente, como ocurre siempre, los marxistas, que eran mucho menos extremistas, fueron los que lideraron y mantuvieron el movimiento.

Conclusión: no parece muy coherente que un auténtico hitleriano, nazi o neonazi use métodos terroristas, propios de los anarquistas, si realmente lo es. Sería como declararse cristiano y orar a la Meca. Tampoco parece muy nazi o ultraderechista atacar propiamente al pueblo y más aún a su propio pueblo. Porque para un auténtico hitleriano no habría dudas entre los miembros de su pueblo y los miembros ajenos a su pueblo. Cuando los judíos eran encarcelados, aun siendo judíos nacidos en Alemania, Hitler era bien consciente de que ellos no eran alemanes. También hemos mencionado muchas veces esta diferencia fundamental en el pensamiento hitleriano: un judío, que conserva sus costumbres y además se esconde y evita las alemanas, no puede ser un auténtico alemán. No sólo Hitler. También gobernantes anteriores, como los mismísimos Reyes Católicos entendieron esta idea.

Volvamos sin embargo a este terrorista noruego. Lo que más ha trascendido no ha sido sus inquietudes o reivindicaciones. Lo que más ha trascendido es Hitler, el nazismo y la ultraderecha. Por favor, señores asquerosos (o sea, políticos), dejen de emponzoñar y aprovechar estas situaciones para olvidar sus desvaríos y sus faltas de buen gobierno. Hitler está bien muerto desde hace más de 66 años. Lo que ocurre es que quieren evitar que su propia suciedad caiga sobre ustedes.

Las doctrinas de Hitler son en su gran mayoría válidas en el mundo actual. Lo digo sin tapujos y ya va siendo hora de que se lea a Hitler o a muchos otros autores sin taparse la boca sorprendidos. A nadie se le escapa que establecer unas políticas sociales de protección a la infancia y a la vejez es algo excelente. Esto lo dijo Hitler. A nadie le parecerá estúpido pensar que es necesario que el pueblo disponga de los elementos básicos y necesarios y hacer la tecnología más barata y accesible. ¡Esto también lo dijo Hitler! Mientras anonymous reivindica, Hitler ya lo pedía hace más de 70 años.

El pensamiento de Hitler forma base para muchas posibles políticas de calidad, pero a costa de una supremacía de ideas sobre otras. El mundo occidental, más rico, poderoso y avanzado que el tercer mundo o China (o al menos lo era), no puede ceder ante presiones provenientes de colectivos marginales de un país. Hitler es el último gobernante auténticamente defensor de la cultura occidental.

El terrorista de Noruega es posible que tuviera tendencias ultraderechistas. Probablemente incluso leyó a Hitler, pero no podemos decir que unas palabras o pensamientos hayan sido las causantes de los daños. La batalla de los pensamientos y de la moral hay que librarla en el cerebro.

En definitiva, lo que menos ha importado a nadie han sido las víctimas, que casi todas eran jóvenes, y el colectivo objetivo. Un auténtico nazi tomaría y organizaria algo desde abajo y para auténticamente derribar el poder. Un auténtico grupo nazi actúa como el cáncer: imparable, porque el grueso del cuerpo acaba identificándose con el cáncer. Los políticos caen y el antiguo cuerpo muere. Este chico actuó como un grano de pus. Irritante e incluso doloroso, puede que quizá también antiestético, pero se soluciona con quitarlo o dando las friegas oportunas.

No olvidemos: es otro animal, de distinta especie.

domingo, 19 de junio de 2011

Ecologismo y moral

Ayer presencié una escena propia de las grandes escuelas filosóficas. Iba por el campo cuando se acercó por el camino un padre con su hijo pequeño. El muchacho iba jugando, brincando, corriendo... haciendo cosas propias de su edad. En ese momento, cuando nos íbamos a cruzar, el chico dijo: "Mira, papá, ¿eso qué es?", señalando a un insecto en el camino. "Es un escarabajo", le dijo. El chico, ni corto ni perezoso, comentó a su padre: "¡Vamos a matarlo!". En ese momento su padre lo agarró y le dijo: "¡No, déjalo vivir! ¿Por qué quieres matarlo?".

Cualquier ecologista se sentirá profundamente encantado de escuchar que los padres están ya concienciados y consideran que la naturaleza hay que respetarla. El mundo está cambiando. Yo también estoy convencido de que el mundo está cambiando, pero no de la manera en que ellos pretenden.

Hay que reconocer que salvo cuando uno es chiquillo y comete las típicas travesuras de dejar sin alas a las moscas o quitarles todas las patas a un escarabajo e incluso tirarle piedras al gato o al perro, no suele ser común que las personas maltraten a los animales. Como todo en la vida, habrá quien los golpee, los queme, los ponga a pelear entre ellos, etc. pero reconozcamos que hay bastantes problemas más graves que solucionar en nuestras vidas que ponernos a hacer daño a los animales.

De todas maneras, cada cual allá con sus actos. A lo que quiero referirme es a la actitud que tienen los padres de ahora e incluso los políticos de ahora con el ecologismo. Los grupos ecologistas son uno de los cánceres actuales de la sociedad. Parece mentira que tras cuarenta o cincuenta años de existencia, aún no seamos conscientes de lo malo que es el pensamiento ecologista en nuestra sociedad. Quisiera explicar esto más detenidamente.

La ecología debería ser diferenciada de la protección a la naturaleza. Un agricultor que usa pesticidas pero que no quiere que la próxima autopista pase por su campo y un bosque cercano es un protector de la naturaleza, pero no un ecologista. Lo que diferencia al ecologista del protector a la naturaleza es su concepción del hombre.

Si queremos comparar un hombre con un león y una hormiga, y preguntamos cuáles de los 3 seres se parecen más entre sí, estará clara nuestra respuesta: el hombre y el león (pues ambos son mamíferos mientras que la hormiga es insecto). Esta pregunta, obvia en un muchacho de primaria, no habría sido tan obvia para Aristóteles, por ejemplo, que hubiera afirmado que lo eran el león y la hormiga, ya que unos son animales y el otro es humano. Si pudiéramos conversar con Aristóteles le diríamos incrédulos: "Oiga, ¿pero es que usted no sabe nada de la teoría de la evolución?". Y el respondería: "¿Qué?¿De qué habla?¿Usted no sabe que el hombre es el dueño de la creación, única criatura que los dioses bendicieron y que le dio poder para dominar al resto de las criaturas, que viven para servirle?".

Los griegos eran muy sabios y muchos de estos pensamientos antropocentristas fueron transferido a los cristianos de la Edad Media y sobre todo del Renacimiento. Para un griego un ecologista sería un "analizador de la casa" (ecología, en griego, significa eso). Es decir, sería lo que para ellos era el esclavo de cámara, un simple chico que decía "la pared se puede caer" o "nos falta pan". Jamás hubieran admitido que el dicho esclavo les dijera: "señor, su gusto es horrible, pinte las paredes de azul en vez de verde".

El ecologista actual trata de llevar una actitud más bien darwinista, en la que si el hombre es una criatura más, ¿por qué tiene derecho de gobernar a las demás? Es más, si es una más que las demás, ¿por qué dispone de armas mucho más poderosas fruto de su singular cerebro? Esto no se puede permitir y por tanto el hombre debe despojarse de sus armas, vivir desnudo si es posible, para que compita en igualdad de condiciones con el resto de criaturas, evolucionando por selección natural.

No se engañen: ¡eso es lo que quieren los ecologistas en definitiva! ¡Lo que desean es la extinción de la especie humana para que las demás sobrevivan! Practican la doctrina del lento suicidio colectivo.

¿Qué es el protector de la naturaleza? Esta figura ha existido siempre. Sigue la doctrina de las principales religiones mundiales: el respeto al hogar que Dios le proporcionó a los hombres sin perjuicio de que todas las criaturas están bajo su dominio y puede disponer de ellas como y cuando quiera. Tanto en el cristianismo (las parábolas del buen pastor), como en las tradiciones judía, musulmana, budista o shintoista, la figura del hombre protegiendo al rebaño o a la naturaleza siempre están presentes.

El caso es que aquel hombre me llamó la atención con su hijo. Realmente sentí en sus palabras una conciencia ecologista. ¿Por qué vas a matarlo, si es como tú, si vas a cometer un asesinato? Convendría recordar a ese hombre que los escarabajos como otros muchos insectos son plagas y que al margen de transmitir enfermedades también afectan a nuestras cosechas. Es decir, por dejar vivir al escarabajo, dejaremos de vivir unos cuantos de nosotros. Algunos dirán que esto es exagerado y quizá lo sea. Pero lo importante no es si dejamos vivir o no al escarabajo, lo importante es la conciencia que tenemos por la cual vamos a dejar vivir o morir al escarabajo.

La cuestión es clara: si usted es un ecologista, usted es un traidor a la especie humana. Si usted en realidad es un esteta o su vida gira en torno al campo a la naturaleza (agricultores, ingenieros de montes, topógrafos...) y quiere proteger sus intereses, entonces usted va por el buen camino.

El hombre es un ser realmente impredecible. ¿Quién podría afirmar que el éxito como especie condujera al fracaso o al suicidio como alma humana?