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miércoles, 27 de marzo de 2013

La Semana Santa desde otra óptica

Otro año más viene la semana más importante de la vida del cristiano. Esta vez, además, acompañada de la presencia de un nuevo papa.
 
Resulta francamente curioso que esta fecha antaño tiempo de reflexión e introspección cristiana ahora se muestre un tiempo de expectación por las vacaciones. Pero ése es otro tema. Hoy me gustaría ver la Semana Santa desde el riguroso lado de la ciencia.
 
La Pascua coincide, desde tiempos centenarios de tradición judía, con la primera luna llena de primavera. Este hecho convierte a la Semana Santa en una fecha arbitraria, que cambia anualmente en una horquilla de aproximadamente 6 semanas. Así la semana Santa como mínimo comienza un día 13 de marzo como Viernes de Dolores y termina como muy tarde un día  25 de abril como Domingo de Resurrección.

Comúnmente ha existido en épocas recientes, y más aún desde que comenzó el fenómeno de la globalización, el caso de que la Semana Santa puede provocar una serie de incompatibilidades de tipo económico entre diversos países y culturas, similarmente a como lo hacen los husos horarios. En cualquier caso, se han propuesto varias alternativas para intentar superar esta situación temporal.

El cálculo de la Pascua (Domingo de Resurrección) es como sigue:

- La Pascua siempre es en domingo.
- No puede coincidir nunca con la Pascua Judía
- El día de Pascua debe ser el siguiente domingo al primer plenilunio de primavera.

Por tanto, de aquí se deduce que el día mínimo en que puede ocurrir una Pascua, considerando que el 21 de marzo es el equinoccio de primavera, es el 22 de marzo. En este caso:

- Primer día de primavera: 21 de marzo
- Primer plenilunio: 21 de marzo
- Si el plenilunio cae en sábado: Pascua el 22 de marzo (domingo).

Nótese que no puede ser el 21 de marzo domingo, ya que la Pascua Judía coincide siempre con el día de plenilunio y por tanto, en caso de coincidir el plenilunio el 21 de marzo, la fecha se traslada al siguiente domingo, para no coincidir ambas fechas (es decir, al día 28 de marzo).

En cambio, si el día 20 de marzo hubiera sido plenilunio, la fecha de Pascua se trasladaría, considerando que la luna tiene 29 días de ciclo, al 18 de abril, que en caso de ser domingo nos llevaría al 25 de abril como fecha de Pascua para evitar que coincidiera con la Pascua Judía.

Así resulta fácil la explicación de este otro "misterio pascual".
 
 
 

lunes, 18 de marzo de 2013

Habemus Papam II o el Papa Francisco, un papa bueno.

Quería esperar un tiempo antes de escribir sobre el tema. El nuevo Papa es un papa atípico. Era necesario esperar unos días antes de emitir juicios sobre el nuevo pontífice, a pesar de que ya mucho está dicho.
 
Francisco exteriormente tiene muchas diferencias con los papas anteriores: es argentino, el primer papa del Nuevo Mundo. Esto imprime carácter. Pero también es un papa distinto interiormente: comenzando por su nombre, haciendo un guiño a San Francisco de Asís, el santo que predicaba pobreza, el nuevo Papa Francisco insiste mucho en este punto: volver a ser la Iglesia de los pobres.
 
Desgraciadamente tenemos poca y corta memoria. Benedicto XVI sigue vivo y sin embargo en los corazones de muchos se presenta a Francisco como un papa que llevara meses o años. Si bien es cierto que Francisco está aglutinando las mejores críticas del momento, esperemos y roguemos a Dios que no sean sólo el fruto de una euforia puntual propia de la novedad sino que sea  la línea rigurosa de todo su mandato, como según parece así será.
 
Benedicto XVI pasará a la Historia como un papa intelectual. Es cierto que no se le ha valorado tanto como debiera. Ha contribuido a formar las bases propagandísticas de la nueva Iglesia. Benedicto XVI ha sido, ante todo, un papa culto, un consumado teólogo, lo que vendría a ser más o menos lo que es un reputado científico en su campo. Cierto es que los científicos por lo general no contribuyen a mejorar el bienestar de las personas, pero sientan las bases científicas para que posteriormente ingenieros o inventores sí que realicen objetos o métodos que mejoren el bienestar.
 
Francisco ahora tiene la tarea de inventar la Iglesia a través de los descubrimientos teológicos y de la parcial reorganización de las instituciones eclesiásticas de Benedicto XVI.  He aquí donde el Papa Francisco ha comenzado con muy bien pie. Ha entendido perfectamente que la Iglesia debe volver a encontrarse con el camino perdido de los evangelios.
 
Hay quien dice que el Papa ha sabido entender la nueva situación de la Iglesia. Esto no es cierto. Los cardenales, cuando lo eligieron, sabían perfectamente que este papa no necesitaba entender nada, ya que él es así. Es muy diferente que uno al llegar a un nuevo puesto de responsabilidad cambie su forma de ser (por lo general es así) a que esa misma persona sea así y al llegar al poder siga comportándose así. Este es un acierto no del Papa, sino del colegio cardenalicio. Al escoger entre los candidatos a aquel que no tenía que fingir ni dejar de ser quien era, se fomentaba abiertamente el espíritu de buena concordia en el seno de la Iglesia. En este sentido, hemos de admitir que Benedicto XVI cambió radicalmente la manera de pensar que tenía cuando le llamaban Cardenal Ratzinger. Si aún nos acordamos, el llamado "Cardenal de Hierro" resultó ser un señor bastante cercano y simpático en su papado. Esto, según parece, fue causado por la mala prensa que había tenido siendo cardenal. Además, la sombra de Juan Pablo II era demasiado larga y le acompañó al menos los dos primeros años de su pontificado, más que nada hasta que beatificó al anterior papa y las cosas se calmaron. Desgraciadamente Benedicto XVI sufrió del mayor mal del ser humano: el miedo. Quizá, de haber sido más joven, hubiera sido más valiente en sus reformas y de haber sido más valiente, hubiera sido distinto su papado, tanto para bien como para mal. En cualquier caso, a Benedicto XVI le falló su carácter lógico: al no entender que los ministros de la Iglesia podrían ser en sí mismos los mayores pecadores no pudo llevar reformas más contundentes y necesarias.
 
Al Papa Francisco le ocurre lo contrario: su carácter es mucho menos serio. No deberíamos hablar de que sea más carismático que su predecesor, porque eso es relegar al anterior papa al rango de títere y para nada sería justo hacer ese comentario. Sin embargo, el pueblo, por el momento, se ve reflejado en algunas de sus posturas.
 
Antes de que saliera el nuevo papa había quien me preguntó que quién debería salir como nuevo papa. Yo contesté muy claro: "El Papa ha de ser ante todo una persona buena". Esta respuesta parece obvia, pero no lo es. Lo que necesita hoy más que nunca la Iglesia (y parece que lo ha conseguido) es una persona buena. No necesita teólogos, ni políticos, ni personas que sepan 20 idiomas. Necesita bondad.
 
Jesús de Nazaret sólo sabía hebreo. Es posible que hablara algo de la lengua conquistadora (el latín) pero seguro que no era un experto. Por otro lado los Evangelios indican que sabía leer (Lucas 4, 16-21) y escribir (Juan 8,6) pero no fue un consumado autor, pues de hecho no dejó escrito ningún libro, cosa que sí hicieron sus discípulos. Si Cristo no era un experto, ¿por qué habría de serlo el Papa? Es cierto que la Iglesia que se encontró Cristo no es ni mucho menos la que existe hoy, con más de 2000 millones de cristianos. Sin embargo, no hay nada que no pueda hacer el poder del bien.
 
Recuerdo en la película de Ben-Hur que cuando Charlton Heston está encadenado y no le dejaban los romanos beber agua, al pasar por Nazaret, un joven Cristo, al cual no se le ve la cara en la película, se acerca al preso y le da de beber agua. El soldado romano se acerca violentamente a Jesús y lo reprende pero el gesto de Jesús, callado y mirándole fijamente, a lo cual el propio soldado se asusta, es el gesto que busca la Iglesia actual. Es necesario que exista hoy un hombre tan poderoso que sea capaz de poner en su sitio a muchos hombres tan poderosos como pecadores, pero al mismo tiempo lo haga con la dulzura y bondad de un buen cristiano. Eso no requiere de ciencia, sino de fe y de un don de Dios, el don que sólo se le confiere a los santos.
 
El Papa Francisco es bueno ante todo. Por supuesto es humano y como buen humano puede tener opiniones, pero lo auténticamente importante es que sin salirse de los preceptos rígidos de la Iglesia sea capaz de transmitir esa bondad que espera el pueblo.
 
Ahora sus detractores quieren echar por tierra su bondad. Colaboraciones con Videla, nunca demostradas, o más recientemente su oposición al matrimonio homosexual no son más que cuestiones que merecen un aplauso. Nadie es malo por rechazar lo que no es bueno. Es más, si cabe, para evitar discusiones estúpidas, nadie es malo por rechazar lo que no es ni bueno ni malo. La homosexualidad está ahí, es un hecho innegable. Sin embargo, la oposición de la Iglesia, la cual no es incorrecta aunque quizá sí poco acertada políticamente, no significa que se niegue lo evidente sino que se niega que esa opción de vida sea acertada. La Iglesia, como ocurre con tantos otros temas polémicos, no puede aceptar principios errados de los seres humanos, no admisibles ni por la más pequeña lógica. Aún así, el Papa Francisco considera errados sus comportamientos pero no imperdonables. La Iglesia, ante todo, debe saber perdonar. He aquí otro de los principios que hacen y harán de este papa todo un símbolo.
 
Eso creo yo: hemos dado con el Papa Bueno. Un papa que devuelva la fe y demuestre con hechos (Mt 7,16-20: Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis). Este papa será ante todo un predicador con el ejemplo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Habemus Papam o de la renuncia de Benedicto XVI

Sorpresa. Así se puede considerar la noticia de Benedicto XVI. No puede pensarse que la noticia sea sorprendente por la renuncia en sí misma o incluso porque se especule con una posible enfermedad del Sumo Pontífice. La auténtica sorpresa estriba en la particular situación que acontecerá en la Iglesia con la presencia de dos papas vivos.

Desde la época del Cisma de Occidente, hace ya 600 años, no ocurría algo parecido. La renuncia papal es siempre un acontecimiento extraño y motivado en la mayoría de los casos por cuestiones heréticas, usurpaciones o catástrofes en el seno de la Iglesia.

No soy quien para evaluar a Benedicto XVI y su labor en la Iglesia. Eso tendrá que hacerlo la Historia. Lo que sí puedo asegurar es que Benedicto XVI no ha sido un papa carente de carisma o un papa títere o de transición, como han querido ver algunos. Benedicto XVI lleva manejando los destinos de la Iglesia Católica incluso antes de ser Papa (como bien sabrán aquellos que conocen el pasado del cardenal Ratzinger como mano derecha de Juan Pablo II).

Es cierto que cuando Benedicto XVI subió al poder no eran las mejores fechas para hacerlo. Era demasiado mayor. Cuando uno es muy mayor, es muy sabio, pero al mismo tiempo le falta lo fundamental: la fuerza vital y las ganas de conseguir objetivos. Benedicto XVI, consciente siempre de esta situación particular suya, hizo lo humanamente posible por mantener a la Iglesia Católica por el camino recto.

Ahora se acaban sus días de papado y surge la cuestión del cambio. ¿Quién debería ser el nuevo Papa? A diferencia de otros gurús que postulan cientos de teorías y de posibilidades, pienso que la respuesta es mucho más simple de lo que algunos quieren ver. Es necesario, ante todo, un Papa que atraiga a la juventud. Al igual que pasó con Sodoma, a la que Dios condenó salvando a Lot, la Iglesia Católica y el Papa a la cabeza deben salvar ante todo a la juventud, ya que las personas mayores, o bien están salvadas o bien están totalmente condenadas. No es posible centrar el mensaje de la Iglesia en los problemas actuales sino en los problemas futuros.

Se especula con un papa negro o con un papa latinoamericano. Esa no es la solución. Repito, esa no es la solución y esa opción, simplemente, me resulta frívola y está propuesta por el morbo que provoca la superación de la línea de no retorno (como ocurrió con Obama, el cual no fue con mucho la mejor opción demócrata).

No es la primera vez que en el papado ha sido ostentado por un africano (eso sí, no de raza negra). Sin embargo, los problemas existentes hoy en día en la Iglesia no harían inteligente la elección de un papa más bien relajado o dispuesto a negociar con grupos reaccionarios dentro de la Iglesia Católica. Eso no quiere decir que un papa negro o latinoamericano vaya a establecer estos contactos, pero sí es cierto que en estos países los problemas son muy distintos a los auténticos problemas de la Iglesia. Así, la muerte por hambre en África es obviamente un problema, pero los misioneros son, sin duda, la rama de la Iglesia que mejor está y más simpatías recibe de la sociedad. Es la otra muerte de hambre, la muerte espiritual, la que debe preocupar a la Iglesia Católica actual.

Es necesario, ante todo, no combatir el mal que acecha a la Iglesia desde el ataque a los mayores (es decir, políticos influyentes, gente famosa, intelectuales, etc.) sino combatirlo a través de las bases. Es cierto que quizá los niños y los jóvenes son las personas que menos pueden influir en la sociedad, pero sus espíritus están dispuestos a luchar por lo que es justo. Son ángeles en potencia. El nuevo Papa debe ser capaz de conquistar el corazón de los jóvenes y hacerles creer de nuevo, tener fe de nuevo, tener fe por el amor verdadero, tanto en Cristo como en la persona humana. No se necesitan teólogos o grandes oradores en estos momentos. Tampoco se necesitan reaccionarios o Papas dispuestos a tirar de las orejas al gran público. Lo absolutamente necesario es recuperar el espíritu de San Juan Bosco, el espíritu del encuentro de los niños con Dios. Si algo puede Dios es luchar contra padres incrédulos, contra poderes ateos, contra el Mal, con mayúsculas. Pero hasta Dios requiere de ayuda humana y brazos dispuestos a enseñar a los niños no sólo que Dios nos quiere o que es un hombre bueno que salvó la vida por nosotros. Lo que quieren los jóvenes es una Iglesia implicada con ellos, que tenga respuestas para cuestiones básicas como "¿por qué tengo que guardar el celibato hasta el matrimonio?", "¿Quién me prohíbe hacer lo que me dé la gana?", "¿Por qué respetar la autoridad?".

La Iglesia es la representación del Pueblo de Dios en la Tierra y ese Pueblo requiere de un líder que los mueva. Esa ha de ser la misión del Papa, ser el buen pastor que guíe a su grey. Y si hay ovejas descarriadas, no se puede apelar a que las otras ovejas tiren de ella. Ha de ser el propio pastor el que con cuidado, pero con firmeza, devuelva a la senda correcta a su pequeño cordero.

Suerte, amado Benedicto. Saludos, tiempo nuevo.

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Estuvo Jesús casado?

Los interrogantes sobre Cristo son muchos y variados. No en vano, la mayor parte de su historia está basada en escritos de discípulos o de sus seguidores. Se ha llegado a admitir que incluso Cristo podría haber sido uno de los primeros fraudes a gran escala de todos los tiempos, al caber la posibilidad de que inclusive la figura de Jesús de Nazaret no hubiera existido realmente (es decir, hubiera sido un producto de la imaginación de algún judío con el ánimo de lucrarse).
 
A este respecto, no cabe ninguna duda a prácticamente el 100% de los historiadores que efectivamente hubo un hombre llamado Jesús, natural de Nazaret, que actuó como rabí en Jerusalén e instituyó un grupo de adeptos a sus enseñanzas. Esto se debe a que aunque no hay muchos documentos, existen fuentes históricas no evangélicas al respecto (Flavio Josefo, Suetonio) que lo mencionan, confirmándose que existió tal personaje más allá de una simple invención judía. No obstante hay quienes aseguran que de haber existido tan gran maestro los documentos, tanto oficiales romanos como judíos, habrían sido más extensos y no meras menciones. A esto puede oponerse un simple comentario: un rabí judío, entre los muchos cientos de ellos que pululaban por Judea, no merecía más mención en los documentos públicos romanos de la época. Nadie fue capaz de pronosticar que aquel simple hombre, hijo de un carpintero, iba a ser una figura de tal transcendencia.

Ahora, nuevamente, surge otro de los grandes debates acerca de la figura de Jesús. Para muchos es completamente ilógico que Jesús no hubiera tomado esposa, pues habiendo él mismo santificado el matrimonio en las bodas de Caná, se estaría contradiciendo. Además, los evangelios indican que Jesús tuvo estrechas relaciones con mujeres, y no con cualesquiera, sino incluso con prostitutas y otras mujeres de baja ralea.

El caso es que no disponemos de otras fuentes que no sean las propiamente cristianas para aclarar este punto. El problema es que recientemente una paleóloga de Harvard dice haber descubierto un manuscrito del siglo IV en el que se puede leer claramente que Jesús habla de "mi mujer".

La tradición cristiana es clara al respecto: Jesús nunca estuvo casado. Entonces, como siempre, ¿qué pensar?

En estos casos hay que acudir a la fe y sobre todo a las enseñanzas de los diferentes evangelios y del paleocristianismo. Precisamente, el siglo IV fue un siglo muy convulso en el seno del cristianismo (no en vano, durante el siglo IV se celebró el Concilio de Nicea). No sería de extrañar que las numerosas sectas cristianas que nacieron en los primeros siglos del cristianismo y que trataron de conciliar una doctrina común en Nicea tuvieran en algunos casos ciertas teorías sobre la naturaleza de Jesús, su parentesco y su matrimonio.

El caso es que muy pocos creyentes actuales son conscientes del gran problema que ocurrió antes del gran Concilio. Eran tantas las sectas y doctrinas que prácticamente no existía una opción mayoritaria, a no ser el arrianismo, que finalmente fue declarada doctrina herética. Este concilio sentó las bases, sin embargo, de lo que es actualmente el Cristianismo y quedó reflejado en el famoso credo nicénico, que los católicos rezan, en su versión antigua o moderna, en toda celebración litúrgica.

En la mayoría de las fuentes cristianas no se hace referencia a ninguna esposa de Jesús. Tampoco lo niegan, pero resulta bastante curioso que en casi todos los actos públicos de Jesús aparezca la figura de la Virgen María y no la de su hipotética esposa. Muchos han especulado con que la Magdalena fue esposa de Jesús (entre ellos Dan Brown en El Código Da Vinci) pero eso es afirmar algo que no aparece en los escritos. Además, no hubiera pasado desapercibido este detalle, sobre todo cuando Jesús, al resucitar, se aparece a las mujeres. De haber sido la esposa, ¿cómo no se hubiera mencionado en las escrituras "y se presentó a su esposa"?

Por las diferentes enseñanzas y comentarios que hace Jesús a lo largo de los evangelios, podemos asegurar con muy pocas dudas (como hicieron los Padres de la Iglesia) que Jesús no tenía familia (es decir, mujer e hijos). Jesús es consciente del papel que viene a jugar en este mundo. Jesús además sabe que va a morir y quiere ahorrar ese sufrimiento a su descendencia. Además, Jesús, insta a Pedro y Andrés a abandonarlo todo y a seguirle, ¿qué tipo de líder espiritual de la talla de Jesús habría indicado a unos humildes pescadores a abandonar a su familia si él hubiera mantenido una familia propia?

A todo esto, incluso a modo de chiste, se podría opinar que a ver quién conoce a un hombre casado cuya mujer no le discuta sobre sus salidas, sus viajes y sus amigos, cosa que Jesús, tal y como marcan las escrituras, hacía prácticamente a diario. Jesús además vivía sin trabajar y de la caridad, ya que abandonó su trabajo para predicar. Esto no hubiera habido esposa que lo hubiera consentido.

Bromas aparte, hay un pasaje del evangelio que parece que lo aclara todo: "hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos". En este pasaje queda admitido que el propio Cristo reconoce que el mejor servicio al reino de Dios se hará desde el celibato. Por tanto, ¿cómo estaría casado el propio Hijo de Dios?

Hay que admitir que quien quiere sembrar polémica en estos asuntos puede hacerlo. Es como querer demostrar que aun existiendo pruebas genéticas, es posible que nuestros padres no sean nuestros auténticos padres, ya que el método no es 100% fiable. En el caso de los evangelios el resultado es claro: cuanto más nos alejemos de los escritos del primer siglo de la Era Cristiana, menos datos objetivos se tienen y más datos de la tradición oral. Es muy probable que en el siglo IV muchos de aquellos oradores pudieran bien haber cometido errores en la narración de los acontecimientos.

viernes, 19 de agosto de 2011

Jornada Mundial de la Juventud

La llegada del Santo Padre a Madrid provocó un entusiasmo generalizado en la cara de miles de jóvenes. Llevaban días esperando que el Pontífice llegara y por fin se hicieron realidad sus anhelos.

No obstante, las noticias no han sido del todo positivas. Como habrán leído o visto, movimientos laicistas irrumpieron en la Puerta del Sol y se enfrentaron con jóvenes católicos. Esta situación, que en cualquier caso podría haber sido prevista, supuso una batalla entre policías y manifestantes.

Esta visita ha venido a ratificar dos cosas: la ruptura total del binomio Iglesia-Estado que imperaba en España desde los Reyes Católicos y la confirmación de que si bien España no es un país católico, es un país lleno de católicos.

Déjenme explicar esta diferencia, obvia por otro lado. El estado español, en su constitución, recoge que es un estado aconfesional. Esto quiere decir que no considera a ninguna religión como verdadera, aunque no condena a ninguna religión como dañina. Esta diferencia es fundamental con respecto a otros países, como Francia, que se configura como un estado laico. Esto significa que promueve la abolición de la religión. España es por tanto, un país no católico pero cuya población es mayoritariamente católica.

Este asunto no es baladí. Lo que fueron olvidando los distintos gobiernos socialistas es que España puede prescindir de la religión en época de bonanza, pero no puede prescindir de ella en época de crisis. Aunque sea muestra de un mal cristianismo, la parábola del hijo pródigo puede aplicarse a esta situación. El español, ante la miseria, corre a refugiarse y a pedir perdó al padre al que dejó de amar. El padre acepta al hijo, ya que ha recuperado a aquél a quien daba ya por perdido. La Iglesia en España actúa de igual manera: vuelve a aceptar a todo aquel que se marchó. Y muchos han vuelto, encontrando tanto el lado espiritual (la misa, la palabra, la esperanza en Cristo) como el lado material (cáritas cristianas, comedores sociales, cuidados por parte de religiosos, etc.).

La Iglesia ha demostrado siempre que en época de crisis ha sabido devolver la fe a sus fieles. Desde la época de los césares, cuando miles de pobres se agolpaban en Roma por un pedazo de pan, la Iglesia siempre ha preconizado la Esperanza Cristiana. Hay quien dice que el poder de la Iglesia está en hacer creer que existe un dios que puede hacer milagros o que puede castigar a quien se porte mal. Es bien sabido que cuando la Iglesia ha hecho uso de este mal enfoque interpretativo nunca ha salido bien parada. Esta situación dio lugar a la Reforma de Lutero y con posterioridad, el uso indiscriminado de la teología popular trajo las críticas de Marx.

Sin embargo, la fortaleza de la Iglesia es y será siempre el consuelo ante las adversidades. Dios es Amor, Dios nunca nos abandona... Este es el verdadero mensaje. Y cuando el creyente duda, aparece la figura de Cristo, un hombre que siempre creyó, incluso cuando en la cruz estaba siendo maltratado. No obstante, no sólo la fuerza de la fe ha sido lo que ha mantenido a la Iglesia en su posición hasta nuestros días.

La Iglesia ha defendido siempre a los pobres y a los oprimidos, erigiéndose como la primera organización social de la Historia. Puede que alguno alegue que esta misión sea una misión hipócrita (¿cómo se puede ser defensor de los ricos y sin embargo vivir en la opulencia?). Esto no es del todo cierto. La Iglesia Católica, a diferencia de otras organizaciones políticas y sociales, ha estado siempre constituidas por personas cultas. Nada más que para ser cura hace falta leer, porque lógicamente no se puede leer la palabra de Dios en misa si no se sabe leer. Dicho de otra manera, otra fortaleza de la Iglesia ha sido que ha mantenido la educación y la formación como un punto importante de su apostolado. Esta entorno culto tiene dos vertientes: por un lado, es cierto que un mayor control de la cultura, permite un control del pueblo (por ejemplo, amenazando con que un Dios malo vendrá a castigar los pecados); sin embargo, lo normal es que donde hay personas con altos conocimientos y con amplia cultura, ocurra precisamente lo contrario: haya gente muy implicada en hacer el bien, en conocer la importancia de la obra de Cristo y en hacer exégesis y denuncia de lo que otros religiosos menos escrupulosos hacían con sus fieles.

Lutero, el reformista; Santo Tomás Moro, San Francisco de Asís y otros muchos más religiosos fueron reformadores de los abusos que muchos clérigos hacían de sus fieles. La ventaja que existe en el seno de la Iglesia es que a pesar de ser una institución político-religiosa, sus componentes han gozado siempre de una libertad y de una capacidad de expresión muy amplia. Los cardenales, príncipes de la Iglesia, por ejemplo, no son ni uno ni dos, sino decenas, y no son elegidos por cuestiones políticas, como los partidos, sino por méritos. No cabe duda de que muchos serán más cercanos a ciertas ideologías del presente o del anterior Papa, pero sobre todo el consenso suele ser debatido. La Iglesia es una de las pocas instituciones que organiza concilios, es decir, puestas en claro de todas las tendencias para unificar criterios y no incurrir en cismas. La Iglesia cuenta además con un problema que a la vez pasó a ser ventaja para los fieles: éstos son por fe, súbditos de la Iglesia, y por nacimiento súbditos del país, lo cual siempre ha ayudado a que muchos que denunciaran abusos (como Lutero, por ejemplo) fueran protegidos por sus príncipes. Lo contrario, por desgracia, también ha ocurrido: Tomás Moro denunció los abusos del rey Enrique VIII y su condición de clérigo y protección especial del Papa no le valió contra la pena de muerte impuesta por el rey.

La Iglesia, ahora más que nunca en los últimos 20 años, está de moda. En ciertos aspectos ha demostrado que puede dar una explicación espiritual más amplia a las necesidades del ser humano que la fe en otras disciplinas más oscilantes, como son la fe en la ciencia, la fe en la magia, la fe en los políticos o la fe en el dinero.

jueves, 6 de enero de 2011

Epifanía

La epifanía o manifestación de Jesús ante los Reyes Magos es la fiesta que conmemoramos los países españoles (de esa Gran España que somos todos) cada 6 de enero. Los niños esperan recibir sus regalos de manos de los Reyes Magos, que vendrán por la noche. 

Las figuras de los Reyes Magos no están del todo claras. En los evangelios canónicos, sólo se citan en el Evagelio según San Mateo. Se dice que "[...]unos magos venidos de Oriente se presentaron en Jerusalén [...] vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle [...] se pusieron en camino y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño [...] abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra". Los evangelios apócrifos son mucho más explícitos en datos. En el Evangelio del Pseudo Tomás, se habla de la llegada de los magos con tres legiones de soldados de Persia, Babilonia y Asia (lo que daría lugar , posteriormente a hablar de 3 magos que además serían reyes, o al menos magistrados importantes). Otros evangelios apócrifos como el Evangelio Armenio de la Infancia, contendrían información sobre los 3 magos, de nombres Melchor, Gaspar y Baltasar. Una tradición posterior diría que Melchor venía de Europa, Gaspar de Asia y Baltasar de África, lo que haría que éste último fuera negro.

Así pues, como ocurre con otros elementos navideños, como el portal de Belén, el buey y la mula, la tradición relacionada con la llegada de los Reyes Magos proviene de los apócrifos.

¿Qué podemos saber realmente de estos personajes, desde el punto de vista histórico? Asumiendo que existieron tales magos, podríamos decir que éstos más bien serían emisarios de algún gobernante vecino. En el Evangelio de San Mateo, los "magos" se entrevistan con Herodes, rey de Judea. No sería viable que unos simples curiosos se adentraran en país extranjero y tuvieran una audiencia con el mismísimo rey. Probablemente venían protegidos por algún tipo de cohorte y vendrían en calidad de diplomáticos.

Estos magos probablemente eran expertos en astrología (pronosticadores de acontecimientos por el estudio de la disposición de los astros). El hecho de que un OVNI muy visible surcara durante días los cielos en determinada dirección sería motivo más que suficiente para considerarlo augurio de algo importante. Con OVNI no nos referimos a algún tipo de nave alienígena, sino a un fenómeno extraño celeste (un cometa, por ejemplo). No conocemos muchas estrellas que vayan en una dirección, a no ser que éstas sean cometas o meteoros diversos. Sin embargo, la "vida propia" que le dan las escrituras a las estrellas muestran lo milagroso del asunto.

Los magos en principio creyeron que un rey poderoso había nacido. Sin embargo, al llegar a casa del rey, no había hijo, corroborando el hecho de que las ofrendas iban destinadas a un encuentro diplomático entre los dos países.

Por último, mencionar la nacionalidad de tales magos. ¿De dónde venían? Como dicen San Mateo, de Oriente. ¿Y qué es "Oriente" para un judío del siglo I a.C? No es, ni mucho menos, China. Persia o Babilonia podrían ser estas regiones orientales. Todo aquello más allá de Damasco, aproximadamente, era Oriente. Probablemente fuera incluso del vecino Reino de los Nabateos, cuya capital, Petra, fue una ciudad esplendorosa. En cualquier caso, podríamos suponer, por los nombres, que dichos magos eran de origen semita, como los judíos, ya que los nombres de Melchor y Baltasar están emparentados con nombres de divinidades fenicias como Melkart (raíz de la palabra Melk- que significa rey) y Baal. Así Melchor, de acuerdo a diversas etimologías significa "rey de luz" y Baltasar significa "protegido de Baal".

lunes, 20 de diciembre de 2010

La cosa tiene jamones

Hoy llegaba a mis manos la siguiente noticia:

José Reyes Fernández, el profesor que ha sido denunciado por la madre de un alumno musulmán al considerar que trató a su hijo de manera xenófoba ya que el docente mencionó el jamón para ilustrar una clase y el menor le pidió que no hablase del jamón[...]

Según indicó, estaba impartiendo una lección sobre las zonas climáticas: "Expliqué a mis alumnos los diversos climas que se dan en la tierra. Cuando llegamos a los climas fríos, expliqué que había dos zonas climáticas frías, la los polos y la de las altas montañas. Y aquí fue donde yo cometí el gran pecado que me está costando tantas pesadillas. Al hablar del clima de montaña, en vez de recurrir al Himalaya busqué un ejemplo más cercano y hablé de Trevélez, donde he estado, la ciudad más alta de España, les dije. Expliqué su clima frío y seco y se me ocurrió decir que, gracias a ello, en Trevélez se curan muy buenos jamones, y que tienen una cierta fama. Punto". Entonces un alumno "de forma muy correcta" le pidió que por favor, no hablara de jamones, que era musulmán y que no podía oír hablar de eso.


"Yo me quedé perplejo. Entonces le dije, literalmente: Mira, muchacho, en primer lugar, tú no eres quién para decirme a mí de lo que puedo o no puedo hablar en clase. En segundo lugar, lo que tú comas, o coma este otro, a mí no me importa nada. En tercer lugar, la religión que tú profeses, profese éste o aquel otro, todavía me importa menos. En cuarto lugar, aquí sois 30 alumnos, y tú te debes adecuar a los 29 restantes y no los 29 restantes a ti. Y en quinto lugar, si no estás de acuerdo con las enseñanzas y conocimientos que se imparten en este centro siempre tienes la posibilidad de elegir y marcharte a otro centro".


La cuestión es, sin duda, antigua. Digamos que son siempre los mismos perros con distinto collar. Los mismos buscadores de la polémica y los mismos de "la moral débil". Podremos siempre entender que el respeto a todas las opiniones, en democracia, sea legítimo. Podremos entender incluso que el chico se "sintiera" humillado (cosa que dudo) al hablarle de jamón. Pero lo que no se puede entender es que un alumno pretenda sentirse humillado por un comentario objetivo y totalmente secularizado, en donde no existe ninguna intención más allá de la de explicar una lección acerca del frío y el calor.

No quiero darle más importancia, ni seguiré dándosela, a un tema que estos ciudadanos extranjeros intransigentes quieren introducir en occidente.

Ya Nietzsche escribía en el siglo XIX acerca de las maneras en las que los judíos se sentían como víctimas de la sociedad alemana, cuando realmente no sólo estaban integrados sino que se les permitía cierta notoriedad pública (por ejemplo, eran ricos burgueses en su mayoría). El caso es que esa "moral transvaloradora" sigue existiendo en pleno siglo XXI. Ellos, los inmigrantes de occidente, tratan de aparecer como las víctimas de los "malvados cristianos". Han transfigurado las enseñanzas del mismísimo Cristo, humillando una moral noble, basada en el respeto hacia los demás y al amor al prójimo como a uno mismo, hacia una moral decrépita, basada en la "otra mejilla". Así, este chico, trató de que el profesor pusiera la otra mejilla y se humillara, ya que el chico no tiene suficiente poder en el aula.

Si hay algo en lo que está basada la cultura occidental es en el respeto a la autoridad, en la ley del más fuerte, entendiendo la justicia así. No es una fortaleza brutal o despiadada, sino una fortaleza basada en la organización y la estructura, propia de los pueblos arios. Si occidente permite que los extranjeros falten al respeto a la autoridad, occidente sufrirá una crisis más profunda que la actual.

lunes, 22 de noviembre de 2010

De la Nueva Iglesia

Como sabrán por las noticias, mañana saldrá a la venta el último libro de Su Santidad el Papa. También sabrán que en su interior se encuentra una declaración que ha sido objeto de valoraciones positivas por parte de muchos organismos públicos y personas de las más diversas tendencias, mientras que ha sido objeto de silencio por parte de otras (y por qué no decirlo, que las ha cogido de sorpresa).

Benedicto XVI ha afirmado que es lícito el uso del preservativo o condón en casos muy puntuales, como en las relaciones sexuales con prostitutas. Por supuesto que ha habido aplausos por parte de organismos como Naciones Unidas y que ha sido tildado de discurso insuficiente por parte de asociaciones de izquierda y distintas organizaciones no gubernamentales. Por otro lado, ha habido quien se sentirá decepcionado con estas declaraciones, los habrá que incluso interpreten esto como el fin de la Iglesia o el inicio de una renovación profunda de la misma, aunque también los habrá que interpreten todo esto como designio de Dios por boca del Papa. Sin embargo, nadie se ha parado a pensar en serio en qué consisten estas palabras y el trasfondo de las mismas, como suele ocurrir con cualquier tema de actualidad.

Opiniones. En esto consiste todo lo que hemos descrito hasta el momento. Nadie, por el momento, de los que he podido escuchar y leer en radio y prensa, ha dicho una afirmación correcta sobre este pensamiento del Papa. Se han limitado a opinar. Estarán conmigo de acuerdo en que para opiniones, las propias. Fíjense que muchas de las noticias se hacen eco de hechos reales y bien fundamentados, como son el número de contagios de SIDA durante un año. Esto es una realidad indiscutible. Sin embargo, este hecho no valida o invalida las palabras del Papa, si está bien lo que dijo, si está mal, si ha defraudado o si ha ayudado, y sin embargo cuelan el dato en las noticias o Naciones Unidas lo esgrime como una realidad que hace que las palabras del Papa sean "correctas".

Como digo, nadie ha dicho la verdad sobre la afirmación y el tono en que Benedicto XVI ha expresado y condenado el uso del preservativo. Sí, han leído bien: condenado el uso del preservativo. Habrá quien ya esté pensando que esta es otra opinión, como la de cualquiera, pero vengo a demostrarles que no sólo las palabras de Benedicto XVI están totalmente dentro del pensamiento milenario de la Iglesia, sino que además condenan a los que usen o abusen del preservativo.

Transcribo literalmente la sección del libro, donde hace mención a la idea anterior:

Pregunta: "¿La Iglesia católica no está fundamentalmente contra la utilización de preservativos?"

Respuesta: "[La Iglesia] no lo contempla como una solución real o moral pero, en ciertos casos, cuando la intención es reducir el riesgo de contaminación [del VIH], puede ser un primer paso para abrir la vía a una sexualidad más humana, vivida de otro modo. Puede haber casos individuales, como cuando una persona que se prostituye utiliza un preservativo, donde puede ser un primer paso hacia una moralización, un debut de responsabilidad que permita tomar una nueva consciencia de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que uno quiera".


Analicemos el texto. Lo primero es insistir en la idea de la opinión y la realidad. Benedicto XVI, en principio, opina (pero no necesariamente tiene que ser verdad) que no es una solución real para acabar con el SIDA. Esto debería dejarse en manos de los expertos, médicos y científicos, aunque sí es acertada la exposición del Papa cuando dice que no es una solución moral. ¿Por qué digo digo esto? Porque el SIDA no es un problema de mantener relaciones sexuales. Es un problema de mantener relaciones sexuales promiscuas y por tanto eso entra en el terreno de la moralidad y el Papa es un auténtico, si no el más sabio, experto en moral.

Benedicto XVI no está promoviendo el uso o quitando importancia al uso del preservativo. Planteemos, entre líneas, el pensamiento del Papa: dos seres humanos van a cometer un pecado (mantener relaciones sexuales con fines no reproductivos fuera del matrimonio). Para mayor desgracia, uno de ellos tiene el SIDA. Tal y como Cristo dejó expresado en Jn 8, 10-11 ("Mujer, ¿ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor.- Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más"), debemos entender que la relación sexual prohibida no es nunca aplaudible ni defendible, pero puede ser exculpada, más si cabe si el daño infligido es menor que el que se podría infligir. En este sentido, puestos a pecar, más delito e inmoralidad lleva el no usar preservativo en relaciones promiscuas que el usarlo. Es decir, no es que se esté tolerando el uso del preservativo, sino que se anima a que el nivel del pecado disminuya. Por poner otro ejemplo gráfico: matar a una persona es un pecado mortal, pero una muerte sin dolor lleva impreso un pecado menor que una muerte con regocijo en el dolor del prójimo. Se trata de, como dice el Papa, humanizar al ser humano.

Resumiendo. Las palabras del Papa no habrían de alegrar ni desalentar a nadie. El Papa y la Iglesia no han cambiado su discurso, al revés, lo han vuelto a explicar. Otra cuestión sería plantear el tema de las relaciones sexuales con fines no reproductivos y fuera del matrimonio, si son lícitas o no. Fíjense que dicha prohibición se toma con vistas a moralizar y a hacer entender, sobre todo a los jóvenes, que el sexo mal entendido puede causar mucho daño, indignación e incluso puede transformar y deshumanizar a las personas, haciéndolas obsesivas (como cualquier otra droga). El mismo Cristo, cuando tiene a la mujer adúltera delante, comprendió el influjo malvado que tiene este impulso humano, por lo que no condena a muerte o no se indigna como el peor de los pecados lo que hizo esa mujer, sino que la perdona sinceramente, con la esperanza de que no volviera a pecar en el sexo, porque, insisto en la idea, el sexo mal entendido deshumaniza.

En definitiva, Benedicto XVI no abrió ningún debate y menos sobre una sexualidad más abierta, sino que ha delimitado aún más el concepto de pecado.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Muerte

Tenemos un concepto generalizado de la muerte en el que poco o nada nos importa el más allá. La sociedad occidental ha ido desterrando de la cultura popular el misterio de la muerte, el interés por el más allá. La sociedad occidental puede calificarse de laica, o en todo caso, de agnóstica.

Hablamos, por supuesto, de la sociedad. Los individuos que la componen poco tienen que ver con esto. Hay una doble mentalidad al respecto. Dentro de la sociedad la personalidad se diluye y sería horrible pensar que haya alguien que crea en Dios o que anteponga todo a Dios (a menos que sea un radical fanático o un inestable mental). Digo que sería horrible, pero la realidad es que una amplia mayoría en los países occidentales tiene una creencia sincera en su religión o al menos en su tradición religiosa.

Celebramos la Navidad porque es una tradición social, no verdaderamente porque el Estado vele por la conservación de dicha festividad religiosa. Sin embargo, si nos preguntaran de manera individualizada, pocos serían los que renunciarían a la desaparición de un trozo de nuestras vidas.

Algo así ha pasado con la muerte en Occidente. Nadie habla de la muerte y mucho menos de vida después de la muerte, salvo en círculos muy cerrados y personales. ¿Por qué ese miedo a hablar de la muerte?¿Por qué está tan mal creer que haya un más allá?¿Qué implicaciones sociales y políticas tiene la creencia en un más allá, como la tradición cristiana admite, por ejemplo?

Hemos de recordar que la fe admite la existencia de algo no tangible y por tanto no demostrable físicamente. Lo bonito de la fe es que el método científico fracasa y que no hay ninguna manera de demostrar que Dios no exista o que Dios exista. Dios es una hipótesis que permite delimitar los efectos de una moral basada en la razón práctica. Si no existe una justicia absoluta que recompense o castigue las acciones, no existirá una manera de distinguir el bien del mal y de qué acción es ética y cuál no, lo cual nos llevaría a una contradicción lógica, ya que cualquier acción podría ser considerada arbitrariamente por la razón como "buena".

La fe en la existencia de Dios nos proporciona una creencia también en una vida después de la muerte, ya que un ser perfecto, como es Dios, no puede dar sino vida eterna a los hijos justos y no puede sino recompensar en la muerte a éstos. Estos pensamientos pudieran ser considerados como fantasías propias de siglos pasados, pero no hay descalificación razonable en tales comentarios. Si hay algo que es fundamental en el ser humano es sentir ganas de vivir y ser feliz. Y no hay nada más dichoso ni feliz que una vida eterna en un lugar donde sólo exista el bien (lo que el cristiano conoce como cielo).

La muerte suele ser un tema tabú porque la sociedad actual aboga por la muerte vacía, la muerte de la nada. Tras la muerte no queda esperanza, ya que sólo existe este mundo y no un más allá. Este planteamiento, a priori, es incierto, como hemos dicho. No es posible demostrar la existencia de un más allá ni tampoco es posible demostrar lo contrario. Por eso mismo ambas afirmaciones podrían ser válidas a priori, pero una es claramente superior a la otra. Abogar por una sociedad que crea en el más allá es apostar por una sociedad mucho más positiva y optimista.

Fueron los llamados "maestros de la sospecha" (Feuerbach, Freud, Nietzsche y Marx, todos, por cierto, de cuna germánica) los que pusieron las bases hacia el mundo pesimista. El pensamiento cristiano decimonónico sobre el más allá y la religión estaba basado ciertamente en un sistema de negación de una vida penosa propia de la Revolución Industrial. Dios aplicaría justicia en el más allá mientras que aquí tocaba exclusivamente malvivir. Tristemente, el cristianismo había olvidado aquellas palabras en Lucas 20, 38: "Dios es un dios de vivos y no de muertos".

Mientras que Feuerbach, Marx y Freud atacan el más allá como una enajenación (o alienación) del ser, en donde el individuo pierde el control sobre su persona, o inventan a Dios para paliar los impulsos del subconsciente, Nieztsche se limita a condenar a la "Iglesia de los muertos". No se debe abogar por una Iglesia que cree en el más allá porque es una vida mejor: hay que abogar por una Iglesia que viva desde ahora.

No obstante, a pesar de que la creencia en un más allá pueda traer estas no deseables consecuencias, hay que reconocer que es mucho más beneficioso creer en el más allá que no creer en nada. El pesimismo moderado, lo que podríamos llamar como pesimismo conservador, es algo bueno, propio de gente razonable. Una visión muy positiva lleva a la confianza excesiva y por tanto a malentender la realidad. Sin embargo, el pesimismo es un concepto negativo y su acción prolongada es perjudicial en todos los aspectos vitales. El ser muy optimista puede traer consigo la enajenación del individuo, falseando su realidad, lo cual es penoso, pero el ser muy pesimista trae consigo la muerte en vida y la amargura, las ganas de morir, lo cual es absolutamente trágico.

La sociedad occidental debería volver al equilibrio y animar a las personas a vivir en la fe. No debe animarse a una fe ciega, ni a una fe infantil, sino a una auténtica fe racional, a una idea que si bien en sí misma es un imposible sea lo suficientemente lógica para asumir que es cierta. Imposible, pero cierto.

Por acabar, una idea. Por el mero hecho de la estética, resultaría francamente falto de moda que no hubiera vida tras la muerte. El fin mismo del arte, la belleza por la belleza, el interés desinteresado, como se ha venido a llamar, quedaría huérfano sin las posibilidades conceptuales y expresivas que da las ideas religiosas sobre la vida post-mortem.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Cristianismo homogéneo

Todas las normas se nos antojan arbitrarias y que les falta talento (y talante) en muchos casos. Hay que reconocer que las leyes evolucionan a través del tiempo porque es imposible hacer justicia ad lítteram. Sin embargo, el valor de una ley no lo da el número de errores judiciales que consigue solucionar sino el número de individuos que se ven beneficiados por la ley.

Las leyes, todas, buscan lo mismo: otorgar beneficios (desde el código de Hammurabi o los Diez Mandamientos). Cierto es que por lo general otorgan beneficios a unos y perjuicios a otros, pero se trata en realidad de una falsa interpretación: el perjudicado, la mayor parte de las veces, o comete delito (y por tanto merece castigo) o su perjucio se enfoca hacia el beneficio común (por ejemplo, los impuestos o las sanciones económicas).

Como digo, el espíritu de la ley es siempre el beneficio de todos. Esto supone homogeneizar a los individuos, aplicándoles el concepto de justicia y el concepto de igualdad. Ambos conceptos son la causa y la consecuencia de la ley, pero en los últimos tiempos siempre ha primado el concepto de igualdad, ya que resulta mucho más fácil beneficiar a unos pocos que a unos muchos. Cualquier minoría es, hoy por hoy, susceptible de beneficiarse de leyes que perjudican a la mayoría, pero que en cualquier caso, tratan de homogeneizar (aunque en estos casos la homogeneización social vaya hacia la mediocridad en lugar de ir hacia la superioridad).

Me gustaría tratar el caso particular de la Iglesia y sus normas. Entre sus normas hay leyes (derecho canónico) y dogmas. Quisiera centrarme en éstos últimos. Los dogmas de la Iglesia pueden parecer arbitrarios, pero con ellos se consiguió la perduración de la misma hasta nuestros días. Nada distinguiría a la Iglesia Católica del resto de grupos sociales si no fuera porque ella misma tiene unas rígidas normas no exentas de polémica.

Nada hay nuevo bajo el sol. Los mismos interrogantes y las mismas denuncias que hoy hacemos a la Iglesia son los mismos que se hacían desde su inicio. Fue entonces cuando nació el concepto de heterodoxia o herejía. La Iglesia Cristiana, en sus inicios, cohabitaba entre multitud de tendencias y de visiones teológicas. La consecuencia de no tener unas bases sólidas y un ordenamiento normativo claro y sin ambigüedades ya nos ha sido mostrada en multitud de ámbitos (sin ir más lejos, internet es un claro ejemplo). Las mentiras, la falta de rigor, las posturas individuales... todo contribuía a la desintegración de la comunidad primitiva cristiana.

Constantino I, emperador de Roma, tuvo que convocar el Concilio de Nicea (recordemos que Constantino se convirtió al Cristianismo) para finalizar las disputas entre las distintas facciones. El resultado fue la condena de muchos de los obispos que allí estuvieron, grandes oradores y teólogos, pero que no seguían el evangelio. Más bien aplicaban criterios racionalistas, pero que conllevaban teorías mucho más fantásticas de lo que ya en sí es el Cristianismo (porque otra cosa no, pero se trata de una religión en la que grandes cosas fabulosas le pasan a sus santos). Esa clara tendencia a la fantasía racional no podía entenderse como buena, por lo que aquellos que no siguieron la doctrina general o mayoritaria sufrieron perjuicio por el bien de la comunidad.

El Credo.

La respuesta a esto se realizó escribiendo el Credo o dogmas católicos. La profesión de fe indica lo que la persona que la reza piensa y está convencido de ello, como estamos convencidos de que matar es malo o que robar es malo y merecen castigo. El Credo es una oración curiosa, pues en unos pocos versos resume lo que llevó durante siglos a crisis internas en la Iglesia y a persecuciones. Los principales puntos se resumen aquí:

- Creo en un solo Dios, padre todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible. Puede considerarse este párrafo como un prólogo innecesario (ya que nunca existió debate real sobre este punto en el seno de la Iglesia) que trata de establecer el origen de la tradición judeo-cristiana. Los judíos ya se declaraban monoteístas, alejándose de los paganos y las religiones de los pueblos vecinos (persas, griegos, egipcios, etc.).

- Creo en un sólo señor, Jesucristo, hijo único de Dios, nacido del padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre [...]. Este punto toma como referencia las posturas de Arrio, Tertuliano, Justino u Orígenes (estos dos últimos eran padres de la Iglesia, y por tanto respetado por los católicos), que consideraban que Dios y Cristo eran dos personas distintas y no la misma, como considera actualmente la Iglesia. El Arrianismo fue condenado en el Concilio de Nicea, por lo que las doctrinas contrarias a la Trinidad son herejías. Especial mención tienen las palabras "Dios de Dios, Luz de Luz..." indicando, a diferencia de lo que Arrio postulaba, que Cristo es Dios vivo y no una criatura de Dios (incluso entendiendo que Cristo fuera una criatura perfecta). A priori, podría parecer ilógico pensar que Cristo, que vivió hace 2000 años, estuviera al inicio del tiempo. Pero la doctrina católica es clara: Padre, Hijo y Espíritu Santo, son manifestaciones de la misma persona, el Padre, o sea, que proceden del padre desde el principio de los tiempos. Por tanto ellos son en sí mismo Dios y no una obra de Dios (como lo es el hombre).

- [...] que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por  obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. Eliminando de un golpe la doctrina gnóstica, según la cual sólo se salvarían unos pocos elegidos o iniciados. Además, los gnósticos creían en la dualidad carne-espíritu, según la cual la carne era impura y no podría haberse encarnado Dios en algo impuro, puesto que Dios es puro. Por tanto Cristo no era realmente humano, sino que lo parecía. Esto no es permitido por la Iglesia Católica, puesto que lo que realmente hace al Cristianismo único es el hecho de que Dios vino a la Tierra para nuestra salvación. 

- [...] Creo en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y Gloria, y que habló por los profetas. Igual que en los puntos anteriores, se rechaza la idea de un Espíritu Santo distinto a Dios. En concreto rechaza la doctrina de los macedonianistas.

- Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. La Iglesia se denomina Católica desde sus inicios (o sea, universal) y por tanto no admite la existencias de varias iglesias federadas o conferedaras. Todos deben tener una misma idea de fe. Esta Iglesia es Santa y Apostólica, es decir, tiene por misión la evangelización del mundo. También condena la simonía (la venta de servicios y objetos eclesiásticos).

- Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Durante los primeros siglos del cristianismo surgieron herejías que consistían en el perdón de los pecados indiscriminadamente o en la condena eterna de los pecadores. En este sentido se consideraron herejía el Donatismo (donde los sacerdotes pecadores no podían ser admitidos en la Iglesia y debían ser expulsados, cosa contraria a la Iglesia Católica, que considera que todos los pecadores pueden ser perdonados por el sacramento de la Penitencia y si existe arrepentimiento real, volver al seno de la Iglesia). Se rechaza las doctrinas de la reencarnación explícitamente, ya que la resurrección será no en nuevos cuerpos sino total. Existe así mismo un único bautismo. El bautismo es indeleble y por tanto nunca se pierde ni tampoco se puede renunciar al él.