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viernes, 28 de junio de 2013

Escenas de salvación: una reflexión cristiana.

Sin duda es que lo más sublime del ser humano puede ser entendido en términos religiosos (alma, fe, más allá...). Debemos comprender que una parte esencial de la humanidad radica en la pregunta de la existencia o no de una vida posterior a la muerte. Y lo más importante: si existe vida después de la muerte, ¿cómo es esa vida?¿Es el cielo?¿Es el infierno? Las distintas religiones avanzan posibilidades, habitualmente buenas o agradables para aquellos cuyo comportamiento fue en líneas generales acorde a los preceptos establecidos por cada religión. La ausencia de estos comportamientos buenos trae consigo la expulsión a los infiernos, generalmente identificados como sitios de sufrimiento y tormento eterno.
 
La reflexión que quiero llevar a cabo en el día de hoy es la siguiente: dadas decenas de religiones, ¿cuál es la que garantiza mi salvación?¿Me la garantiza incluso si no soy miembro de ésa religión? Es decir, si lo aplicamos al Cristianismo, ¿garantiza esta religión mi salvación si hago el bien?¿Y si soy budista o musulmán pero hago el bien?¿Iré al infierno según la doctrina cristiana?

La situación de la Iglesia antes del Papa Francisco era si cabe muy preocupante al respecto. Incluso hoy podemos decir que aún está muy debilitada, pero la capacidad de Francisco parece que podrá superar, al menos en parte, estas debilidades. Sus reformas parecen inminentes y además es un hombre que a priori predica con el ejemplo, lo cual se agradece. Es en esta línea reformista en la que debe insistir el Papa Francisco, pero no en un reformismo luterano, sino en un reformismo franciscano, como hizo San Francisco de Asís en el siglo XIII.

En la Magna obra de Umberto Eco, El nombre de la rosa, se narra, entre otras cosas, la situación que había vivido la Iglesia en aquellos convulsos años del 1200. Es curioso que en una Iglesia persecutora, que había marcado como profundamente herejes los movimientos de los cátaros a principios de siglo y de los dulcinistas a finales del mismo, sea al mismo tiempo la que canoniza a Francisco de Asís. Lo cierto es que a la Iglesia se la puede achacar de muchas cosas, pero no de condenar "porque sí". Siempre hay un motivo, más o menos basado en los evangelios y en la tradición de los primeros cristianos.

¿Entonces en qué se diferenciaban aquellos franciscanos que predicaban y practicaban la pobreza con aquellos dulcinistas que de la misma manera predicaban y practicaban la pobreza? La respuesta es un tanto oscura, pero básica: en la obligatoriedad.

San Francisco pronto empezó a poner en práctica su pobreza y su total sumisión a Dios. A pesar de animar a otros a practicar su manera de vivir, no obligaba ni contravenía a la Iglesia en su seno. Nunca acusó al Papa o a otros cristianos de vivir en la opulencia, sino que él practicaba la pobreza, y con esa misma pobreza de espíritu humilde llegó a forjar una santidad. En cambio, Dulcino arremetía contra aquellos que acumulaban las riquezas. Desde el Papa hasta los nobles, Dulcino consideraba a los ricos y a esa Iglesia rica como engendros del diablo.

¿Qué significado tiene lo anteriormente dicho con el nuevo pontificado del Papa Francisco? Todo. En materia económica, el Papa Francisco habrá de reformar tanto al Banco Vaticano como a la financiación de la Iglesia. La Iglesia debe reformarse hasta la consagración de hombres que renuncien al mundo, verdaderos santos en vida, hombres que, como ocurría en aquel entonces, allá por los primeros siglos del Cristianismo, sean realmente admirados por su vida intachable. No estamos hablando de ascetismo, ni de causar dolor. Se trata de una abstracción total del mundo, en el cual no sientan ningún apego por lo físico o por lo terrenal, sino exclusivamente por lo espiritual y que sirvan de guía al resto de la Humanidad.

De todas maneras esta idea es realmente (aunque parezca lo contrario) más fácil de realizar que la otra reforma absolutamente necesaria: la reforma teológica.

Para hablar con propiedad, no puede existir una reforma teológica, ya que Dios es inmutable. Pero sí conviene mencionar que el Concilio Vaticano II propuso una serie de ideas tendentes a modernizar la Iglesia que si bien han apoyado todos y cada uno de los papas posteriores, no cabe duda de que están sustentados en valores cuanto menos discutibles. Por ejemplo, el concilio Vaticano II hace enorme hincapié en la idea del Ecumenismo, es decir, la búsqueda de elementos comunes en todas las religiones con la idea de crear una especie de organismo suprarreligioso que si bien no sería una religión trataría de hacer un trabajo similar al que hacen las Naciones Unidas en el mundo, esto es, hablar, dialogar, condenar a quienes no cumplan con los preceptos, etc. Sin embargo, esta paz religiosa da pie a un "pacto de no agresión" en el cual se entiende que el apostolado de todas las religiones es entendido al menos en parte como un apostolado muerto, que ya no tiene más sentido más allá de un cuidado de ovejas descarriadas en zonas inhóspitas o personas desatendidas por otras religiones del lugar.

En cualquier caso hay un hecho todavía más importante, si cabe. ¿Garantiza el Ecumenismo la salvación del alma? Es curiosa la respuesta de la Iglesia. Y digo que es curiosa porque aunque fue dada por un Papa, el cual es infalible en cuestiones teológicas, es ante todo inconsistente con la propia Biblia. El Concilio Vaticano II no llega a dejar claro qué ocurre si un hombre "santo" de otra religión muere sin ser bautizado en Cristo o participar en el seno de la Iglesia Católica. Lo mismo para cualquier otra religión en relación a personas que no profesen la religión. La respuesta del Concilio Vaticano II es que la bondad y la fe en Cristo es mucho más importante que la pertenencia a un grupo determinado pero... ¿cómo puedo tener fe en Cristo si soy musulman?¿Un buen musulmán puede llegar a ir al cielo cristiano?

Hasta no hace mucho, existía el limbo para estas almas buenas que no iban al cielo por no estar bautizadas. Sin embargo, el siglo XX  comenzó a ver esta figura del limbo como algo peligroso en su propio concepto, ya que elevaba a "posible canditado a cielo" a un asesino  cristiano arrepentido y sin embargo condenaba eternamente al limbo al no bautizado. Aunque parezca lo contrario, esta actitud ecuménica es si cabe mucho más triste, falsa y peligrosa que la actitud de condenar a un neonato muerto a un "pequeño infierno".

La razón es simple. Si la salvación nos la da Cristo o la fe en Cristo y sin embargo se salva un alma buena no cristiana, ¿qué sentido tiene la fe en Cristo para salvarse? Seamos buenos y budistas y así llegaremos a salvarnos cristianamente. Esto no puede ser y los propios cristianos, el Papa el primero, deben ser conscientes de la necesidad de reformas del Catolicismo, a un Catolicismo más puro, más primitivo, más creyente... El Cristianismo no tiene que ser una religión de imposición, sino una religión de opción. Creer en Dios debe ser sinónimo de vivir en la fe y en la idea de salvación.

El Papa Francisco, por el momento, ha entendido que un Papa moderno no es lo que necesitan los jóvenes, sino un Papa que asuma al rol que muchos padres no han sabido asumir: el rol de la madurez y de la ayuda y el acogimiento. El Papa Francisco también debe entender que hay que insistir a otras religiones en el valor tan enorme que tiene que el Hijo de Dios sea el Cristo al que seguimos todos y que seguir no a un profeta de Dios o a un virtuoso del dolor nos salva, sino seguir al mismo Dios hecho carne. Esto no significa o no debería significar un enfrentamiento con otras religiones. Al contrario, se trataría de proponer a todas las religiones un giro al cristianismo, cada vez de manera más profunda. No un Ecumenismo, sino un Cristianismo opcional, abierto al diálogo, abierto al público, sin miedo y sin tópicos.

Es necesario salvar a esta Iglesia y creo que de momento podemos decir que seguirá sana y salva mucho tiempo.

lunes, 18 de marzo de 2013

Habemus Papam II o el Papa Francisco, un papa bueno.

Quería esperar un tiempo antes de escribir sobre el tema. El nuevo Papa es un papa atípico. Era necesario esperar unos días antes de emitir juicios sobre el nuevo pontífice, a pesar de que ya mucho está dicho.
 
Francisco exteriormente tiene muchas diferencias con los papas anteriores: es argentino, el primer papa del Nuevo Mundo. Esto imprime carácter. Pero también es un papa distinto interiormente: comenzando por su nombre, haciendo un guiño a San Francisco de Asís, el santo que predicaba pobreza, el nuevo Papa Francisco insiste mucho en este punto: volver a ser la Iglesia de los pobres.
 
Desgraciadamente tenemos poca y corta memoria. Benedicto XVI sigue vivo y sin embargo en los corazones de muchos se presenta a Francisco como un papa que llevara meses o años. Si bien es cierto que Francisco está aglutinando las mejores críticas del momento, esperemos y roguemos a Dios que no sean sólo el fruto de una euforia puntual propia de la novedad sino que sea  la línea rigurosa de todo su mandato, como según parece así será.
 
Benedicto XVI pasará a la Historia como un papa intelectual. Es cierto que no se le ha valorado tanto como debiera. Ha contribuido a formar las bases propagandísticas de la nueva Iglesia. Benedicto XVI ha sido, ante todo, un papa culto, un consumado teólogo, lo que vendría a ser más o menos lo que es un reputado científico en su campo. Cierto es que los científicos por lo general no contribuyen a mejorar el bienestar de las personas, pero sientan las bases científicas para que posteriormente ingenieros o inventores sí que realicen objetos o métodos que mejoren el bienestar.
 
Francisco ahora tiene la tarea de inventar la Iglesia a través de los descubrimientos teológicos y de la parcial reorganización de las instituciones eclesiásticas de Benedicto XVI.  He aquí donde el Papa Francisco ha comenzado con muy bien pie. Ha entendido perfectamente que la Iglesia debe volver a encontrarse con el camino perdido de los evangelios.
 
Hay quien dice que el Papa ha sabido entender la nueva situación de la Iglesia. Esto no es cierto. Los cardenales, cuando lo eligieron, sabían perfectamente que este papa no necesitaba entender nada, ya que él es así. Es muy diferente que uno al llegar a un nuevo puesto de responsabilidad cambie su forma de ser (por lo general es así) a que esa misma persona sea así y al llegar al poder siga comportándose así. Este es un acierto no del Papa, sino del colegio cardenalicio. Al escoger entre los candidatos a aquel que no tenía que fingir ni dejar de ser quien era, se fomentaba abiertamente el espíritu de buena concordia en el seno de la Iglesia. En este sentido, hemos de admitir que Benedicto XVI cambió radicalmente la manera de pensar que tenía cuando le llamaban Cardenal Ratzinger. Si aún nos acordamos, el llamado "Cardenal de Hierro" resultó ser un señor bastante cercano y simpático en su papado. Esto, según parece, fue causado por la mala prensa que había tenido siendo cardenal. Además, la sombra de Juan Pablo II era demasiado larga y le acompañó al menos los dos primeros años de su pontificado, más que nada hasta que beatificó al anterior papa y las cosas se calmaron. Desgraciadamente Benedicto XVI sufrió del mayor mal del ser humano: el miedo. Quizá, de haber sido más joven, hubiera sido más valiente en sus reformas y de haber sido más valiente, hubiera sido distinto su papado, tanto para bien como para mal. En cualquier caso, a Benedicto XVI le falló su carácter lógico: al no entender que los ministros de la Iglesia podrían ser en sí mismos los mayores pecadores no pudo llevar reformas más contundentes y necesarias.
 
Al Papa Francisco le ocurre lo contrario: su carácter es mucho menos serio. No deberíamos hablar de que sea más carismático que su predecesor, porque eso es relegar al anterior papa al rango de títere y para nada sería justo hacer ese comentario. Sin embargo, el pueblo, por el momento, se ve reflejado en algunas de sus posturas.
 
Antes de que saliera el nuevo papa había quien me preguntó que quién debería salir como nuevo papa. Yo contesté muy claro: "El Papa ha de ser ante todo una persona buena". Esta respuesta parece obvia, pero no lo es. Lo que necesita hoy más que nunca la Iglesia (y parece que lo ha conseguido) es una persona buena. No necesita teólogos, ni políticos, ni personas que sepan 20 idiomas. Necesita bondad.
 
Jesús de Nazaret sólo sabía hebreo. Es posible que hablara algo de la lengua conquistadora (el latín) pero seguro que no era un experto. Por otro lado los Evangelios indican que sabía leer (Lucas 4, 16-21) y escribir (Juan 8,6) pero no fue un consumado autor, pues de hecho no dejó escrito ningún libro, cosa que sí hicieron sus discípulos. Si Cristo no era un experto, ¿por qué habría de serlo el Papa? Es cierto que la Iglesia que se encontró Cristo no es ni mucho menos la que existe hoy, con más de 2000 millones de cristianos. Sin embargo, no hay nada que no pueda hacer el poder del bien.
 
Recuerdo en la película de Ben-Hur que cuando Charlton Heston está encadenado y no le dejaban los romanos beber agua, al pasar por Nazaret, un joven Cristo, al cual no se le ve la cara en la película, se acerca al preso y le da de beber agua. El soldado romano se acerca violentamente a Jesús y lo reprende pero el gesto de Jesús, callado y mirándole fijamente, a lo cual el propio soldado se asusta, es el gesto que busca la Iglesia actual. Es necesario que exista hoy un hombre tan poderoso que sea capaz de poner en su sitio a muchos hombres tan poderosos como pecadores, pero al mismo tiempo lo haga con la dulzura y bondad de un buen cristiano. Eso no requiere de ciencia, sino de fe y de un don de Dios, el don que sólo se le confiere a los santos.
 
El Papa Francisco es bueno ante todo. Por supuesto es humano y como buen humano puede tener opiniones, pero lo auténticamente importante es que sin salirse de los preceptos rígidos de la Iglesia sea capaz de transmitir esa bondad que espera el pueblo.
 
Ahora sus detractores quieren echar por tierra su bondad. Colaboraciones con Videla, nunca demostradas, o más recientemente su oposición al matrimonio homosexual no son más que cuestiones que merecen un aplauso. Nadie es malo por rechazar lo que no es bueno. Es más, si cabe, para evitar discusiones estúpidas, nadie es malo por rechazar lo que no es ni bueno ni malo. La homosexualidad está ahí, es un hecho innegable. Sin embargo, la oposición de la Iglesia, la cual no es incorrecta aunque quizá sí poco acertada políticamente, no significa que se niegue lo evidente sino que se niega que esa opción de vida sea acertada. La Iglesia, como ocurre con tantos otros temas polémicos, no puede aceptar principios errados de los seres humanos, no admisibles ni por la más pequeña lógica. Aún así, el Papa Francisco considera errados sus comportamientos pero no imperdonables. La Iglesia, ante todo, debe saber perdonar. He aquí otro de los principios que hacen y harán de este papa todo un símbolo.
 
Eso creo yo: hemos dado con el Papa Bueno. Un papa que devuelva la fe y demuestre con hechos (Mt 7,16-20: Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis). Este papa será ante todo un predicador con el ejemplo.

jueves, 26 de julio de 2012

Stephen Hawking y las serias dudas sobre la existencia de Dios

¿Dios existe? Esta es la pregunta que todo ser humano se realiza al menos una vez en la vida. ¿Qué es Dios?¿Es todopoderoso?¿Por qué no se manifiesta o cuando lo hace es de una manera sutil o inescrutable?

La idea de Dios es, como ocurre con otros conceptos primitivos, intrínseca a las ideas de la raza humana. Dios ha sido durante siglos la respuesta a muchas causas tanto naturales como sobrenaturales. Incluso los mismos escolásticos consideran a Dios como la primera causa de todo.

También ha ocurrido que, durante siglos, unos pocos visionarios fueron dando explicaciones alternativas a la idea de Dios o la magia. Estas explicaciones provenían de la ciencia. A medida que la ciencia fue avanzando, los hombres fueron descubriendo fenómenos y a su vez leyes que explicaban de una manera lógica esos fenómenos que en principio podrían parecer cosa de magia o de una divinidad. Podemos poner muchos ejemplos, desde la explicación de los eclipses y su pronóstico o la impresión que causa una tormenta. En cualquier caso, el talento de los seres humanos hizo disipar las dudas sobre estos fenómenos, que no son más que efectos de puras causas físicas.

Los científicos de los siglos pasados, sobre todo desde Galileo y Newton, se enfrentaron al poder de la Iglesia, afirmando categóricamente que algunos pasajes de la Biblia no podían ser considerados como verdaderos o al menos no como totalmente verdaderos. Había discrepancias sobre lo dicho y lo observado en el tiempo. Finalmente, después de muchos años, Darwin con su teoría de la evolución y el descubrimiento de la datación por estratos acabaron de apuntillar la interpretación literal de los versículos de la Biblia. Así, Dios no creó a los seres vivos acabados, sino que estos mutan, evolucionan o desaparecen según criterios de selección natural. Dios tampoco creó el mundo en el año 5000 a.C., sino que existen datos de capas terrestre de más de mil millones de años.

El concepto de Dios y Dios mismo estaba más acorralado que nunca. Sin embargo, ese principio de los escolásticos de que tenía que haber un primer móvil y que alguien tuvo que crear el mundo (es decir, un mundo no puede salir de la nada), seguía (y sigue) más que vigente. Kant en la Critíca de la Razón Pura, en sus antinomias, admite que entendiendo que hay dos realidades bien documentadas como son la física y la metafísica, es imposible que por medio de una podamos conocer la naturaleza de la otra (es decir, no es posible conocer a Dios por principios físicos ni conocer el mundo sensible mediante la metafísica). Conclusión: existen antinomias (o paradojas) sobre ciertos aspectos del mundo (entre los que destacan la existencia de un creador y un comienzo del mundo). Merece la pena tratar de entender los argumentos de Kant en aquel libro, ya que son las preguntas esenciales del ser humano. Eso lo dejaremos a la curiosidad del lector.

Stephen Hawking, en su libro Breve historia del tiempo, argumentaba que Kant había supuesto en aquellas dos antinomias ya nombradas, que el universo podía y no podía tener un principio, siendo ambas hipótesis válidas, ya que existe un tiempo infinito a partir de cualquier suceso (incluido el principio del universo). Sin embargo Hawking, co-creador de la teoría del Big-Bang, demostraba que Kant no tenía razón en este punto, al no existir el tiempo antes de la creación del mundo. Entonces, ¿qué era lo que existía? Pues nada. Y nada es nada. Quizá, ni siquiera Dios.

Esta pregunta se la hacía Hawking en aquel libro, hace ya décadas. Sin embargo, en aquel mismo libro, señala que la teoría del Big-Bang no invalida la existencia de un creador del mundo, sino que marca un momento exacto en que lo hizo. Aunque él no lo menciona, esta postura es totalmente deísta, ya que Dios crea pero luego no interviene en el mundo (cosa un poco extraña en un ser "todopoderoso", ya que.. ¿por qué no querría participar en él?). Recientemente, Hawking demostraba en su último libro que Dios no existía de acuerdo a los principios físicos. Es más, tras años de investigación llegaba a una conclusión, totalmente demostrable, de que no era necesario disponer de Dios para crear materia o energía, sino que de la misma nada aparecían cosas. Esto, que pude sonar a magia, está recogido en los principios de la mecánica cuántica, en los que las cosas muy pequeñas se comportan de manera muy extraña, como puede ser la existencia de una misma partícula en dos sitios diferentes, la desaparición de partículas o la aparición espontánea. Esto se debe a que no es posible conocer el mundo microscópico sin interferir en él, ya que un pequeño fotón de luz es capaz de alterar tan frágil equilibrio, dando estos tipos de incertidumbres.

Además, Hawking demuestra en su libro que el espacio surge de la propia existencia de la energía, de tal manera que el espacio sería energía negativa que contiene a la materia y la energía (positivas). En definitiva, se comportaría como una gran batería con una suma total igual a 0 (es decir, igual a la nada). Esto, como él bien dice, es demostrable tanto física como matemáticamente.

Hawking entonces llega a la conclusión de que si de la nada puede aparecer algo muy pequeño (y el big-bang, en su inicio, era del tamaño de estas partículas), entonces no es necesario que Dios intervenga en nada y por tanto Dios no existe. Hawking insiste en que él no quiere hacer creer a los demás otras cosas que no quieran creer, pero que este descubrimiento significaría haber acabado el conflicto entre ciencia y fe, al menos desde el punto de vista formal.

Estoy absolutamente de acuerdo con Hawking. Es fantástico el planteamiento. Sencillamente brillante (como mente brillante que es él). Brillante y lo más importante, cierto. Entonces él mismo se planteaba que de no ser necesario un creador, probablemente no exista y si no existe, ¿cómo existiría un cielo o un infierno? Sólo tendríamos, en la realidad este mundo para poder desarrollarnos y ser felices y luego, al morir, se acabó. Se acabó todo. No importará si fuimos buenos o malos, sólo si fuimos felices.

No oculto mi terror por estas palabras y estas conclusiones. Siete mil millones de almas humanas sin más posibilidad de desarrollo que este mundo. Suena trágico. Suena injusto. Suena humano, demasiado humano.


Lo que Stephen Hawking ha obviado

Sin embargo, el señor Hawking admite también que la física ha demostrado que Dios es innecesario para la creación del mundo. Esta respuesta es, para mí, insuficiente. Su argumento más crítico en su análisis de la falta de necesidad de Dios es que la mecánica cuántica demuestra que las partículas pueden crearse de la nada para posteriormente desaparecer. El propio Hawking argumenta que el tiempo y su creación es el sustento del universo, lo que evitó que aquella partícula que originó el big-bang y que surgió de la nada generara el universo. De la misma manera, Hawking argumenta que en los agujeros negros el tiempo desaparece, hasta tal punto que en el centro del horizonte de sucesos no es predecible nada, ya que las leyes físicas dejan de existir. Lo curioso es que Hawking cambia su planteamiento del pasado: para él, el horizonte de sucesos era una indeterminación (es decir, imposible de predecir sucesos) y sin embargo, ahora ya no es una indeterminación, sino la nada. Dicho de otra manera, el agujero negro es el fin del univero, como una especie de orificio del universo que lleva a ¡nada!

Tengo que reconocer nuevamente que es muy probable que Hawking esté en lo cierto, y curiosamente, como ocurre en la mecánica cuántica ¡tenga razón en las dos cosas!

De todas maneras, yo admito que esto lleva a una situación contradictoria, que el mismo Hawking debería clarificar. La primera es una obvia, que probablemente al lector ya le haya surgido: ¿por qué aquella partícula que creó el universo explotó? O incluso una menos intuitiva: ¿es posible que no hayamos sido "el primer universo de la historia"? (Entendiendo claro está, la manera intuitiva del ser humano, porque Hawking diría: ¡Nunca hubo un "universo anterior", pues entre universo y universo no había tiempo!). A estas preguntas puedo responder incluso yo fácilmente: se trata de estadística. Quizá se creó de la nada trillones y trillones de partículas antes de la partícula del big-bang. Es como jugar a la lotería: nuestras posibilidades son nulas, pero siempre le toca a alguien, porque en suma, las probabilidad de tocar son altas.

En cualquier caso surgen otras preguntas quizá no tan encaminadas al big-bang sino a lo que ocurrió después. Por ejemplo, ¿por qué tanta armonía en el universo?¿Cómo es posible que se generara la vida? (Es claro que de manera espontánea, como ocurrió al universo). Sigamos. ¿Por qué vida inteligente cuando prácticamente el 100% de los seres vivos son no inteligentes? ¿Por qué, incluso, siendo tan inteligentes, no somos capaces de erradicar el mal?¿Si el mal y el bien no existen, por qué condenar a criminales?

Si Dios no existe, ¿no existe el bien supremo?¿Está la raza humana abocada a sucumbir por la naturaleza?¿Cómo se explican ciertos milagros?

Estoy de acuerdo en que un universo podría surgir de la nada, pero también podría haber un creador que le diera forma o que hubiera decidido haberlo hecho de la nada en un preciso instante. Además, la mecánica cuántica es una ciencia peligrosa: si bien explica perfectamente el mundo microscópico, es imperfecta en el mundo macroscópico. Incluso, los propios científicos son incapaces actualmente de conjugar la mecánica cuántica (fenómenos microscópicos) con la ley de la gravedad (fenómenos macroscópicos). No me cabe la menor duda de que la ciencia logrará alguna vez dar con la solución, pero resulta muy extraño obviar a un ser inteligente en todo esto, cuando además, la inteligencia es algo que, como la vida, parece bastante posible en este universo.

Por otro lado, el argumento ontológico de San Anselmo sigue sin explicarse en este sentido. La idea de las cosas viene de una existencia. La idea del concepto perro proviene de la existencia de dicho ser. Es posible que yo piense en algo que sea mentira (por ejemplo, una isla paradisíaca en medio de mi ciudad), pero por pensarlo no significa que exista. Sin embargo, el concepto en sí mismo de las cosas: isla, ciudad, etc. sólo puede provenir de un conocimiento de las mismas y por tanto de una realidad. Por último, San Anselmo argumenta que el concepto de perfección, que puede ser aplicado a Dios, proviene de una realidad y además esa realidad debe existir, puesto que cuando se piensa en algo perfecto se piensa en algo acabado y existente, ya que si no existiera, no sería perfecto. Por tanto Dios existe, ya que es perfecto, y existir es más perfecto que no existir (o lo que es lo mismo, la materia es más perfecto que la nada).

Parece que el dilema entre ciencia y fe seguirá vivo.