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miércoles, 27 de marzo de 2013

La Semana Santa desde otra óptica

Otro año más viene la semana más importante de la vida del cristiano. Esta vez, además, acompañada de la presencia de un nuevo papa.
 
Resulta francamente curioso que esta fecha antaño tiempo de reflexión e introspección cristiana ahora se muestre un tiempo de expectación por las vacaciones. Pero ése es otro tema. Hoy me gustaría ver la Semana Santa desde el riguroso lado de la ciencia.
 
La Pascua coincide, desde tiempos centenarios de tradición judía, con la primera luna llena de primavera. Este hecho convierte a la Semana Santa en una fecha arbitraria, que cambia anualmente en una horquilla de aproximadamente 6 semanas. Así la semana Santa como mínimo comienza un día 13 de marzo como Viernes de Dolores y termina como muy tarde un día  25 de abril como Domingo de Resurrección.

Comúnmente ha existido en épocas recientes, y más aún desde que comenzó el fenómeno de la globalización, el caso de que la Semana Santa puede provocar una serie de incompatibilidades de tipo económico entre diversos países y culturas, similarmente a como lo hacen los husos horarios. En cualquier caso, se han propuesto varias alternativas para intentar superar esta situación temporal.

El cálculo de la Pascua (Domingo de Resurrección) es como sigue:

- La Pascua siempre es en domingo.
- No puede coincidir nunca con la Pascua Judía
- El día de Pascua debe ser el siguiente domingo al primer plenilunio de primavera.

Por tanto, de aquí se deduce que el día mínimo en que puede ocurrir una Pascua, considerando que el 21 de marzo es el equinoccio de primavera, es el 22 de marzo. En este caso:

- Primer día de primavera: 21 de marzo
- Primer plenilunio: 21 de marzo
- Si el plenilunio cae en sábado: Pascua el 22 de marzo (domingo).

Nótese que no puede ser el 21 de marzo domingo, ya que la Pascua Judía coincide siempre con el día de plenilunio y por tanto, en caso de coincidir el plenilunio el 21 de marzo, la fecha se traslada al siguiente domingo, para no coincidir ambas fechas (es decir, al día 28 de marzo).

En cambio, si el día 20 de marzo hubiera sido plenilunio, la fecha de Pascua se trasladaría, considerando que la luna tiene 29 días de ciclo, al 18 de abril, que en caso de ser domingo nos llevaría al 25 de abril como fecha de Pascua para evitar que coincidiera con la Pascua Judía.

Así resulta fácil la explicación de este otro "misterio pascual".
 
 
 

lunes, 18 de marzo de 2013

Habemus Papam II o el Papa Francisco, un papa bueno.

Quería esperar un tiempo antes de escribir sobre el tema. El nuevo Papa es un papa atípico. Era necesario esperar unos días antes de emitir juicios sobre el nuevo pontífice, a pesar de que ya mucho está dicho.
 
Francisco exteriormente tiene muchas diferencias con los papas anteriores: es argentino, el primer papa del Nuevo Mundo. Esto imprime carácter. Pero también es un papa distinto interiormente: comenzando por su nombre, haciendo un guiño a San Francisco de Asís, el santo que predicaba pobreza, el nuevo Papa Francisco insiste mucho en este punto: volver a ser la Iglesia de los pobres.
 
Desgraciadamente tenemos poca y corta memoria. Benedicto XVI sigue vivo y sin embargo en los corazones de muchos se presenta a Francisco como un papa que llevara meses o años. Si bien es cierto que Francisco está aglutinando las mejores críticas del momento, esperemos y roguemos a Dios que no sean sólo el fruto de una euforia puntual propia de la novedad sino que sea  la línea rigurosa de todo su mandato, como según parece así será.
 
Benedicto XVI pasará a la Historia como un papa intelectual. Es cierto que no se le ha valorado tanto como debiera. Ha contribuido a formar las bases propagandísticas de la nueva Iglesia. Benedicto XVI ha sido, ante todo, un papa culto, un consumado teólogo, lo que vendría a ser más o menos lo que es un reputado científico en su campo. Cierto es que los científicos por lo general no contribuyen a mejorar el bienestar de las personas, pero sientan las bases científicas para que posteriormente ingenieros o inventores sí que realicen objetos o métodos que mejoren el bienestar.
 
Francisco ahora tiene la tarea de inventar la Iglesia a través de los descubrimientos teológicos y de la parcial reorganización de las instituciones eclesiásticas de Benedicto XVI.  He aquí donde el Papa Francisco ha comenzado con muy bien pie. Ha entendido perfectamente que la Iglesia debe volver a encontrarse con el camino perdido de los evangelios.
 
Hay quien dice que el Papa ha sabido entender la nueva situación de la Iglesia. Esto no es cierto. Los cardenales, cuando lo eligieron, sabían perfectamente que este papa no necesitaba entender nada, ya que él es así. Es muy diferente que uno al llegar a un nuevo puesto de responsabilidad cambie su forma de ser (por lo general es así) a que esa misma persona sea así y al llegar al poder siga comportándose así. Este es un acierto no del Papa, sino del colegio cardenalicio. Al escoger entre los candidatos a aquel que no tenía que fingir ni dejar de ser quien era, se fomentaba abiertamente el espíritu de buena concordia en el seno de la Iglesia. En este sentido, hemos de admitir que Benedicto XVI cambió radicalmente la manera de pensar que tenía cuando le llamaban Cardenal Ratzinger. Si aún nos acordamos, el llamado "Cardenal de Hierro" resultó ser un señor bastante cercano y simpático en su papado. Esto, según parece, fue causado por la mala prensa que había tenido siendo cardenal. Además, la sombra de Juan Pablo II era demasiado larga y le acompañó al menos los dos primeros años de su pontificado, más que nada hasta que beatificó al anterior papa y las cosas se calmaron. Desgraciadamente Benedicto XVI sufrió del mayor mal del ser humano: el miedo. Quizá, de haber sido más joven, hubiera sido más valiente en sus reformas y de haber sido más valiente, hubiera sido distinto su papado, tanto para bien como para mal. En cualquier caso, a Benedicto XVI le falló su carácter lógico: al no entender que los ministros de la Iglesia podrían ser en sí mismos los mayores pecadores no pudo llevar reformas más contundentes y necesarias.
 
Al Papa Francisco le ocurre lo contrario: su carácter es mucho menos serio. No deberíamos hablar de que sea más carismático que su predecesor, porque eso es relegar al anterior papa al rango de títere y para nada sería justo hacer ese comentario. Sin embargo, el pueblo, por el momento, se ve reflejado en algunas de sus posturas.
 
Antes de que saliera el nuevo papa había quien me preguntó que quién debería salir como nuevo papa. Yo contesté muy claro: "El Papa ha de ser ante todo una persona buena". Esta respuesta parece obvia, pero no lo es. Lo que necesita hoy más que nunca la Iglesia (y parece que lo ha conseguido) es una persona buena. No necesita teólogos, ni políticos, ni personas que sepan 20 idiomas. Necesita bondad.
 
Jesús de Nazaret sólo sabía hebreo. Es posible que hablara algo de la lengua conquistadora (el latín) pero seguro que no era un experto. Por otro lado los Evangelios indican que sabía leer (Lucas 4, 16-21) y escribir (Juan 8,6) pero no fue un consumado autor, pues de hecho no dejó escrito ningún libro, cosa que sí hicieron sus discípulos. Si Cristo no era un experto, ¿por qué habría de serlo el Papa? Es cierto que la Iglesia que se encontró Cristo no es ni mucho menos la que existe hoy, con más de 2000 millones de cristianos. Sin embargo, no hay nada que no pueda hacer el poder del bien.
 
Recuerdo en la película de Ben-Hur que cuando Charlton Heston está encadenado y no le dejaban los romanos beber agua, al pasar por Nazaret, un joven Cristo, al cual no se le ve la cara en la película, se acerca al preso y le da de beber agua. El soldado romano se acerca violentamente a Jesús y lo reprende pero el gesto de Jesús, callado y mirándole fijamente, a lo cual el propio soldado se asusta, es el gesto que busca la Iglesia actual. Es necesario que exista hoy un hombre tan poderoso que sea capaz de poner en su sitio a muchos hombres tan poderosos como pecadores, pero al mismo tiempo lo haga con la dulzura y bondad de un buen cristiano. Eso no requiere de ciencia, sino de fe y de un don de Dios, el don que sólo se le confiere a los santos.
 
El Papa Francisco es bueno ante todo. Por supuesto es humano y como buen humano puede tener opiniones, pero lo auténticamente importante es que sin salirse de los preceptos rígidos de la Iglesia sea capaz de transmitir esa bondad que espera el pueblo.
 
Ahora sus detractores quieren echar por tierra su bondad. Colaboraciones con Videla, nunca demostradas, o más recientemente su oposición al matrimonio homosexual no son más que cuestiones que merecen un aplauso. Nadie es malo por rechazar lo que no es bueno. Es más, si cabe, para evitar discusiones estúpidas, nadie es malo por rechazar lo que no es ni bueno ni malo. La homosexualidad está ahí, es un hecho innegable. Sin embargo, la oposición de la Iglesia, la cual no es incorrecta aunque quizá sí poco acertada políticamente, no significa que se niegue lo evidente sino que se niega que esa opción de vida sea acertada. La Iglesia, como ocurre con tantos otros temas polémicos, no puede aceptar principios errados de los seres humanos, no admisibles ni por la más pequeña lógica. Aún así, el Papa Francisco considera errados sus comportamientos pero no imperdonables. La Iglesia, ante todo, debe saber perdonar. He aquí otro de los principios que hacen y harán de este papa todo un símbolo.
 
Eso creo yo: hemos dado con el Papa Bueno. Un papa que devuelva la fe y demuestre con hechos (Mt 7,16-20: Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis). Este papa será ante todo un predicador con el ejemplo.

martes, 4 de diciembre de 2012

El problema fundamental de la Economía (III)

Dejamos nuestra última disquisición en la necesidad de incrementar la diversificación de actividades, para poder así dar una solución satisfactoria al creciente problema del desempleo.
 
Como vimos en la primera entrega de El problema fundamental de la Economía, la única y primera razón de la Economía es garantizar el acceso y la distribución de los recursos del planeta. De la misma manera, todos los regímenes políticos y económicos siempre han considerado que la manera más justa de distribuir los recursos es según el esfuerzo (trabajo) o según el tipo de trabajo. Que se considere que la manera más justa de distribución sea según la ley de mercado (oferta y demanda, teoría liberalista) o según una cuestión objetiva (horas de mano de obra empleada, teoría marxista), ya es otra historia. En cualquier caso, lo que es indiscutible es que el trabajo y su diversificación (distintos tipos de trabajo) deben existir para que una sociedad pueda considerarse plenamente desarrollada.
 
Como vimos al final de El problema fundamental de la Economía (II), el trabajo pseudoartesanal debe ser, sin remedio, la opción única para devolver a la economía su principal misión: la de distribuir los recursos. Una sociedad con pleno empleo es una sociedad que puede disponer de toda su riqueza de la manera más eficiente. Por tanto, una sociedad con pleno empleo es la que menos coste social genera al Estado y también la que menos coste económico genera. Por otro lado, una sociedad con pleno empleo es una que goza de una salud psíquica inmejorable, ya que elimina de raíz la principal causa de insatisfacción: la falta de recursos y la imposibilidad de acceder a ellos.
 
Hemos de desterrar de la mente los conceptos utópicos tales como satisfacción generalizada o que pleno empleo significa tener empleada al 100% de la población activa. Pleno empleo significará un estado económico-social tal que la demanda de empleo pueda ser fácilmente satisfecha en plazos cortos. Con satisfacción generalizada queremos decir que todos y cada uno de los miembros de la sociedad estén contentos con su puesto de trabajo, actividad o sueldo. Esto ni es posible, ni es concebible, ya que el ser humano es inconformista por naturaleza, lo cual es altamente positivo, pero también, si el estado no es capaz de velar por el interés generalizado, altamente negativo. Tampoco es concebible una sociedad con exceso de oferta de empleo. En ese caso, la sociedad necesitará cubrir con mano de obra foránea dichos puestos de trabajo, lo que podría repercutir negativamente en la consecución del pleno empleo, al aumentar la oferta de empleo.

La necesidad de empleo y por tanto de acceso a los recursos se perfila como algo primordial. Ciertamente, al carecer de otra herramienta más justa y más objetiva que el esfuerzo o el beneficio que concede el individuo a la sociedad, no es posible el acceso a estos recursos si no es a través del empleo. Y no cabe otra posibilidad, ya que los recursos son un concepto natural o físico (alimento, energía, seguridad, etc.) y no existe nada más natural o físico que la lucha de las especies o la selección natural. El ser humano ha conseguido enmascarar esta selección natural a través de la selección laboral: los trabajos mejor remunerados serán aquellos que otorguen unas ventajas competitivas a los individuos por el control de los recursos.

Pero, ¿cuál es el origen del trabajo? Sin duda, el origen del trabajo está en conseguir satisfacer necesidades. Por tanto el trabajo no es más que el esfuerzo realizado para satisfacer una necesidad. Es cierto que la economía del siglo XXI está demasiado elaborada, pero comprar un coche no es más que el producto de determinadas jornadas laborales de esfuerzo. Si bien no hemos fabricado el coche (economía del neolítico) sí que hemos realizado un trabajo que nos permite ganar un dinero que empleamos para pagar a alguien que nos fabrique el coche. Por tanto, los trabajos se originan exclusivamente para cubrir necesidades propias o ajenas.

¿Qué ocurre actualmente? Hay una crisis de trabajo. ¿Por qué razón? Porque no hay necesidades que satisfacer o no hay dinero (trabajo) para satisfacerlas o esas necesidades son satisfechas por los mismos individuos que las tienen (ya sea mediante trabajo propio, a sea mediante el uso de una máquina). Hasta no hace mucho, se pensaba que este último motivo no era más que el proceso paulatino de tecnificación y automatización y que el mercado laboral iría creando nuevos puestos de trabajo en nuevas actividades, fundamentalmente aquellas relacionadas con internet. Sin embargo, como ya expresó Malthus en su ensayo sobre la población, podemos afirmar que si bien el proceso de tecnificación aumenta en progresión geométrica o incluso exponencial, el proceso de creación de empleo lo hace en progresión aritmética, al tiempo que (y esto complica algo más el planteamiento sobre el que Malthus hacía su análisis) el número de individuos en el planeta aumenta también geométricamente.

Conclusión: en menos de 100 años podemos encontrarnos ante la triste realidad de que más del 40% de la población activa estaría en paro, lo que conllevaría que sólo aproximadamente el 30% de la población mundial tendría que alimentar al 70% restante, incluyendo aquí a niños y ancianos, hecho totalmente inviable y que repercutiría únicamente en una solución: la terrible guerra. Al igual que Malthus afirmaba que la población tenía que controlarse y que los métodos de control de la natalidad habrían de imponerse como sistema necesario para el equilibrio natural de nuestra especie, hemos de entender que es necesario limitar el proceso de tecnificación, en cuanto a que mientras vivamos en exclusivamente en este planeta no tenemos más remedio que repartir equitativamente los recursos y que si bien la tecnificación masiva sería la herramienta perfecta para que unos pocos se enriquecieran extraordinariamente, la tecnificación masiva traería como consecuencia un empobrecimiento también extraordinario de la población.

Así pues, hemos de apostar por un trabajo pseudoartesanal como objetivo de futuro, es decir, un trabajo en el que el ser humano, ayudado por máquinas, pueda acceder a los recursos y se pueda desarrollar como persona, tal y como hasta hace unos años ha ocurrido. Un operario de fábrica que requiere controlar un botón de un panel de mandos no sería un buen ejemplo de pseudoartesano. Comparativamente sería el operario de fábrica que atornillaría bridas con ayuda de herramientas eléctricas (como el taladro) o incluso maquinaria más especializada (control de autómatas). Lo que sí sería fundamental es que el ser humano fuera un auténtico controlador del proceso y no una mera pieza del mismo, como se pretende hacer actualmente y por tanto convierte a la persona en reemplazable por un autómata o máquina que puede realizar sus mismas funciones más rápidamente.

No hay que tomar esto a broma. Al igual que los ecologistas alertaban de los daños del ser humano a la naturaleza, es una advertencia terrible el hecho de avanzar que el ser humano se puede encontrar (y de hecho ya se encuentra) en un proceso de imposibilidad de acceso a los recursos más básicos y no por ser pobres, sino porque no existe un medio fiable para el acceso al mismo, mientras otras empresas y personas sí que acceden a miles de veces más recursos que éstos.

En nuestra próxima entrega, trataremos de afrontar de manera más técnica cómo se podría concebir una sociedad pseudoartesana sin necesidad de hipotecar el progreso humano y el progreso económico.

jueves, 29 de noviembre de 2012

El problema fundamental de la Economía (II)

Siguiendo con línea de discusión que ya iniciamos en El problema fundamental de la Economía, hoy trataremos de establecer la relación dinero (o poder monetario) con riqueza.
 
Parece lógico pensar que la persona rica o el país rico es aquel que tiene mayor poder monetario, o lo que es lo mismo, el que más dinero tiene. Si queremos ser puristas, esto no sería más que asimilar la riqueza al poder financiero (es decir, la liquidez) de un país. Así, por ejemplo, si EE.UU. tiene puesto en circulación 1 billón (español) de dólares, mientras que México tiene puesto en circulación 10 000 millones de dólares (o lo que es lo mismo, un billón americano de dólares), EE.UU. es por consiguiente más rico que México.
 
Así ocurriría con las personas: el que tiene diez millones de dólares en el banco es más rico que quien tiene un millón de dólares. Donde dijimos dólares podemos decir libras o euros. Eso da igual. Lo que queremos decir aquí es que por regla general llamamos rico a quien tiene mucho dinero, lo cual no es rigurosamente cierto. De hecho, a nadie pasa desapercibido que un millonario con sólo 1 millón en el banco pero con una mansión de 2000 m2 construidos, es más rico que quien tiene 1,5 millones. Así, por tanto, podríamos decir que el más rico es aquel que tiene más dinero y posesiones en conjunto.
 
Si nos fijamos, a partir de aquí podríamos empezar a establecer nuevos valores o indicativos de riqueza: bonos del estado, préstamos, alquileres, empresas, etc. Y es aquí donde nos desviamos del auténtico principio fundamental de la economía, que es conocer la riqueza real de cada uno, que es en definitiva la capacidad de disponer de recursos. Una persona rica es capaz de acceder a mayor cantidad de recursos pero también a mayor variedad de los mismos.
 
Ya fue Adam Smith el que consideraba que el valor de la economía de un país era el valor de su trabajo y no el valor de su dinero. Esto es rigurosamente cierto: un pueblo con gran variedad de trabajos y de trabajadores es un pueblo desarrollado y rico. El desempleo es siempre síntoma de empobrecimiento. Un país que viva exclusivamente de recurso financiero pero tenga una población sumida en el desempleo es una sociedad pobre. Esto es lo que ocurre actualmente en España: es una sociedad con empresas y bancos excelentes, pero esas mismas empresas no son capaces de generar empleo, sino exclusivamente dinero. O dicho de otra manera: los grandes empresarios son cada vez más ricos y los pequeños empresarios y trabajadores se van empobreciendo, al tiempo que existe un empobrecimiento generalizado de actividades y por tanto una necesidad de importación cada vez mayor.
 
Se dice que uno de los principales motivos por los que España es uno de los países pobres de Europa (a pesar de lo que digan los mal llamados "analistas") es su incapacidad de haber entendido nunca que la riqueza de una nación está en la industrialización y en la complejidad de sus actividades y no en negocios rentables o muy rentables. Es decir, si tenemos en cuenta que España invierte o considera como sector principal el sector turístico o el sector de la construcción, es que después de muchos siglos no ha aprendido nada.
 
Se dice que cuando España aún no era España, principalmente en el Reino de Castilla se estableció una serie de agrupaciones de pastores transhumantes (es decir, que llevaban el ganado a pastar del norte al sur en invierno y del sur al norte en verano) que con el tiempo se unificaron en lo que se llamó Concejo de la Mesta. Los miembros de este órgano se dedicaban fundamentalmente al comercio de la lana, que era de una calidad excelente. Los castellanos, en lugar de organizar en torno a su recurso natural una serie de manufacturas textiles, ávidos de una riqueza fácil de ganar, vendían sus lanas a los países del norte, principalmente Flandes e Inglaterra, donde se confeccionaban los paños (el famoso "paño inglés"). Estos paños, posteriormente, debido a su alta calidad, se vendían a toda Europa y por consiguiente también a Castilla, donde su precio, al comprender la mano de obra y el transporte, era más caro que si hubiera sido confeccionado en el mismo país. Por tanto, Castilla fue perdiendo poco a poco su riqueza natural y para poder subsistir y seguir comprando paño, debía vender más lana, que era más barata que el paño. Tras este paréntesis de la Edad Media, Castilla, esta vez configurada dentro de España, tuvo otra oportunidad histórica al disponer de ingentes cantidades de oro de América, pero cometió un error: el mismo Adam Smith afirma que con el aumento de las remesas de oro y plata, aumentó la oferta de estos metales, lo que si bien provocó en sus inicios un aumento del poder adquisitivo de España, pronto desembocó en un aumento de la inflación.
 
En cualquier caso, España siempre ha cometido excesivos errores en materia económica y ahora vuelve a hacerlo.
 
Otra cuestión que está muy relacionada con el trabajo y la riqueza es el creciente aumento de la esperanza de vida. En sí, Malthus ya pronosticaba que el aumento de la población y de la esperanza de vida haría casi imposible que la humanidad no pereciera de hambre, al haber miles de millones de individuos en el planeta. Si bien algunas tesis marxistas sostienen la capacidad del ser humano de encontrar soluciones para sobrevivir, no es menos cierto que a estas alturas las teorías malthusianas son mayoritarias frente a aquellas.
 
Sin entrar en detalles, que ya veremos en otra entrega, lo cierto es que el gran reto de los próximos años, décadas y siglos será cómo en un mundo cada vez más tecnificado y por tanto con menor necesidad de mano de obra humana y con una mayor esperanza de vida, y por tanto con una incapacidad creciente de mantener pensiones de jubilación, será posible repartir de forma justa y equitativa los recursos, tal y como venimos haciendo actualmente.
 
El reto no es fácil, pero a diferencia de lo que políticos, sociólogos y economistas plantean, que no es ni más ni menos que una ruptura con los sistemas económicos actuales, se puede plantear una posible solución satisfactoria para casi todo el mundo (salvo para, obviamente, las grandes corporaciones mundiales): el trabajo pseudoartesanal.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Experimentos genéticos

Debemos entender que estamos en la edad de la experimentación. Quizá no ha habido jamás en la Historia una época más acelerada en cuanto a adelantos tecnológicos. No en vano cada día nos encontramos con algún nuevo invento sorprendente. En esta tesitura no es de extrañar que la genómica se haya convertido en definitiva en una auténtica rama fundamental de la ciencia actual.
 
El ser humano, desde sus orígenes, siempre fantaseó con la posibilidad de que existieran animales mitad hombre, mitad animal o con la capacidad de comunicación entre animales y hombres. Es altamente significativo que hoy se esté a las puertas e incluso se haya detectado algún que otro caso de éxito de transmutación genética.
 
Dejemos a un lado la posible fantasía o incluso el ansia de misterio habitual en el ser humano acerca de culturas ancestrales que fueron capaces de conseguir nuestro nivel tecnológico y hablemos de los peligros potenciales de estas prácticas. En los siguientes renglones veremos la realidad que existe sobre estos experimentos monstruosos.
 
Quizá no todos hayamos leído el extraordinario relato de Mary Shelley Frankenstein o El Moderno Prometeo. En dicho relato lo importante no es, como se suele pensar, que un científico loco quería crear un monstruo llamado Frankenstein, sino todo lo contrario. El doctor Frankestein, eminente médico según nos cuenta el relato de Shelley, era un eminente médico que atraído por los recientes descubrimientos del italiano Volta sobre los efectos de la corriente eléctrica en los músculos de animales muertos, los cuales se movían como si estuvieran vivos, decide resucitar a un hombre de entre los muertos. El caso es que a nuestro doctor le sale bien el experimento (de hecho, suele haber bastantes casos de reanimación cardíaca actualmente y no resulta esto nada extraño) pero el reanimado en lugar de ser un sujeto más o menos normal  resulta ser una especie de diablo o de concentrador del mal. El caso es que el experimento se revuelve contra su propio creador, causándole toda clase de problemas e incluso persiguiéndolo con propósitos de todo tipo, más concretamente su muerte.
 
La ingeniería genética está proporcionando situaciones algo parecidas. Al extraño concepto de mezcla genética se une el completo desconocimiento de los posibles efectos nocivos sobre la salud y sobre el medioambiente de las nuevas especies. De hecho, esta denominación es la correcta: una cabra que incorpore genes de araña o una semilla de maíz que incorpora genes de rata no pueden ser, ni mucho menos, considerados como cabras y semillas de maíz. Podemos llamarlos descendientes de ... o que tienen una base genética principalmente de ... pero estas mezclas van claramente contra cualquier principio de selección natural y de diversificación de especies.
 
Lo curioso de esto es que la mayor parte de los ecologistas y detractores de estas mezclas monstruosas sólo hablan de los daños medioambientales y los potenciales efectos contra la salud. Sin embargo, no hacen referencia a otros aspectos que son tan importantes o más que éstos, como son la incapacidad de controlar tiempos (es decir, la impaciencia propia del experimentador) y sobre todo los conflictos éticos que existen.
 
Respecto a la influencia sobre la salud y el medioambiente, no podemos ni siquiera afirmar que sean o no nocivos. No hay experimentación al respecto. Es decir, las empresas alegan que son completamente inocuos, sin embargo nadie ha sido capaz de pronosticar los efectos a largo plazo en los organismos. Tampoco podemos hacer caso a algunos informes que aseguran que los ratones con que experimentaron murieron todos de cáncer o dolencias similares. No hay suficiente experimentación para afirmarlo.
 
Lo cierto es que no hay motivo para alarmarse sobre los experimentos genéticos, siempre y cuando no supongan contravenir la delgada línea entre el ser humano y Dios. Jugar a ser Dios es siempre peligroso, como afirmaba Shelley, ya que lo más probable es que nuestro juego se vuelva contra nosotros.
 
Los experimentos genéticos deberían ser realizados como se realizan otros muchos descubrimientos científicos: por necesidad. La experimentación no como método sino como fin debe ser siempre rechazada, por ser contraria al método científico y por ser foco de posibles incidentes colaterales, ya que como cualquier científico sabe, la experimentación no es más que aislar un sistema del entorno y aplicarle las leyes sobre las que se sostiene la hipótesis. Veamos un ejemplo.
 
Supongamos que queremos medir la velocidad exacta de un cuerpo cuando cae. Si queremos realizar el experimento correctamente, deberemos aislar el sistema de la acción, por ejemplo, del viento. Lo mismo ocurre con la experimentación de cualquier tipo y en particular con la genética: es necesario aislar a los sujetos de estudio de posibles interacciones. El problema es que al hacer el estudio con las interacciones, el resultado puede ser tremendamente distinto. Esto es lo que estamos seguros de que no cumplen la mayoría de los laboratorios de ingeniería genética: no son totalmente científicos y rigurosos, sino simplemente tratan de justificar unos fondos que hay que usar para la experimentación.
 
Conclusión: la experimentación se convierte en el fin para recibir el dinero y por tanto no es un medio, sino un fin.
 
La experimentación en genética abre unas vías notables para la cura de enfermedades hereditarias, pero lo cierto es que abre también una fuente ilimitada de misterio y de incertidumbre. Es cierto que en todo caso, los componentes básicos de cualquier ser vivo son los mismos que para otros seres vivos, semejantes o no y que por tanto comerse una vaca no traerá más consecuencias que comerse una vaca modificada genéticamente. Sin embargo, al igual que la araña genera un veneno, ¿por qué no podría un animal genéticamente modificado desarrollar potencialmente un veneno para sí mismo o para otros que antes no fabricaba?
 
El problema de la modificación del ADN no es cambiarlo. El problema es que al cambiar algunos de los ladrillos por otros, éstos encajen perfectamente en los huecos abiertos. No será la primera vez que una obra se cae porque un mal albañil quiso tapar agujeros de la única manera que él consideraba que se podía.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Hacia una Segunda Edad Media

La Edad Media es quizá el período más fascinante de la Historia. Si bien otros períodos de la Historia son oscuros, como ocurre en el paleolítico o en el neolítico, la Edad Media representa el final de una época de esplendor sin igual y el inicio de un nuevo período oscuro.

Es cierto que ninguna época ha fascinado tanto a los historiadores y al público en general como la Edad Media y sin embargo sea una época tan ampliamente desconocida en su profunda realidad. Tanto la época romántica del siglo XIX como las sucesivas películas del siglo XX que versan sobre el tema han mostrado siempre una cara dispar ante esa época. Además hay que añadir que los relatos fantásticos ambientados en la época (como El Señor de los Anillos o Ivanhoe) contribuyeron a establecer una profunda brecha entre héroes y villanos, sentido que hemos retenido en nuestra memoria colectiva.
 
Por centrarnos en la misma esencia de la Edad Media, ésta no es más que un período histórico que se considera iniciado en el año 476, con la deposición de Rómulo Augústulo, el último emperador romano occidental y que acaba en 1453. Es decir, es un período que abarca casi 1000 años, que aunque pueden parecer una barbaridad pocos son en comparación con la Historia del Egipto faraónico o la Historia de compartida de griegos y romanos.
 
¿Por qué entonces tanto interés por la Edad Media? Insisto en que si bien otras épocas pueden resultar interesantes o hechizantes, la Historia de la Edad Media provoca en el espectador una especial devoción, mucho mayor que otros períodos históricos. La respuesta está en que la Edad Media representa un período de transición, donde un puñado de pueblos bárbaros, en muchos casos mucho menos civilizados que los romanos, fueron capaces de destruir dicha civilización y sobre todo devolvieron a Europa a un pozo sin fondo, en el cual era más fácil morir que sobrevivir.
 
Por primera vez en la Historia ocurría una evolución regresiva, es decir, la Humanidad, en lugar de avanzar se estancó y perdió tanto la fe antigua como el conocimiento. Únicamente se pudo rescatar en algunos santuarios, en el sentido más literal de la palabra, algunos libros que contenían el saber de los antiguos griegos y romanos, a la par que se desarrollaban otras creencias, como el cristianismo, descartándose las antiguas tradiciones paganas.
 
Hay que matizar una cosa sobre la Edad Media. La primera es que ésta comienza con el fin del Imperio Romano. Si bien algunos autores admiten que hasta la llegada del Islam no hubo una ruptura total con el mundo romano (principalmente porque muchos países islámicos aún eran cristianos y porque el feudalismo no estaba completamente desarrollado), es cierto que no se pueden despreciar alrededor de 150 años de Historia como si no hubieran ocurrido. De hecho, algunas de las naciones más importantes del mundo, como Alemania o Francia, son herederas directas de estos reinos surgidos de esta primera etapa de la Edad Media.
 
Lo segundo que hay que matizar es que se piensa que el conocimiento desapareció en la Edad Media y que quedó relegado a unos pocos monasterios. Es cierto que el conocimiento académico, el conocimiento de los libros, quedó encerrado entre cuatro paredes. Las matemáticas, la filosofía... Ciertamente no eran buenos tiempos para practicarlas cuando quemaban pueblos un día sí y otro no. Sin embargo hay que destacar que a pesar de que no hubo evolución real de estas ciencias hasta finales de la Edad Media, no ocurrió así con la técnica, la ingeniería o la arquitectura. Sin ir más lejos, y quizá esto es lo más apasionante de esta época, no hubo mayor número de adelantos técnicos en materia militar que en aquellos siglos. Sin ningún método científico, se fabricaban catapultas, cañones, se investigaba sobre las propiedades del acero (templado, el colado, la fundición, etc.) o se usaba hasta la pólvora, un espectáculo festivo chino, para disparar balas.
 
Por último, hay que destacar que en esta época todo era posible en materia de Estado. Pequeños principados que prosperaban y se convertían en ricos reinos, imperios que se desquebrajaban en luchas internas, héroes invencibles que sorteaban con ayuda de Dios todo... Es en definitiva el prototipo de lugar y tiempo de auténticas posibilidades, comparable únicamente con aquél tiempo de la Conquista de América por España o del Far West por Estados Unidos. En la Edad Media cualquiera podía vivir o morir, o hacer vivir o morir por la Gracia de Dios.
 
Sin embargo, había muchas más sombras que luces para la mayoría de los mortales. Si bien los príncipes hacían sus guerras y eran inmortalizados por la Historia, millones de almas se consumían en la ignorancia, en el miedo con mayúsculas y en la sensación de que el auténtico mundo no estaba en este mundo, sino en el más allá, con Dios. El hambre o las epidemias se convirtieron en compañeros impasibles de una falta de moral sin precedentes. Únicamente los buenos curas de pueblo y los ermitaños, auténticos paladines de la fe, lograron mantener algo del orden divino en el mundo.
 
Nadie debería añorar la Edad Media ni ninguna otra época pasada, ya que en muchos aspectos no son mejores que la que vivimos actualmente. Tampoco eran peores en todos los aspectos. Siempre hay ventajas e inconvenientes en cada época vivida. De todas maneras, últimamente Occidente, pero sobre todo Europa, nos recuerda a ese fin de Roma. No estaría de más entender que hoy más que nunca podemos estar a las puertas de una auténtica Segunda Edad Media.

No es difícil de entender que un país como EE.UU. o un continente como Europa, a la que llegan anualmente cientos de miles de bárbaros (extranjeros), no estén desarrollando paralelismos con aquellos tiempos de foederati de Roma, en la que los bárbaros, movidos por la compasión y por la necesidad de paz de los últimos romanos, fueron ocupando distintas regiones del Imperio. Finalmente, fueron usados incluso para defender al Imperio de otros bárbaros que posteriormente estaban empujando a los bárbaros más antiguos (visigodos sobre todo) a entrar en el limes del Imperio.

La corrupción y la total desvinculación del pueblo romano con sus políticos, a los cuales acusaban de dejarse perder y fomentar la pereza en forma de miles de romanos que en la misma ciudad de Roma vivían gratuitamente del Imperio, hicieron caer finalmente lo poco de decente que quedaba en aquella sociedad.

Si nos fijamos, actualmente en Occidente se está pasando por esta situación nuevamente. Occidente ya reconoce a China como la próxima potencia mundial y después de ella nuevos bárbaros, incluyendo a India, África y el Sudeste Asiático. Como ocurría en aquellos tiempos, quizá lo único que queda de Occidente capaz de hacer frente a dichos bárbaros pudiera ser lo que en aquellos tiempos era el Imperio Bizantino (el heredero de Roma), cuyo exponente podría ser actualmente EE.UU o antiguos imperios como el Selyúcida, heredero de los persas, que podrían ser encarnados hoy día por Rusia.

Europa, como ocurrió en aquellos tiempos con el Imperio Romano de Occidente, está en los finales de una época de esplendor que ha durado más de 1000 años, desde que Carlomagno unificó a los pueblos germánicos y frenó el avance islámico. Sus bases, que consistían en un profundo sentido cristiano, el orgullo de ser herederos de Roma y el ansia por la unificación de todos los pueblos de Europa, han dejado de ser motores para centrarse en influir en estados extranjeros o repartirse con EE.UU. al resto de los pueblos, como excéntricos césares corruptos.

A diferencia de aquellos tiempos, en los que nadie sabía leer y escribir, esta Segunda Edad Media no sería una época de analfabetos, aunque sería incluso peor: los ciudadanos, inconscientes de que son verdaderamente ignorantes de las auténticas verdades humanas, opinarían indiferentemente, creando aún más caos a estos primeros indicios de fin occidental. Es más, como ocurrió en aquellos tiempos, quizá ni tan siquiera pudiéramos conocer cómo poner en marcha un generador eléctrico o arreglar una máquina, pero seguramente sabríamos usar armas de fuego.

Quizá no habrá derramamiento de sangre. O quizá sí. Lo importante es que desgraciadamente el mundo no puede soportar un cambio social tan rápido y tan radical como los acontecimientos mundiales actuales. A alguien se le olvidó que las personas somos seres humanos y no simples máquinas. No sabemos asimilar los cambios porque no podemos disfrutarlos, al igual que aquellos nobles patricios que sólo se ocupaban de los placeres sin entender de dónde les llegaba el dinero y que muchos morían de hambre bajo el pretexto de que "Roma alimenta a su pueblo".

viernes, 26 de octubre de 2012

El castigo físico como método de aprendizaje (II): el argumento de autoridad

Una extraña situación en la pedagogía moderna es que el niño o el joven es el descubridor de su propio aprendizaje. El alumno se relaciona con el ambiente, en el cual se desarrolla y finalmente comprende, avanza y propone, con lo cual hemos cerrado el círculo y el alumno está preparado para enfrentarse a la vida real e incluso, en algunos casos, a ser docente y por tanto a retomar, esta vez como profesor, la honorable tarea de enseñar.
 
Ya comentamos en otra ocasión, en El castigo físico como método de aprendizaje, algunas de las consecuencias de este planteamiento llevado al extremo. Esta situación continuada en el mundo actual (principalmente en los países occidentales) sugiere una nueva reflexión sobre los métodos de aprendizaje modernos.
 
Debemos gran parte de la situación actual a las teorías constructivistas (sobre todo de Ausubel) y al método de María Montessori, que relegaban en aquellos tiempos al maestro a una herramienta más (aunque fundamental) que permitía la comprensión de la realidad al niño. Este planteamiento había que referirlo a la situación que existía en Europa y Estados Unidos en aquella época, donde los maestros eran en su mayoría abogados, curas o bachilleres frustrados sin ningún tipo de vocación por la enseñanza y que veían en la educación una salida profesional obligada. En aquellas fechas sí tenía sentido el método Montessori o los planteamientos de Ausubel, ya que aquellos profesores eran más bien portadores de verdades ocultas que habían de ser bien escondidas para seguir conservando su estatus de magister.
 
Tenemos que dar la razón en este caso a aquellos pedagogos, ya que lo que planteaban era una desvinculación entre inteligencia o conocimiento y enseñanza, ya que una persona muy inteligente no tenía por qué ser necesariamente un buen comunicador. Por ello es por lo que se hacía gran hincapié en que el auténtico sujeto de importancia en la educación (en definitiva, "el cliente") era el alumno y no el maestro, cuya función era la de simple "proveedor" de conocimiento, cuando lo normal es que los alumnos fueran "proveedores" ávidos de conseguir el pago del "cliente" (las altas calificaciones del maestro).
 
Esto, sin embargo, se desvirtualizó y hoy no podemos seguir teniendo como válidos los planteamientos de los constructivistas. De hecho, uno de los principales problemas educativos, tanto para profesores como para padres, es que se ha perdido la condición de autoridad. Si bien aquellos pedagogos relegaban a "herramienta" al maestro, eso no quería decir que se le pudiera faltar al respeto o incluso rebatir siempre que el alumno lo considerare oportuno. En ningún caso debería haber ocurrido tal situación. Desgraciadamente, los movimientos socialistas y de luchas de clases del siglo XX trajeron como consecuencia esta situación que a duras penas soportan los docentes occidentales (salvo casos como Finlandia o Corea del Sur, donde la figura del maestro es casi una cuestión sagrada).
 
Merece la pena destacar qué tanto hubiera cambiado la escuela moderna si en lugar del triunfo socialista del siglo XX hubiera triunfado el nazismo o los movimientos más conservadores. Habrá quien desee discutir esta situación, pero a los hechos me remito: la falta de respeto de la sociedad actual hacia la autoridad es un claro ejemplo de los dictámenes de la I Internacional, en la que se plantea la igualdad entre clases y la lucha de clases. Siendo tesis muy similares en cuanto a la crítica a los métodos del siglo XIX, figuras pedagógicas de la talla de Manuel Siurot pasaron desapercibidas internacionalmente. Mientras María Montessori fundaba escuelas con niños con problemas mentales, Manuel Siurot hacía lo propio con los niños más pobres.
 
Merece la pena destacar que los planteamientos de este señor no pasan por la desmitificación del maestro, sino por el trato educado al alumno, al que hay que corresponder mediante razonamientos apropiados a su edad. Sin embargo, para él, el maestro tiene un carácter sagrado dentro del templo del conocimiento que es la escuela. No se puede prescindir de él. Un ordenador no puede suplir las funciones del maestro. Para Montessori o Ausubel esta situación es indiferente: incluso un objeto inanimado como el ordenador puede realizar las funciones del maestro y por tanto ser una herramienta más para el niño.
 
El planteamiento es, si cabe, preocupante. Al equiparar al maestro con el ordenador o a la madre con el amigo, el niño pierde todo principio jerárquico y todo respeto a la autoridad. Lo que deberíamos comprender es que la Autoridad (sea un policía, un juez o un maestro) es una figura indispensable en la sociedad avanzada de cualquier civilización, ya que es garante de las buenas prácticas (ya sea de la buena conducta, la buena justicia o la buena educación). Sin ningún tipo de autoridad, la sociedad pierde el sentido de grupo, se siente huérfana incluso del bien más preciado del ser humano: la ley.
 
Es indispensable recuperar la Autoridad. La Autoridad no debería ser sinónimo de violencia, tal y como quieren hacer pensar muchos grupos radicales de izquierda o derecha. No es lo mismo ser la Autoridad a ser autoritario, ya que en cualquier sociedad moderna debe imperar el principio de la razón y de la ley. Ni los grupos neonazis ni los grupos antisistemas llegan a comprender siquiera lo que significa al palabra Autoridad, probablemente porque ellos no tengan autoridad en sus propios partidos.
 
Hemos de luchar por una sociedad libre y con base en la ley y el mérito. Para ello, insistimos, son fundamentales una reorganización jerárquica de la sociedad y conceder a la Autoridad el sitio que le corresponde, sin dejarnos engañar ni asustar por lo que pueda significar esta palabra en el contexto social que vivimos actualmente.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Mentalizarse es la clave del éxito

¿Cuántas veces no habremos escuchado esa frase? Mentalizarse es la clave del éxito. Dicho de otra manera, si uno piensa y se comporta como si fuera determinada persona, entonces se convertirá en dicha persona.
 
 
Se le denomina actualmente a esta técnica autosugestión o autohipnosis, éste último término no muy ajustado a la ortodoxia. En cualquier caso, todo se reduce a una idea: concienciación.
 
 
Esta idea está ahora muy extendida entre todos los gurús y hombres de negocios: eres lo que quieres llegar a ser.
 
 
 PURA DEMAGOGIA
 
 
El afán de El Ateneo de Archidux ha sido siempre el rigor y la búsqueda de la verdad como única pretensión, sin tapujos, censuras o prejuicios. Porque algo suene bien o porque algo genere efectos positivos en ciertas personas no necesariamente significa que sea una verdad.


La razón es fácilmente entendible: no todo depende uno mismo. No podemos llegar siquiera a plantear a un ilusionado enamorado o a un joven con afán de superación que con su simple esfuerzo puede llegar a conseguir todo lo que se proponga (más que nada porque no es cierto).


La mentalización es una mínima parte de la clave del éxito. Lo único que ocurre es que es sin duda una parte fundamental y que rara vez es entendida como fundamental. Sin embargo, son muchísimos los aspectos que son totalmente incontrolados (entre ellos el factor suerte) que nos impedirán conseguir el objetivo propuesto.


Por fortuna, esto no quiere decir que debamos tener una visión pesimista del tema. Es bien conocido el hecho de que probablemente no sea fácil (por no decir imposible) acabar con nuestro amor platónico, pero sí es más bien cierto que este esfuerzo por conquistar a nuestro ser amado puede traer como consecuencia conocer a un tercero que en algunos casos es hasta mucho mejor que nuestro amor platónico.


Algo parecido ocurre en los negocios. Todos quieren ser empresarios inmensamente ricos sin pararse a pensar si estarán dispuestos a asumir las consecuencias de ser inmensamente rico. Es posible que nunca pueda salir de casa sin escolta. Es posible también que una mala operación pueda llevarle a la cárcel. Es posible incluso que siendo inmensamente rico sea más infeliz que siendo un trabajador cualquiera. Es por este motivo que la gran mayoría de los empresarios fracasan en su intento de ser ricos, pero eso no significa que no lleguen a ser felices o que no ganen un buen dinero. Los contactos y, en definitiva, la suerte harán que los esfuerzos conlleven una retribución más o menos adecuada.


Podemos terminar con una frase muy concluyente: quien determina si algo fue finalmente exitoso no es la sociedad, sino el sujeto que lo planteó y lo trabajó.

martes, 28 de agosto de 2012

El problema fundamental de la Economía

Recientemente se conocieron los datos de la economía en China. Estos datos han demostrado que China ha ralentizado su crecimiento del anterior trimestre a éste, del 7% al 1%. Esta situación ha hecho que los inversores hayan decidido paralizar en parte las inversiones en el gran país asiático. Además, el estallido de la burbuja inmobiliaria china ha contribuido a un notable descenso en la riqueza de los chinos.

La situación pronto se ha vuelto preocupante. Las principales bolsas auguran unas fuertes pérdidas económicas mundiales el próximo año. El panorama para ciertos países ya en problemas (España, Italia, Grecia...) no es precisamente alentador.

Y en todo este lío globalizado muchos nos preguntamos que si todos los países pierden, ¿dónde está el dinero?

Recuerdo que cuando era estudiante, cierto profesor nos comentaba que a diferencia de la materia y la energía, los balances económicos no siempre eran entrada menos salida igual a acumulación. En los balances económicos existía la posibilidad de que se generara o se destruyera riqueza. ¿Cómo podía ser esto posible? El profesor nos contestó: "Supongamos un río en mitad de un bosque. La riqueza que genera ese río tiene un cierto valor (fundamentalmente medioambiental). Supongamos que colocamos una industria química en su ribera. Entonces, el río perderá valor ecológico, pero aumentará su valor económico". Es posible que el balance final fuera positivo o negativo, pero entonces el profesor siguió insistiendo: "¿Qué ocurriría si pusiéramos una planta de tratamiento de aguas que eliminara toda la contaminación sin dañar al río? En ese caso habríamos creado riqueza sin que el río se viera muy afectado en su valor ecológico".


Debo reconocer que con el tiempo este pensamiento me estuvo siguiendo. Incluso hemos podido comprobar a gran escala esta idea de la "generación espontánea" del capital. ¿Por qué entonces no creemos en la "destrucción espontánea" del capital?¿Es realmente posible que unas acciones que hoy valen 10 mañana valgan 0?¿Es creíble?¿Puede perder todo su valor una empresa en pocos segundos?¿Dónde va al dinero?¿Realmente ha "desaparecido"?


En mi vida he podido comprobar que la ciencia moderna no descarta (incluyendo la física) la generación espontánea de ciertos elementos o fenómenos (eso sí, muy puntuales). De todas maneras, siempre se trata de particularidades extremadamente difíciles de conseguir y de tratamiento inaplicable (estadísticamente de probabilidad quasi-cero), por lo que en el mundo real toman la consideración de "imposibles". Entonces, ¿cómo es posible que en el mundo actual pueda crearse y desaparecer el dinero de esa manera?


He de reconocer que el problema no es fácil, ni de entender ni de solucionar. Es cierto que cualquier libro, universidad o académico serio sería capaz de dar la razón a cualquier idea económica moderna sobre el valor de las acciones, la variabilidad de los mercados o la creación de riqueza pero, ¿hasta qué punto son ciertas todas sus teorías? Es decir, para ser mucho más pragmáticos, si son ciertas las teorías (que lo son), ¿son aplicables en todos los casos o podemos crear distintas realidades económicas?


Un ejemplo claro suele ser la inflación. No se puede negar que con el tiempo las cosas se encarecen. La razón es simple: una economía que crece con el tiempo hace que los ciudadanos sean cada vez más ricos, lo que se traduce en que tienen más posibilidades de comprar cosas y por tanto, los recursos, al ser finitos, se encarecen por simple ley de oferta y demanda. Sin embargo, ¿puede ser aplicable las leyes de la inflación a la especulación? Evidentemente (y el tiempo lo ha mostrado), no. La especulación no es una consecuencia directa de la economía o la riqueza de un país. Ni siquiera es consecuencia directa de las necesidades o los deseos de sus ciudadanos. La especulación es una consecuencia directa o indirecta de una hipótesis de valor, por la cual un negociante (el especulador) considera que cierto objeto será considerado como "muy valioso".


Es aquí el momento en el que tenemos que volver al título del artículo de hoy: EL PROBLEMA FUNDAMENTAL DE LA ECONOMÍA. ¿Cuál es ese problema? La respuesta es simple: la distribución de los recursos. Desde el principio de los tiempos, el ser humano se ha visto limitado en sus recursos, ya fuera por motivos tecnológicos, motivos de ubicación, motivos medioambientales o motivos legales. Los descubrimientos de los siglos XV y XVI, las conquistas de Roma o la difícil Ruta de la Seda no son más que ejemplos de cómo los seres humanos fueron capaces de tener motivaciones en la búsqueda de preciados recursos.

Este problema es tan básico que la mayor parte de las ideas filosóficas, sociales y políticas han versado sobre este asunto. ¿Cuál es la manera más justa de repartir los recursos? Resulta obvio que la manera más justa de repartir recursos es la división exacta entre los diferentes individuos. Sin embargo esta es una concepción errónea, basada en las ideas actuales, hijas del socialismo marxista del siglo XIX y de las democracias del siglo XX. No es que sea errónea en el sentido de que no sea un reparto justo, sino que no permite el reparto óptimo. La división exacta conlleva a la igualdad de recursos, no al reparto justo.


Si nos remontáramos a los albores de la civilización, a la tribu, el reparto de los recursos resultaba muy distinto. Los recursos naturales (principalmente el alimento) se repartían según la ley del más fuerte (el jefe y sus hijos o los notables de la tribu eran los que recibían más comida, dejando a los individuos menos fuertes de la tribu una menor ración). Este reparto puede parecer injusto a ojos del hombre del siglo XXI, pero es un reparto muy adecuado cuando se come cada tres días o bien la comida se pudre muy rápido.


Cuando el hombre dejó el paleolítico y descubrió la ganadería y la agricultura, el reparto de los recursos se volvió mucho más "humano". En efecto, esta revolución tecnológica permitió tener comida prácticamente ilimitada, sin necesidad de ir a cazarla. Por tanto, según nuestra teoría del problema fundamental del reparto de recursos, si un recurso es ilimitado (por ejemplo, la luz del sol, el aire...) no es necesario repartirlo, ya que cada uno puede tomar tanta cuota de ese recurso como estime necesario (el agua, sin embargo, no es un bien ilimitado, ya que su ubicación posibilita en mayor o menor el acceso al recurso). Pero entonces ocurrió algo inesperado: la esperanza de vida, así como la población, creció ampliamente, lo que llevó a que los recursos (carne, huevos, leche, verduras, trigo...) fueran insuficientes y fuera necesaria una expansión, tanto territorial como económica para poder seguir alimentando a la población.


Por otro lado, la agricultura proporcionó alimento en abundancia, lo que permitió el reparto de tareas (no todos tenían que contribuir a cultivar la tierra) y que aparecieran nuevas profesiones (artesanos, pensadores, sacerdotes, guerreros, etc.), que a su vez generaron nuevos productos y servicios todavía más escasos que la comida o el agua (y por tanto, más valiosos). Aparecieron los metales, el oro, las piedras preciosas, la medicina, la magia y otros muchos más bienes y servicios que poco a poco se fueron haciendo cada vez más necesarios.


El ser humano pasó de tener recursos ilimitados a crecer y volver a limitar los recursos. Por otro lado, la ubicación proporcionaba unos recursos diferentes a sus habitantes, lo que pronto motivó el trueque. Finalmente, el trueque resultó insuficiente cuando el número de productos creció, puesto que no era posible distinguir con facilidad qué productos y de qué calidad eran los que había que intercambiar.


Y entonces: nació EL DINERO.


El dinero no es más que una abstracción, un método para determinar y medir el valor de algo. En lugar de decir "esto vale 2,3 gallinas" decimos "esto cuesta 10 $, 9 € o 40 denarios". Por tanto, es incierto que alguien tenga "mucho o poco dinero", ya que el dinero no es más que un método. De lo que dispone una persona es de un certificado de que posee la posibilidad de adquirir bienes o servicios por tal o cual valor. Como sabemos el dinero hoy tiene múltiples formas, siendo la más antigua y persistente la moneda metálica. Pero actualmente podemos certificar nuestro dinero de las maneras más inverosímiles: billetes de banco, letras de cambio, cheques, cuentas corrientes, boletos de tarjetas de crédito...


He aquí entonces la razón por la que la gente vive y en ocasiones mata: una medida del valor y una medida de la capacidad de adquirir bienes.


El dinero trajo sin embargo una extraña capacidad que persiste todavía hoy: otorgar al vehículo o método (dinero) la capacidad (el valor o el recurso). Por eso, incluso actualmente, se considera como única razón de poder económico la cantidad de dinero que tiene un país o una persona. Sin embargo, esto no es cierto, o al menos no es del todo cierto.


Veremos en próximas entregas la razón de este enjuiciamiento.

jueves, 26 de julio de 2012

Stephen Hawking y las serias dudas sobre la existencia de Dios

¿Dios existe? Esta es la pregunta que todo ser humano se realiza al menos una vez en la vida. ¿Qué es Dios?¿Es todopoderoso?¿Por qué no se manifiesta o cuando lo hace es de una manera sutil o inescrutable?

La idea de Dios es, como ocurre con otros conceptos primitivos, intrínseca a las ideas de la raza humana. Dios ha sido durante siglos la respuesta a muchas causas tanto naturales como sobrenaturales. Incluso los mismos escolásticos consideran a Dios como la primera causa de todo.

También ha ocurrido que, durante siglos, unos pocos visionarios fueron dando explicaciones alternativas a la idea de Dios o la magia. Estas explicaciones provenían de la ciencia. A medida que la ciencia fue avanzando, los hombres fueron descubriendo fenómenos y a su vez leyes que explicaban de una manera lógica esos fenómenos que en principio podrían parecer cosa de magia o de una divinidad. Podemos poner muchos ejemplos, desde la explicación de los eclipses y su pronóstico o la impresión que causa una tormenta. En cualquier caso, el talento de los seres humanos hizo disipar las dudas sobre estos fenómenos, que no son más que efectos de puras causas físicas.

Los científicos de los siglos pasados, sobre todo desde Galileo y Newton, se enfrentaron al poder de la Iglesia, afirmando categóricamente que algunos pasajes de la Biblia no podían ser considerados como verdaderos o al menos no como totalmente verdaderos. Había discrepancias sobre lo dicho y lo observado en el tiempo. Finalmente, después de muchos años, Darwin con su teoría de la evolución y el descubrimiento de la datación por estratos acabaron de apuntillar la interpretación literal de los versículos de la Biblia. Así, Dios no creó a los seres vivos acabados, sino que estos mutan, evolucionan o desaparecen según criterios de selección natural. Dios tampoco creó el mundo en el año 5000 a.C., sino que existen datos de capas terrestre de más de mil millones de años.

El concepto de Dios y Dios mismo estaba más acorralado que nunca. Sin embargo, ese principio de los escolásticos de que tenía que haber un primer móvil y que alguien tuvo que crear el mundo (es decir, un mundo no puede salir de la nada), seguía (y sigue) más que vigente. Kant en la Critíca de la Razón Pura, en sus antinomias, admite que entendiendo que hay dos realidades bien documentadas como son la física y la metafísica, es imposible que por medio de una podamos conocer la naturaleza de la otra (es decir, no es posible conocer a Dios por principios físicos ni conocer el mundo sensible mediante la metafísica). Conclusión: existen antinomias (o paradojas) sobre ciertos aspectos del mundo (entre los que destacan la existencia de un creador y un comienzo del mundo). Merece la pena tratar de entender los argumentos de Kant en aquel libro, ya que son las preguntas esenciales del ser humano. Eso lo dejaremos a la curiosidad del lector.

Stephen Hawking, en su libro Breve historia del tiempo, argumentaba que Kant había supuesto en aquellas dos antinomias ya nombradas, que el universo podía y no podía tener un principio, siendo ambas hipótesis válidas, ya que existe un tiempo infinito a partir de cualquier suceso (incluido el principio del universo). Sin embargo Hawking, co-creador de la teoría del Big-Bang, demostraba que Kant no tenía razón en este punto, al no existir el tiempo antes de la creación del mundo. Entonces, ¿qué era lo que existía? Pues nada. Y nada es nada. Quizá, ni siquiera Dios.

Esta pregunta se la hacía Hawking en aquel libro, hace ya décadas. Sin embargo, en aquel mismo libro, señala que la teoría del Big-Bang no invalida la existencia de un creador del mundo, sino que marca un momento exacto en que lo hizo. Aunque él no lo menciona, esta postura es totalmente deísta, ya que Dios crea pero luego no interviene en el mundo (cosa un poco extraña en un ser "todopoderoso", ya que.. ¿por qué no querría participar en él?). Recientemente, Hawking demostraba en su último libro que Dios no existía de acuerdo a los principios físicos. Es más, tras años de investigación llegaba a una conclusión, totalmente demostrable, de que no era necesario disponer de Dios para crear materia o energía, sino que de la misma nada aparecían cosas. Esto, que pude sonar a magia, está recogido en los principios de la mecánica cuántica, en los que las cosas muy pequeñas se comportan de manera muy extraña, como puede ser la existencia de una misma partícula en dos sitios diferentes, la desaparición de partículas o la aparición espontánea. Esto se debe a que no es posible conocer el mundo microscópico sin interferir en él, ya que un pequeño fotón de luz es capaz de alterar tan frágil equilibrio, dando estos tipos de incertidumbres.

Además, Hawking demuestra en su libro que el espacio surge de la propia existencia de la energía, de tal manera que el espacio sería energía negativa que contiene a la materia y la energía (positivas). En definitiva, se comportaría como una gran batería con una suma total igual a 0 (es decir, igual a la nada). Esto, como él bien dice, es demostrable tanto física como matemáticamente.

Hawking entonces llega a la conclusión de que si de la nada puede aparecer algo muy pequeño (y el big-bang, en su inicio, era del tamaño de estas partículas), entonces no es necesario que Dios intervenga en nada y por tanto Dios no existe. Hawking insiste en que él no quiere hacer creer a los demás otras cosas que no quieran creer, pero que este descubrimiento significaría haber acabado el conflicto entre ciencia y fe, al menos desde el punto de vista formal.

Estoy absolutamente de acuerdo con Hawking. Es fantástico el planteamiento. Sencillamente brillante (como mente brillante que es él). Brillante y lo más importante, cierto. Entonces él mismo se planteaba que de no ser necesario un creador, probablemente no exista y si no existe, ¿cómo existiría un cielo o un infierno? Sólo tendríamos, en la realidad este mundo para poder desarrollarnos y ser felices y luego, al morir, se acabó. Se acabó todo. No importará si fuimos buenos o malos, sólo si fuimos felices.

No oculto mi terror por estas palabras y estas conclusiones. Siete mil millones de almas humanas sin más posibilidad de desarrollo que este mundo. Suena trágico. Suena injusto. Suena humano, demasiado humano.


Lo que Stephen Hawking ha obviado

Sin embargo, el señor Hawking admite también que la física ha demostrado que Dios es innecesario para la creación del mundo. Esta respuesta es, para mí, insuficiente. Su argumento más crítico en su análisis de la falta de necesidad de Dios es que la mecánica cuántica demuestra que las partículas pueden crearse de la nada para posteriormente desaparecer. El propio Hawking argumenta que el tiempo y su creación es el sustento del universo, lo que evitó que aquella partícula que originó el big-bang y que surgió de la nada generara el universo. De la misma manera, Hawking argumenta que en los agujeros negros el tiempo desaparece, hasta tal punto que en el centro del horizonte de sucesos no es predecible nada, ya que las leyes físicas dejan de existir. Lo curioso es que Hawking cambia su planteamiento del pasado: para él, el horizonte de sucesos era una indeterminación (es decir, imposible de predecir sucesos) y sin embargo, ahora ya no es una indeterminación, sino la nada. Dicho de otra manera, el agujero negro es el fin del univero, como una especie de orificio del universo que lleva a ¡nada!

Tengo que reconocer nuevamente que es muy probable que Hawking esté en lo cierto, y curiosamente, como ocurre en la mecánica cuántica ¡tenga razón en las dos cosas!

De todas maneras, yo admito que esto lleva a una situación contradictoria, que el mismo Hawking debería clarificar. La primera es una obvia, que probablemente al lector ya le haya surgido: ¿por qué aquella partícula que creó el universo explotó? O incluso una menos intuitiva: ¿es posible que no hayamos sido "el primer universo de la historia"? (Entendiendo claro está, la manera intuitiva del ser humano, porque Hawking diría: ¡Nunca hubo un "universo anterior", pues entre universo y universo no había tiempo!). A estas preguntas puedo responder incluso yo fácilmente: se trata de estadística. Quizá se creó de la nada trillones y trillones de partículas antes de la partícula del big-bang. Es como jugar a la lotería: nuestras posibilidades son nulas, pero siempre le toca a alguien, porque en suma, las probabilidad de tocar son altas.

En cualquier caso surgen otras preguntas quizá no tan encaminadas al big-bang sino a lo que ocurrió después. Por ejemplo, ¿por qué tanta armonía en el universo?¿Cómo es posible que se generara la vida? (Es claro que de manera espontánea, como ocurrió al universo). Sigamos. ¿Por qué vida inteligente cuando prácticamente el 100% de los seres vivos son no inteligentes? ¿Por qué, incluso, siendo tan inteligentes, no somos capaces de erradicar el mal?¿Si el mal y el bien no existen, por qué condenar a criminales?

Si Dios no existe, ¿no existe el bien supremo?¿Está la raza humana abocada a sucumbir por la naturaleza?¿Cómo se explican ciertos milagros?

Estoy de acuerdo en que un universo podría surgir de la nada, pero también podría haber un creador que le diera forma o que hubiera decidido haberlo hecho de la nada en un preciso instante. Además, la mecánica cuántica es una ciencia peligrosa: si bien explica perfectamente el mundo microscópico, es imperfecta en el mundo macroscópico. Incluso, los propios científicos son incapaces actualmente de conjugar la mecánica cuántica (fenómenos microscópicos) con la ley de la gravedad (fenómenos macroscópicos). No me cabe la menor duda de que la ciencia logrará alguna vez dar con la solución, pero resulta muy extraño obviar a un ser inteligente en todo esto, cuando además, la inteligencia es algo que, como la vida, parece bastante posible en este universo.

Por otro lado, el argumento ontológico de San Anselmo sigue sin explicarse en este sentido. La idea de las cosas viene de una existencia. La idea del concepto perro proviene de la existencia de dicho ser. Es posible que yo piense en algo que sea mentira (por ejemplo, una isla paradisíaca en medio de mi ciudad), pero por pensarlo no significa que exista. Sin embargo, el concepto en sí mismo de las cosas: isla, ciudad, etc. sólo puede provenir de un conocimiento de las mismas y por tanto de una realidad. Por último, San Anselmo argumenta que el concepto de perfección, que puede ser aplicado a Dios, proviene de una realidad y además esa realidad debe existir, puesto que cuando se piensa en algo perfecto se piensa en algo acabado y existente, ya que si no existiera, no sería perfecto. Por tanto Dios existe, ya que es perfecto, y existir es más perfecto que no existir (o lo que es lo mismo, la materia es más perfecto que la nada).

Parece que el dilema entre ciencia y fe seguirá vivo. 

miércoles, 16 de mayo de 2012

La pieza que falta. Alegato a la individualidad

Presenciar el trabajo de cualquier profesional es siempre algo que nos ofrece cierto interés. Ver a un albañil trabajando, a un alfarero, a un electricista, etc. es algo que nos causa una impresión favorable al trabajo que realiza, generalmente un trabajo creativo y o artesanal. Durante ese tiempo parece que no necesitaran ningún tipo de ayuda. Lo cierto es que en la realidad sí la necesitan y, si nos fijamos un poco, al alfarero le traen el barro conducido por un transportista, barro que fue sacado por un cantero de su lugar natural.

Cuando uno piensa que el mundo y la sociedad no es más que una gran maquinaria que funciona a diario, debería plantearse algo más que ese pensamiento. Debería pensar que esta crisis económica que sufre el mundo ha sido, quizá, fruto de esta interdependencia global. La realidad es que el ser humano actual tiene la sensación de que es un mísero grano del granero, una persona a la cual el mundo no echará de menos si muere; una persona por la cual el mundo no sufre ni disfruta cuando llora o cuando ríe. "El mundo es un sitio demasiado frío como para advertir la presencia de una sola persona", nos diremos.

Como la hormiga en el hormiguero o como el tornillo en la máquina, hemos querido sacrificar nuestra individualidad por un el bien común, relegar nuestras funciones a la de coadyuvantes de un bien mayor. Esto, sin embargo, plantea dos problemas fundamentales:

- ¿Cuál es ese bien mayor por el cual he sacrificado mi propia individualidad?

- ¿Quién dice que en la máquina el tornillo que sujeta el embellecedor de la puerta de acceso sea tan importante como el motor o como el tornillo de seguridad? ¿Por qué hemos de considerar que nuestra existencia se reduce a una simple definición y no a una descripción completa de nuestro ser?

Al Estado moderno le interesa enormemente crear masas sociales. Es y ha sido la principal preocupación de los movimientos políticos del siglo XX y parece que tratan de expresar lo mismo en el siglo XXI. Incluso en las Ciencias Económicas se considera completamente absurdo concebir la mano de obra como algo distinto a otro recurso, como es el capital o como es un inmueble.

Esta concepción del ser humano es rotundamente falsa e incapaz de solucionar los problemas sociales más elementales: la igualdad, es decir, la vulgarización de las personas sólo puede considerarse un cáncer que mata al cuerpo social. Las personas tienen nombres y apellidos, sin embargo los gobiernos se empeñan en poner números de identificación personal o fiscal, como dando a entender su pretensión de uniformar la sociedad.

Ante el desamparo de muchísimos jóvenes o ante las dudas y conceptos de fracaso de muchos hombres de mediana edad que ven cómo son despedidos sin miramientos, he de decir que no están solos y que deben reivindicar su individualidad.

Nunca me consideré miembro de ningún grupo, a no ser que consideremos grupo a una serie de pensadores muertos a los cuales he leído y con los que me he identificado en muchos casos. Es totalmente cierto que un hombre nada puede contra cientos o que la masa es mucho más atractiva que un simple ser humano, pero no es menos cierto que el poder de la palabra o el poder de la razón es tan extraordinario que sólo la violencia o las traiciones pueden acallarlo.

El mundo es un auténtico rompecabezas en el que somos una pieza más. Aunque esta idea pueda parecer idéntica a la que hemos criticado antes, es totalmente ajena al trato indignante que políticos y entes sociales, desde la Cruz Roja o la ONU hasta las asociaciones católicas, tratan de hacer ver. Ellos aseguran que somos todos como piezas de un gran reloj. Falso: lo que ellos quieren decir es que somos como granos de arena, es decir, insignificantes ante el montón, idénticos a los otros granos y por tantos ni más ni menos importantes.

La idea que queremos expresar aquí es radicalmente distinta: usted no es un grano, es una pieza de un rompecabezas. ¿Y qué ocurre si usted falta? A diferencia del grano, en la que nadie echa en falta su ausencia, en el rompecabezas cada pieza que falta representa una desgracia, una parte del puzzle que queda sin finalizar. Y esto es lo importante: este puzzle es infinito, pero no es lo mismo que falte una pieza del borde, que es menos visible, que del centro o incluso de algún detalle fundamental, como la sonrisa de la Gioconda. Usted no es alguien que deba ser ignorado por la sociedad: usted es una pieza importante.

El problema seguirá siendo el mismo: las piezas más mediocres tratan de ser piezas fundamentales, pero esto no es posible, no es natural, no es viable. Esas piezas, como ocurre en los rompecabezas reales, finalmente dan la cara y se muestran como lo que son: un fraude. ¿Cuántas veces no han hecho un rompecabezas en su casa, de 1000 o 2000 piezas, con el mar o el cielo de fondo y confundieron una pieza con otra entre tantas piezas azules o celestes? Esta es la auténtica realidad: somos completamente irremplazables.

Aunque nos sintamos a veces desgraciados, aunque nos sintamos a veces sin ganas de vivir... Hay que luchar. Usted es un gran luchador, usted es impresionante. Créame que usted tiene mucho que hacer por esta sociedad, usted es fundamental. Y si no lo es, usted debe convertirse en el instrumento de los que sín son fundamentales para la sociedad: SU DEBER ESTÁ EN CONOCERLOS Y EN SEGUIRLOS.

Seguir a un líder no significa, como pretenden nuestros políticos, perder la identidad individual. Cristo, cuando nombró sus 12 apóstoles, hizo que siguieran teniendo un papel fundamental dentro de la comunidad cristiana. Incluso en los Evangelios conocemos muchos nombres de sus seguidores y bien saben ustedes que no eran ni siquiera seguidores incondicionales y sin embargo eran fundamentales para las primeras comunidades cristianas.

Otro error que cometen algunos intelectuales es considerarse algo así como los defensores del pueblo llano o los paladines de la individualidad. Hemos de llegar a la conclusión de que estos intelectuales, fundamentalmente de izquierdas, lo que tratan es de confundir al ciudadano. Defender la individualidad no significa fomentar la anarquía, sino establecer una pirámide social. Soy amo o soy esclavo, pero sé lo que soy y admito lo que soy. Puedo trabajar por mejorar lo que soy, pero no renuncio a lo que soy ni cedo mi individualidad al grupo, al "bien común". Estos apologistas de la individualidad lo que desean es la ruptura de estos individuos con el grupo y ofrecerles refugio en sus propios grupos ideológicos (homosexuales, ecologistas, anarquistas, etc.).

Tenemos la obligación de que la gran máquina funcione, pero como ocurre en la vida real, las máquinas deben ayudarnos a desarrollarnos como individuos y no a convertirnos en máquinas biológicas. Ni usted ni yo somos iguales: no tratemos de considerarnos lo que no somos.


Dedicado a todas aquellas personas que sufren y no encuentran consuelo en el mundo. Dichosos los que sufren [...] porque de ellos es el reino de los cielos.

martes, 17 de abril de 2012

100 años del hundimiento del Titanic

No hace falta contar la impactante historia del Titanic. Ya sea por el cine, por la televisión, por un libro o por los periódicos que conmemoran el centenario de la tragedia del barco "insumergible", todos sabemos parte o todo sobre el hundimiento de uno de los iconos del siglo XX. El barco más lujoso construido hasta su hundimiento.

No quisiera recordar o contar con palabras lo que las imágenes, como la película de Cameron, pueden contar mejor que uno, pero sí me gustaría recordar que en la famosa tragedia del Titanic se pudo observar hasta qué punto la barbarie humana puede hacerse notar incluso en un momento de vida o muerte, en la que unos pocos segundos pueden significar el fin de todo. Sentir miedo y escapar sin pensar en los demás puede ser totalmente comprensible. Planificar una huida ante un peligro inminente es obsceno, ya que no actúa nuestro instito, como ocurre cuando se corre y se abandona al migo o cuando se aplasta a una persona. Planificar una huida significa poner la inteligencia al servicio del mal, considerando que la vida del prójimo es de un grado animal.

El hombre del siglo XX ha sido el género humano más repugnante de todos los tiempos. Incluso el hombre del siglo XXI, aun teniendo defectos, no es de la misma condición que el hombre del siglo XX, el cual marcó un máximo en la historia de la humanidad. Dotado de un poder casi ilimitado, proporcionado por la ciencia, y de una concepción social muy limitada e ignorante, el hombre del siglo XX no podía hacer más que las guerras más atroces y las mayores barbaries de todos los tiempos. La muerte de miles de personas en las batallas de la Edad Media poco o nada tenían que ver con las cobardes guerras de bombas, en las cuales un botón a cientos de kilómetros de distancias podía dotar de poder a cualquier hombre, mujer o niño.

La terrible concepción del yo en el siglo XX trajo consecuencias como las del Titanic. Cien años después, la concepción del yo es extraordinariamente diferente. El yo no es todopoderoso sino que es desconfiado. El hombre del siglo XXI es pesimista y socialmente aislado, a pesar de que cuenta, más que nunca en la historia, de medios de comunicación. El hombre del siglo XX era ambicioso y seguía los dogmas de la ciencia en una imparable espiral de objetivos militares, económicos y políticos. El hombre del siglo XXI es, ante todo, autónomo y no conoce más poder que el suyo propio. No confía en nadie aunque su conciencia le obliga a "ser bueno".

No importa realmente si el Titanic se hundió y llevó a la muerte a más o menos personas sino si el trato que recibieron muchos de los fallecidos fue el correcto. Hoy se sabe que no, que casi todos los supervivientes eran de primera clase. Los de tercera clase perecieron en masa y todo por culpa del concepto omnipotente del siglo XX.

Es curioso que mientras que Europa y EE.UU. (aunque sobre todo Europa) ha entrado socialmente plenamente en el siglo XXI, muchos de los llamados países emergentes están entrando conceptualmente en la segunda década del siglo XX (en la llamadad "Guerra Fría"). China, India, Pakistán, Singapur, Irán, Brasil, Qatar... son países que no van a permitir dejarse avasallar por los antiguos países líderes occidentales y que van a aprovechar la actual coyuntura social mundial para llevarnos a un pasado no muy lejano, pero ya olvidado. Ante la inoperatividad occidental estos países emergentes ya cuentan con técnica y cualificación suficientes como para desbancar a cualquier potencia mundial tanto económicamente como políticamente o militarmente. Ante todos se nos presenta la imagen del gigante chino pero no olvidemos que India es un país del mismo orden de población y que todos, aparte de bombas atómicas, poseen otros atributos como son el ímpetu de la juventud frente a una decrépita sociedad occidental.

Estos cien años nos han demostrado que se ha mejorado en el trato a las personas menos pudientes y que la altivez, a veces falsa, del hombre del siglo XX ha desaparecido en gran medida. Sin embargo, en lugar de erradicarla, la hemos trasladado a otros lugares y culturas y, ¿quién sabe?, a lo mejor el remedio fue peor que la enfermedad.