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jueves, 16 de junio de 2011

Los restos de Franco

Cuentan de Shi Huandi, el llamado "Primer emperador de China", que durante su reinado, precisamente para ser considerado como el primer emperador habido en China, ordenó quemar todos los libros del país (incluidos los de Confucio), de manera que nadie pudiera discrepar respecto a su idea de que él era el primero de todos. Obviamente, hoy sabemos que antes de él, cuyo reinado se sitúa en torno al 200 a.C., hubo muchos reyes y gobernantes y sabios.

La quema de libros ha sido desde siempre una cuestión de Estado. Decir la verdad no es siempre políticamente correcto. Hay tantas cosas políticamente incorrectas que al ciudadano de a pie le resultan tristes o incomprensibles muchas de ellas. Si hay un país, por encima de todos, que actualmente tenga una visión incomprensible del mundo, ese es España. Los hechos son verdaderamente visibles: no hay un país que tenga tanto miedo a un muerto, como ocurre con el Generalísimo Franco. Ni Napoleón, ni Hitler, ni Pinochet, ni Videla, ni Lenin. Franco es, y seguirá siendo durante muchos años, sinónimo de miedo. En un país como España, un país civilizado, que el presidente de la nación, Rodríguez Zapatero, considere a Franco un enemigo a batir, resulta jocoso, incomprensible, ridículo y sobre todo frívolo, ya que alguien que desapareció hace 36 años no puede ser una amenaza para nadie. ¿O sí?

Tomemos en claro a lo que nos referimos. El presidente de España considera inmoral que el cuerpo muerto de un Jefe de Estado repose en un mausoleo recuerdo de todos los caídos en la Guerra Civil Española (que ganó él) y un lugar en el que, dicho sea de paso, el general quiso ser enterrado. Le guste o no al señor Rodríguez Zapatero, se trata de un personaje histórico español y eso nunca podrá ser olvidado (como ya ocurrió con el "Primer Emperador").

Dejemos de flagelarnos por el pasado. Hay quien dice que el pasado es vergonzoso. Tengo que responder que el pasado es únicamente vergonzoso en la persona, no en la sociedad. El pasado es obra de todos los miembros de la sociedad, no importando el rango que ocupen. El pasado no puede considerarse como resultado simultáneo de todos los miembros de la sociedad, ya que algunos pueden que no estén de acuerdo con lo aceptado socialmente. Así pues, ni el pasado glorioso ni el pasado vergonzoso es cuestión de Estado, sino de personas. Algunos pueden decir "me obligaron a estar allí" en relación a una guerra o una manifestación. Eso no sería, propiamente, pasado de alguien, ya que una obligación, aunque sea pasada, no puede representar un acto voluntario. Sin embargo, los actos personales son intransferibles y cuando éstos son voluntarios (ejemplo, ser infiel a alguien, robar, asesinar...) representan propiamente el pasado de cada cual. Entonces sí que podemos hablar de vergüenza o de pecado.

Es un completo error esconder el pasado de una nación o no asumirlo. El pasado de una nación hay que vivirlo siempre con orgullo. No podemos considerar que sea feliz un acontecimiento como la pérdida de una batalla, una conquista por parte de otro país o el exterminio de una raza. Podríamos incluso avergonzarnos, pero a título personal. Lo que no puede ser nunca admitido es avergonzarse colectivamente de haber tenido un gobernante nefasto o peor aún, avergonzarse de un gobernante que siendo bueno no coincidía con nuestras ideas.

El ejemplo de España es claro. Si hay alguien absolutamente vergonzoso en la Historia de España, ese es el actual presidente Rodríguez Zapatero. Únicamente podría ser superado por las terna Godoy, Carlos IV y Fernando VII. Pero incluso Godoy ganó una guerra a Portugal, cosa que el actual presidente ha sido incapaz de hacer. ¿Pero habremos de avergonzarnos de él? La cuestión es clara: a nadie le gustaría tener un hijo subnormal, pero cuando se tiene si no se le quiere, al menos se le respeta. Cuando este presidente salga de gobernar el país, los españoles podrán o no avergonzarse, a título personal, pero es parte de la Historia de España y como la Historia es la ciencia (o sea, la verdad) del pasado, hemos de decir siempre la verdad.

El caso de Franco es absolutamente igual. Puede que haya personas que tengan una especial antipatía a Franco, pero no se puede consentir que se mancille la tumba de un antiguo Jefe de Estado, como tampoco puede mancillarse la tumba de Godoy, de Carlos IV o de Fernando VII. Los rusos, una vez caída la Unión Soviética, no destruyeron la momia de Lenin. Sin embargo, en otras ocasiones, los símbolos nazis, muchos de sus monumentos, o las estatuas de Sadam Hussein fueron derribadas, destruidas, dejando huérfano al arte.

En toda Hispanoamérica hay líderes más o menos queridos, vivos y muertos. Pinochet, Videla, Hugo Chávez o Castro son ejemplos de estos malos o buenos gobernantes. Ustedes, el público, decidirá sobre si fueron buenos o malos. Pero sería un terrible error olvidar o eliminar de los libros de Historia que un día Venezuela estuvo comandada por el militar Chávez, que Pinochet quizá salvó a Chile de una situación peor a la actual, que Castro estuvo más de 50 años en Cuba o que Evo Morales era un auténtico payaso. Eso no hay que olvidarlo, insisto.

Resumiendo: a todos esos facinerosos que tratan de esconder la realidad, profanar cadáveres o engañarse a sí mismos, yo les recomendaría que pensaran en lo que decíamos al principio sobre Shi Huandi: no podemos borrar el recuerdo colectivo, al igual que el hombre encarcelado es al menos libre de pensamiento. Al final, todo se acaba sabiendo, la verdad se acaba sabiendo.

martes, 14 de junio de 2011

El castigo físico como método de aprendizaje

El castigo físico no está de moda. Una bofetada o una nalgada no está de moda. Los antiguos métodos de aprendizaje están dando paso a los nuevos métodos, a los cuales los países occidentales se han acogido con tanta fuerza que se roza a veces la intromisión de la vida pública en la privada. No importa lo que se aprenda, sino sólo cómo se aprende.

Salgo por la calle y habitualmente veo a madres y padres interactuando con sus hijos. Ni atisbo, salvo raras excepciones, de toque o de contacto físico para castigar. La razón, las buenas maneras, imperan por doquier. En este ambiente tan positivo, estamos a las puertas de una nueva era, de una era de paz, conductas pacíficas, entendimiento y esperanza para el mundo (al menos el mundo occidental). ¿Es todo esto un espejismo o hay algo de verdad?

Ha quedado demostrado que desde que existen los métodos no violentos, los adolescentes se están comportando con una abierta violencia, verbal y física, hacia sus mayores, hacia la autoridad y hacia sus compañeros. Sólo el encarcelamiento o la exclusión social parecen ser los frenos para estos adolescentes, que si bien no son todos, sí son un grupo bastante numeroso.

¿Qué tiene de malo la violencia?, pregunto yo. ¿Acaso no lo ve usted? La violencia engendra violencia, como diría un Martin Luther King cualquiera. Sí, pero... ¿no estaremos, una vez más, confundiendo los términos? Las lenguas abusan de la polisemia en favor de una economía lingüística y es casi evidente que nuevamente estamos ante una confusión entre lo que llamaríamos castigo o correctivo e imposición por la fuerza. Actualmente, a ambos hechos los llamamos "violencia", pero no siempre fue así.

La violencia o brutalidad era una cualidad considerada, fundamentalmente desde la época de los romanos, como una exposición de una fuerza exacerbada, desmedida y a medias entre el concepto de justicia e injusticia. Existía, por tanto una violencia justa (como era la represalia) y una violencia injusta (lo que actualmente denominamos propiamente violencia). El caso es que ninguna de estas dos acciones que podemos llamar violentas constituye nada parecido a algún método de aprendizaje, ya que si bien se puede aprender algo es aprender a odiar o aprender a sentir un miedo atroz al ejecutor del acto violento.

Es esta definición de violencia la que ha tratado de implementar en la psicología pedagógica actual los psicólogos modernos. Para el psicólogo moderno, las acciones correctivas anteriores a la pedagogía de los años 80 y 90 son acciones violentas, conducentes siempre a fomentar el odio y la represión del pupilo. De ahí que sea altamente importante que los niños sean protegidos de una violencia que puede engendrar violencia (M.L. King).

Volvamos otra vez al principio. El castigo físico es una forma de ejercitar la violencia en el niño. Vayamos un poco más lejos y apliquemos el concepto castigo físico a la mujer, como ocurre en diversas culturas o ha ocurrido en el mundo occidental en épocas pasadas. Busquemos luego la relación que actualmente se observa entre castigo físico - violencia - maltrato. ¿Es cierta esta relación o se basa en falsos principios socialistas?

Partamos de dos conceptos que no pueden ser jamás olvidados: el niño y el adulto. Por mucho que queramos negar la realidad, un niño y un adulto son entes totalmente distintos. No podemos tratar a los adultos como niños y a los niños como adultos. Las razones, entre otras, parecen obvias: los niños no tienen ni la madurez ni el raciocionio de un adulto. Cualquier acción sobre el niño no puede ni podrá ser reconocida como una acción similar en el adulto, así como el efecto de una misma acción sobre el adulto no será el mismo efecto en el niño. Si no somos capaces de asumir esta realidad o no queremos admitirla, jamás resolveremos este problema.

El aprendizaje. ¿En qué consiste el aprendizaje? Es una pregunta un tanto retórica, pero podemos afirmar que aprender es lo mismo que entender (y sus derivados, conocer, experimentar, razonar, etc.). De hecho, en latín, la inteligencia es la capacidad de entender. Muchos han sido los métodos de aprendizaje, desde la mayéutica de Sócrates hasta los métodos condicionados de Skinner, pasando por los métodos constructivos, los métodos clásicos de prueba-error o la repetición. Para un utópico, el método ideal consistiría en una proporcional fracción de cada uno. ¡Utópicos! No entienden que ante todo los niños no son adultos.

Supongamos una casa de hace 300 años, con la madre y el niño. El padre y cabeza de familia, no en pocas ocasiones habría hecho uso con ambos de una violencia indiscriminada, totalmente amparada por la ley, y que en ningún caso podemos considerarla ejemplarizante o didáctica. Hoy ocurren casos parecidos, si no más graves. El hombre se ha valido de su superioridad física para imponer de una manera villana sus "razones". El maltrato físico al niño y a la mujer, o incluso al esclavo, nunca fue bien visto, siendo tachado de brutal. Existían leyes ya en el derecho romano que protegían a los débiles de los abusos. Sin embargo, es también cierto que en no pocas ocasiones, los problemas domésticos eran considerado, como su nombre indica, problemas de cada uno y no del conjunto del Estado o de la comunidad vecinal.

Es importante enseñar, sea hombre, niño o mujer. Enseñar a un hombre es fácil, hasta cierto punto. Será porque el hombre ha sido siempre objeto del estudio del erudito por lo que el método para que aprenda está mucho más detallado. El razonamiento suele funcionar con el hombre letrado. No es importante que haya disputas o distintos puntos de vista: lo importante es que exista un flujo racional que acabe en un punto final o conclusión. El hombre iletrado no suele ver esto, siendo imposible entonces enseñarle. Ante la inoperancia o la ignorancia, el castigo (o mejor aún, la ausencia de placer) se muestra como única alternativa para enseñar al hombre adulto (fundamentalmente la multa, la pérdida de libertad y de placeres, como la comida o el sexo, y en raras excepciones, el castigo físico).

La mujer, en cambio, es completamente distinta al hombre. Ni es elegante ni tampoco aconsejable el uso del castigo físico ante una mujer. Quien llega a esos extremos demuestra tener poco sentido humano o varonil. La mejor manera de enseñar a una mujer es retirarle su condición adulta. Tratar a una mujer como a un niño es una manera más que ejemplarizante (y divertida) de enseñar a una mujer. Quizá el ejemplo más claro para este concepto lo dé Shakespeare en La Fierecilla Domada.

Entramos entonces en el niño. ¿Por qué es desaconsejable una nalgada al niño? En este aspecto el psicólogo infantil no entiende por un momento lo que es el niño y el adulto. Pongamos el siguiente ejemplo: para que un hombre pueda darle una nalgada a una mujer, debido a que ésta tiene mayor fortaleza física que un niño, es necesario hacer mucha fuerza y por tanto dañar a la mujer. En todo momento hay que distinguir castigo físico de maltrato. Un castigo físico es simplemente la aparición de dolor como forma para recordar. Un cosquilleo puede ser un fuerte castigo físico. Usar castigos físicos en el niño (al que indudablemente hace falta mucha menos fuerza para causar dolor) o en la mujer (hacerle cosquillas, darle palmaditas, pellizcos, etc. y tratarla como a un niño) pueden ser formas divertidas o ejemplarizantes.

Polémicas habrá para todos los gustos. Probablemente incluso mis palabras no gusten a muchos. Pero lo cierto es que cuando al niño hay que enseñarle, pocos métodos son tan claramente efectivos y útiles como el castigo físico. Cualquiera que vea un niño de 1 año, verá que ya trata de usar su corto entendimiento e inteligencia para salirse con la suya. Trata de llorar para atraer la atención de los padres, trata de engañar para comer una galleta sin que lo vean, aprenden a mentir... Estas conductas deben ser totalmente erradicadas si no se desea que en el futuro en lugar de querer comerse una galleta a escondidas pretenda robar un banco sin que lo vean.

Los padres de hoy dan vergüenza. "¡Nene, no toques eso!" El niño se acerca, lo toca y lo cae. El padre le dice "¡Mal, muy mal! Eso no se hace". No existe castigo físico, sino sólo la palabra. Entendamos lo siguiente, ya que somos adultos: cuando un niño tiene corto entendimiento y no es capaz siquiera de razonar correctamente, ¿cómo se pretende que sean capaces de asumir que lo han hecho es malo?

Sintiéndolo mucho, debo decirles que el niño es el eslabón perdido entre el mono y el hombre. Mucho más inteligente que el mono, es incapaz de entender el bien y el mal en términos racionales, si no es por medio del dolor o del castigo. Los psicólogos actuales están tan convencidos de que los castigos convencionales (supresión del placer, tratándolos como adultos) son tan eficientes que no entienden que un niño no podrá entender conceptos más elaborados si no comprende los básicos o axiomáticos. El dolor, lo dulce, el abrazo o cariño, la risa... son elementos básicos en el niño que aprende incluso antes de la etapa cognitiva. Risa---- placer---- bueno; nalgada--- dolor---- malo. Darle un beso a papá...... mamá da un beso----- placer---- bueno; romper el jarrón de la abuela------ nalgada----- malo.

Lo que para un niño, con su piel sensible, representa un escozor, a efectos corporales no es nada, ni deja secuelas. Los mismos perros o mamíferos saben que darle pequeños mordiscos a sus crías las harán más dóciles, sin que les causen un daño real. El psicólogo quizá no entenderá que el niño pueda recibir una cachetada, sin embargo la naturaleza no sólo lo entiende sino que lo aprueba. Con el tiempo, sin embargo, se entiende que el individuo o el animal aprendió y ya desarrollado, sólo es posible un castigo muy duro y al borde de la muerte para "enseñarlo" nuevamente.

Está demostrado que los niños en entornos donde se aplicaron castigos físicos (volvemos a insistir, no maltratos), son mucho más responsables e inteligentes que los niños que fueron siempre protegidos o disculpados, los cuales se vuelven unos déspotas. En ningún caso se puede considerar que un niño maltratado pueda desarrollar estos puntos positivos, ya que el exceso de dolor no conlleva la precaución (o en términos humanos, respeto) sino que conlleva la supervivencia (o en términos humanos, el odio y el rencor).

Como decía Aristóteles, en el término medio, está la virtud.

lunes, 13 de junio de 2011

Lo que debemos aprender de Hitler (II)

Sigamos con la emocionante historia del Führer de Alemania. Hitler demostró en las trincheras una actitud irreprochable, incluso criticable desde la comunidad militar base, por estar firmemente de acuerdo y no mostrar discrepancias con el alto mando, a pesar de que la Guerra Mundial estaba concluyendo de una manera triste para Alemania.

Hitler reprochará siempre a sus compañeros, al ejército alemán en general, su falta de entrega, por olvidar los esfuerzos que sus viejos abuelos hicieron por la reunificación de Alemania y por convertir a este estado en una potencia militar de primer orden, al nivel de Francia o Austria. Imaginemos, en mitad de los disparos, un Hitler ya cabo, tratando de animar a sus abatidos compañeros, algunos de ellos llorando, otros gritando: "Se acabó, se acabó todo...". En todo esta situación, muy probablemente muchos desertores judíos que tratando de comprenderlos, no consideraban a Alemania como su verdadera patria, o al menos no tanto como para no diferenciarse de sus compañeros auténticamente alemanes.

En mitad de los disparos y las deserciones, ahí está el cabo Hitler. ¡No es posible! Estos muchachos, que tienen tanto por lo que luchar, por un futuro glorioso para Alemania, de prosperidad a costa de franceses e ingleses, huyen sin parar. Él, que tanto había luchado por tener un nuevo futuro, que había descubierto en el ejército una puerta para una prosperidad real en su vida, ve nuevamente truncado su sueño, pero esta vez, mucho más tristemente, la culpa no es de él o del sistema. La culpa la tienen la actitud de los alemanes. Él ya había leído a Nietzsche, por ejemplo, y conocía hasta qué punto los alemanes habían perdido su esencia noble y trabajadora. Estos alemanes compañeros suyos eran la vergüenza de la raza. Habían realmente perdido el norte.

Llegaron los aliados y vencieron. Hitler llorará amargamente por esta derrota porque habiendo estado en el frente, combatiendo codo con codo con sus hermanos alemanes, había visto hasta qué punto sus hermanos eran cobardes, desconsiderados y sobre todo faltos de energía. Él mira al horizonte: nunca jamás volverá a consentir que su futuro lo obstaculicen ni los alemanes (sobre todo los socialistas), ni los franceses ni los judíos.

Lo fascinante y al mismo tiempo fundamental en esta historia, desde este punto hasta el final, es que Hitler es capaz de convertir una idea propia en una idea nacional. Esto es lo más grande que puede realizar un ser humano: que un país o incluso el mundo piense, actúe y sueñe como lo que uno piensa, actúa y sueña. Estamos ante una falsa apreciación: Hitler no convenció a nadie; Hitler compartió su mundo feliz con todos. Quien no sepa apreciar esto, no sabrá apreciar hasta qué punto se logró que todo un pueblo fuera capaz de seguir al líder. Porque él no impuso sus ideas por medio de la lógica, sino por medio del corazón.

Ideas, sueños, un fin, un objetivo.... ¡Despierta, Adolf! En aquel momento, nuestro aún joven cabo Hitler se ve en la post-guerra. El quiere iniciar una nueva empresa (esta vez, ve claro que puede ser un gran político o al menos, un colaborador con la propaganda nacionalista, de una Alemania poderosa. Recordemos, una vez más, que Hitler no era alemán, sino austríaco, aunque Alemania le había proporcionado más perspectiva de futuro que su Austria natal. Además, poco o nada quedaba del imperio de los Habsburgo y Hitler pensaba sólo en el futuro.

¿Pero por donde empezar? Hitler no tenía amigos, no tenía contactos, ni siquiera tenía dinero. ¿A dónde ir?¿Qué hacer? Una vez más los sueños se veían tan lejanos. Es en este punto donde un hombre cualquiera debe sentarse y meditar. Conocerse a sí mismo. Hitler ya sabe la respuesta: no hará nada, seguirá en el ejército y hará carrera, tratando de aprovechar su situación para poder hacer política cuando tenga oportunidad. Esta es una lección valiosa que Hitler le da al mundo: podemos tener miles de sueños, algunos imposibles, pero no podemos perder la noción de lo que somos. No se trata de olvidar los sueños (Hitler nunca lo hizo), sino de asumir la realidad y tratar de convertirla a lo que uno quiere y no pretender que ella misma, por nuestra simple voluntad mental va a convertirse en nuestro sueño.

Muy importante: el que manda nuestras vidas es nuestro propio yo. Si alguien o algo manda sobre nosotros (dinero, familia, amigos, jefes...) entonces no pretendamos cambiar la vida. Al final de la guerra se proclama la república soviética de Baviera. ¿Ser esclavo de los comunistas? ¡Nunca! Entonces Hitler se marcha de Baviera y se traslada. Él no va a consentir que la escoria comunista invada su intimidad. No convivirá con ellos. Trabaja durante un tiempo en un campo de prisioneros.

Para algunos fantasiosos, Hitler se estaría formando aquí la idea de los campos de concentración, del exterminio judío, del odio racial, etc. Insistimos en la idea de que salvo contadas excepciones, provocadas por intensas experiencias, una persona no se forja una idea de la noche a la mañana. Hitler ha visto en el campo de batalla cómo sienten Alemania los comunistas o los judíos. No hay que mirar más que alrededor de cualquier país del mundo actual para darse cuenta de que los comunistas o los ecologistas siguen siendo los destructores de los países y las sociedades. Él lo contempla. Él lo conoce. Él lo hace saber al mundo.

Los soviéticos bávaros fueron derrotados por el ejército alemán. Es otro golpe de suerte. Son estos momentos los que hay que aprovechar siempre. Esta enseñanza también la podemos sacar de Hitler, cuando decide regresar a Munich y acepta su primer trabajo político: buscar y denunciar comunistas y partidos comunistas. Le tocará investigar a un pequeño partido, el Partido Obrero Alemán, del que se pensaba que podría tener ciertos tintes comunistas y Hitler debía denunciar estos hechos. Su sorpresa fue que este partido no era tal como sospechaban, sino precisamente era un partido leal a las ideas de la república, al nacionalismo. Durante una de sus reuniones, uno de los asistentes expresa la necesidad de que el estado libre asociado de Baviera se desvinculara de Alemania y se unificara con la nueva Austria, con la que unían lazos históricos y geográficos. Hitler pronuncia entonces su primer discurso político, llenando de asombro a los asistentes (apenas unas decenas de miembros).

El tiempo se ha parado. Ha nacido el Hitler político. No se trata de convencer, se trata de despertar al pueblo. Aquellos hombres salieron esa noche totalmente renovados. ¡Cuánta razón tenía el nuevo camarada! Lo que debemos aprender es que nunca debemos temer la opinión, aunque sea contraria, de los demás, porque incluso hablando ante miembros de un partido que él mismo investigaba, y por tanto podría no haber sentado mal su intervención, éste se presentó y habló.

Ahora empieza la etapa del Hitler ideólogo, teórico y práctico. Todas esas ideas, puras, encerradas en su cabeza desde hacía años, estaban emergiendo con tanta fuerza, pureza y cantidad que embelesaba a todo el que escuchaba su discurso. Esto es también importante: no importa lo que se tarde en hacer que una idea tome forma si esta es pura y perfecta. Anton Drexler, el líder del partido, entiende que Hitler es una baza importante y tiene el tirón para atraer adeptos. El problema fue que Drexler no pudo luego mantener a Hitler, ya que su ímpetu era extremo. Hitler es ya el dueño del partido, rebautizado con el nombre de partido nacionalsocialista (en su apócope alemán, nazi).

Es hora de que hagamos una parada y reflexión sobre la lección de hoy. En la próxima ocasión veremos cómo Hitler, líder ya del partido, consiguió que no sólo sus adeptos (como ocurre con la mayoría de los políticos) sino sus propios conciudadanos llegaron a respetarle e incluso a amarle.

domingo, 5 de junio de 2011

Explicando la ciencia o el teorema causa-efecto

Conviene recordar de vez en cuando lo que es el método científico y la validez de las conclusiones que se derivan del mismo. Sabemos que Aristóteles fue el precursor del método científico, considerando la observación y posteriormente la deducción la que podía llevarnos a conocer las conclusiones.

El mérito de Aristóteles está en que antes que él nadie había definido de una manera tan notoria un método que permitía conocer conclusiones generales, más allá de los aspectos míticos o las creencias mantenidas durante generaciones. De la misma manera, Aristóteles con su método pudo resolver multitud de paradojas de filósofos antiguos, como los presocráticos.

Es evidente que si el método de Aristóteles hubiera sido perfecto, se hubiera acabado la listas de científicos, porque los demás hubieran sido meros ejecutores de la idea ya expresada. Sin embargo, al método de Aristóteles fallaba: las conclusiones particulares no siempre podían sacar conclusiones generales, y lo que era más grave, las hipótesis (de carácter general) rara vez se podían aplicar a casos particulares, ya fuera porque la forma general era una abstracción, ya fuera porque el método de inducción no permitía probar claramente las hipótesis elaboradas.

Fue Galileo el que planteó las bases ya consolidadas del método científico moderno. Otros muchos contribuyeron antes y después, pero Galileo fue el primero en establecer el experimento como comprobación a la hipótesis. Así, quedaron establecidos los cuatro pasos del método:

1. Observación
2. Elaboración de hipótesis.
3. Comprobación experimental.
4. Reelaboración de hipótesis (caso de experimento negativo) o conclusiones (caso de ser el experimento positivo)

Tal y como reconoció Kant, la fortaleza del método está en que es posible siempre realizar un experimento de comprobación. Otras ciencias, como la metafísica, no pueden comprobar las hipótesis, esto es, carecen de un experimento, quedando esta comprobación como una entidad mental o prueba lógica. Esto ya lo expusieron numerosos filósofos, ya que la comprobación se volvió con el tiempo algo fundamental para alcanzar la verdad.



Comprobación. Esa es la clave de la ciencia. Lo que no puede ser comprobado no se puede asegurar. Esto es así. Todo lo que no pueda ser recreado mediante un experimento no podrá ser considerado como acertado y la hipótesis, por tanto, será falsa.

La importancia de esta afirmación radica en lo que ahora se ha venido llamando "leyendas urbanas". Por algún motivo, la ciencia verdadera ha sido considerada como poco fiable, corrupta y falta de conciencia. Por poner un ejemplo, los móviles tienen que ser cancerígenos, porque las grandes multinacionales tienen intereses económicos y nunca admitirían esto. Más casos: los extraterrestres existen y los americanos nos lo ocultan; el microondas es cancerígeno; cualquier vapor procedente de una fábrica es dañino, nocivo y nos matará irremediablemente con el tiempo; el terremoto de Japón fue hecho por los EE.UU. por despecho...


El reciente caso de los pepinos españoles es una muestra severa del escaso rigor científico de los políticos y de la población en general. Una cepa más virulenta de la bacteria E. Colli infectó a varias decenas de personas en Hamburgo. Por unos simples comentarios de los infectados (sin ningún tipo de comprobación científica), el gobierno alemán prohibió la importación de verduras españolas.

La cuestión es simple. ¿Cómo se puede decidir la veracidad de un asunto científico, de una hipótesis, si no se experimenta y comprueba? Esto es el fin del método científico.

Mis estimados lectores. ¿Hasta qué punto van ustedes a creerse lo que cuatro chalados quieren hacerles ver?¿Van a tirar por la borda el trabajo de miles de científicos, que trabajaron durante siglos por construir una ciencia verdadera?¿Es que ustedes han perdido la fe en la ciencia? Me sorprende, cada vez más, la involución social. Realmente la presencia de paganos y formas mestizas de cultura nos está llevando nuevamente a una época oscura, de supersticiones y prejuicios.

Hace siglos, la gente vivía en sus casas con el miedo en el cuerpo por cuestiones tan tontas como la creencia en los hechizos y la magia. La ciencia destrozó aquellos mitos. Ahora, ¿cuántos no van al astrólogo o al curandero?¿De verdad puede haber evolucionado la humanidad hasta un estadio anterior de subcultura?

Esto es preocupante. Quiero hacer ver que es más importante que la economía, el paro o la situación política. Es el rechazo a la VERDAD. Tenemos un método preciso y exacto, esto es, verdadero, que nos muestra sin ningún tipo de duda lo que es mentira de lo que es verdad y ahora ha habido necios que han llegado a convencer a los buscadores de la verdad de que quizá su método falla.

Lo peor de todo es que ellos mienten. El método no ha fracasado o está anticuado. Es tan moderno como siempre y de validez absoluta. ¿Entonces? Entonces puede ser que la moral se haya relajado y se permita que cualquiera, sin importar su nivel, opine. Este es el auténtico problema: haber sucumbido ante la opinión y la política.

Siempre se vio los extraños y penosos efectos de la religión mezclada con la política y ahora se ven los efectos de la política en la ciencia. ¡No debería pasar otros 2000 años para enmendar este error!

miércoles, 1 de junio de 2011

Móviles cancerígenos (II)

Ayer comentábamos la noticia de los hipócritas de la OMS. Lo cierto es que viendo el siguiente video no queda dudas de que los supuestos científicos tienen de todo menos de eso, científico. El representante de la OMS, en el video, dice textualmente "... y ver si podemos afirmar que son consecuencia directa del móvil...". Y luego añaden que el café (¡cómo no!) también produce cáncer.

¿Entienden a dónde lleva todo esto?¿Cómo se puede afirmar que científicamente algo es dañino y luego añadir que hay que ver si podemos afirmar esta hipótesis?

Creo que ayer no fuimos capaces de cancelar todas las dudas en el respetable, así que me brindo a explicarles algo mejor qué es el electromagnetismo y cómo influye en nuestra salud.

En primer lugar, hemos de afirmar lo siguiente: el electromagnetismo, como la energía, está en todas partes y es absolutamente inevitable escapar de él. Nuestros mismos cuerpos son centros de producción electromagnética (fundamentalmente en el sistema nervioso). Un campo electromagnético no es más que el resultado del acoplamiento de un campo eléctrico y un campo magnético. Los campos eléctricos son creados por las cargas eléctricas (es decir, fundamentalmente protones y electrones), mientras que los campos magnéticos son creados por las cargas en movimiento. Si la carga está quieta, tenemos un campo eléctrico. Si además está en movimiento, tenemos un campo magnético asociado.

Otras partículas sin carga, como el fotón, pueden llevar asociada un campo electromagnético, consecuencia de la cuantización de la energía. De hecho, por el efecto descubierto por De Broglie, se puede afirmar que todo cuerpo es onda y partícula al mismo tiempo. Dicho de otra manera: hasta nosotros mismos somos ondas electromagnéticas, pero nuestra longitud de onda es tan corta que es imposible detectarla.

Para cualquier neófito en estas cuestiones, los campos electromagnéticos les suenan a la sensación de jaqueca y de mareo (vaivén), calor, bochorno, dolor oscilante en los oídos, etc. Pero esto no es más que cultura urbana. El cine con sus ruidos "láser", como en la Guerra de las Galaxias, ha contribuido a ver las ondas electromagnéticas como un fenómeno sofisticado. Las máquinas de resonancia magnética, con sus estrambóticos ruidos, tampoco han contribuido precisamente a calmar los ánimos. Sin embargo, la realidad es bien distinta y menos romántica, los campos electromagnéticos son absolutamente silenciosos y si acaso se escuchare algún ruido, es obra o bien de las cargas eléctricas en movimiento (como ocurre en un transformador eléctrico) o bien del rozamiento de las partes móviles del motor o generador.

Las ondas electromagnéticas (que son las que generan los campos electromagnéticos) se clasifican según su longitud de onda (o su frecuencia, que están relacionadas entre sí por c, la velocidad de la luz). Esta clasificación, denominada espectro electromagnético, puede verse aquí.

Quisiera hacer hincapié, como se indica en el gráfico, en que existen radiaciones denominadas ionizantes y no ionizantes. El concepto ionizante-no ionizante no es un concepto absoluto, sino relativo a la sustancia a la que se haga referencia. Así, ionizar significa literalmente hacer iones. Para hacer un ión hay que añadir o eliminar un electrón a un átomo o molécula. Para que una onda electromagnética pueda ionizar a una molécula es necesario que esta onda permita el salto cuántico entre orbitales por parte del electrón. La frecuencia de dicha onda, denominada frecuencia umbral, es la mínima necesaria para ionizar la materia. A partir de esa frecuencia, frecuencias mayores ionizarán más fácilmente y en mayor grado la materia, y por debajo de esa frecuencia es imposible que se ionice en ningún grado.


Esto es algo fundamental: las radiaciones con frecuencia menor de la frecuencia umbral no pueden ionizar, aunque la intensidad de dicha radiación sea muy elevada. Expliquemos esto con más detenimiento. Supongamos que queremos atravesar una pared con un proyectil. A simple vista, parece que lo que hace que un proyectil atraviese la pared es su densidad (compactación), es decir, que el acero atraviese la pared es más fácil a que lo haga el papel, pero esto no es cierto. En realidad es la velocidad la que permite que tenga suficiente cantidad de movimiento para romper la pared. Lo mismo ocurre con las ondas electromagnéticas. A simple vista parecería que la intensidad (número de ondas por metro cuadrado) es la que permite causar daños a los tejidos. Es decir, a pleno sol el daño sería mayor que con nubes. Pero esto no es rigurosamente cierto. Lo que realmente causa el daño es la calidad de la onda.

Si volvemos al gráfico del espectro electromagnético podemos ver que las radiaciones ionizantes para el ser humano empiezan en la zona del ultravioleta. Por tanto, radiaciones por debajo de esa frecuencia, por muy intensas que sean, jamás harán daños ionizantes (y por tanto, cancerígenos).

Entremos entonces en materia. El rango de frecuencia de los móviles es de 900 MHz (9 x10e+8 Hz). Sin embargo, la mínima radiación ultravioleta se sitúa en las frecuencias de 8x10e+14 Hz, es decir, 1 millón de veces más intensas.

Dicho de otra manera, más gráfica, es mucho más probable que su comida le pueda provocar más cáncer que el móvil. Insistimos mucho en la cuestión de las ondas electromagnéticas: no provocan cáncer si no tienen suficiente frecuencia.

Otra cosa bien distinta podría ser algún tipo de malestar relacionado con los campos magnéticos. Es bastante lógico pensar que al estar ante un campo magnético no ionizante intenso pudiera darse el caso de que las moléculas orgánicas y el agua "vibren" ante ciertas frecuencias. Estas vibraciones podrían desembocar en calentamientos zonales. Sin embargo, para que esto ocurra, la intensidad debe ser muy elevada, como ocurre en un horno de microondas. En este caso, los continuos choques en las paredes del horno hacen que se multiplique la intensidad de la onda.

La leyenda urbana de que si se escapan las microondas del horno podrían achicharrar al que se encuentre cercano, es totalmente falsa. Las microondas, cuando no son muy intensas, calientan mucho menos que los rayos infrarrojos.

martes, 31 de mayo de 2011

Móviles cancerígenos

Dicho y hecho: nuevamente la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha hecho de las suyas y amenaza a las tranquilas almas mundiales con revelaciones escandalosas.

Ya fueron ellos los que contra todos los informes de la mayoría de las asociaciones de psiquiatría consideraron la homosexualidad como "opción" y no como enfermedad o trastorno sexual. Lo políticamente correcto, obviamente, es en Occidente más fuerte que los hechos científicos. No obstante, no quiero resultar tedioso en un tema más que manido. Ese chico tímido y que no hace daño a nadie es un "enfermo con síndrome de Asperger" pero aquel marica que se cree la Reina de Saba es un "tipo normal". Bueno... Continuemos.

Ahora nuevamente la OMS lanza otra de sus advertencias: los teléfonos móviles son "posiblemente cancerígenos". Remarcamos las comillas porque la misma OMS lo remarca. Posiblemente... presuntamente... quizá... A ver, que nos quede bien claro: la OMS es tal y como rezan sus estatutos, una organización científica de las Naciones Unidas y por tanto no cabe en la OMS la palabra "posiblemente". O es o no es.

Señores de la OMS: les habla un científico. Ningún científico serio saca conclusiones con un 25% o con un 30% de resultados positivos. Ese "posiblemente", para ustedes, habituados a la estadística, se convierte en lo que se llama "suceso independiente". Es decir, al hacer un estudio entre la dependencia entre comer carne y ser mejor persona, no hay relación directa entre ambos sucesos y por tanto son sucesos independientes. Algo así pasa con los móviles. No podemos alegar que porque hemos estudiado el cáncer en una población (sin móvil) y en otra población (que habla por móvil) en la que los casos sean 5-10% superiores a los de la primera población, el móvil sea el causante de esta discrepancia.

Me gustaría indicar claramente que no es posible que las ondas electromagnéticas no ionizantes (caso del teléfono móvil) puedan afectar al ser humano y provocar cáncer. De ser así, la misma luz indirecta de una habitación (espectro del visible) provocaría cáncer. O aún peor: incluso por la noche, la radiación infrarroja, es decir, la que producen todos los cuerpos por el hecho de tener temperatura, podría ser más dañina que los campos magnéticos del móvil.

A este respecto, podemos ver lo que dice la Asociación Española contra el Cáncer, por poner un ejemplo entre muchos.

Ya está bien de engañar al público y darle carnaza a cuatro ecologistas radicales que ven en el desarrollo tecnológico el fin del mundo. No podemos ser radicales tecnológicos ni radicales ecologistas. DESARROLLO SOSTENIBLE. Esa es la clave. Desarrollar sin abusar.

He demostrado a muchos conocidos, con aparatos de medida adecuados, cómo de dañina era la red eléctrica que pasaba por su casa, su antena de telefonía situada en la cúspide de su edificio o los daños que su microondas hacía en sus tejidos. Esos son, como otros muchos, cuentos de viejas, basados en efecto placebo, ignorancia y prejuicios.

Somos cínicos por naturaleza. Si ahora las energías renovables, por ejemplo, suponen una mejora sustancial para el planeta y el ser humano, ya surgen voces críticas que anuncian desastres cancerígenos. No hace mucho tuve que escuchar que los generadores eólicos provocan cáncer al ionizar el aire con sus paletas. ¿Es que su automóvil no ioniza el aire (cosa, por otro lado, falsa)?¿Es que sus propias heces, que desprenden gases venenosos (como el metano), no son más peligrosas que ese aire al que usted falsamente le da características de ionizado?

Les pido encarecidamente que lean y se informen, por expertos de verdad y no por organismos manejados por políticos. De ahí nada bueno puede salir.

viernes, 27 de mayo de 2011

Lo que debemos aprender de Hitler

Hasta los más fanáticos detractores de Hitler deben reconocer que estamos ante la personalidad más fascinante y enigmática del siglo XX. ¿Cómo pudo ser que un muchacho de escaso talento para los estudios o el arte y que tampoco demostró ser conocedor de un oficio determinado pudiera convertirse en el amo absoluto de media Europa?

Tras la pregunta, el lector verá pasar por su cabeza multitud de pensamientos. Algunos seguirán leyendo con ávida curiosidad. Otros tendrán una visión atroz del líder austríaco y su rencor hacia los actos de Hitler le harán rechazar cualquier hipótesis. Unos pocos tratarán de culpar a un pueblo inepto y corrupto. Unos pocos fanáticos pensarán que fue su discurso real y sincero el que hizo rendirse a toda Europa. Otros dirán que Hitler no hizo más que sentarse y dejar que los disciplinados alemanes hicieran lo mismo que hacen ahora, trabajar y tratar de ser los mejores. Quizá nunca encontremos la respuesta, pero tratemos de conocer mejor, sin prejuicios, a este señor llamado Adolfo y que la Historia lo colocó en un momento en el que quizá (o no) tuvo que estar.

El inconsciente, individual o colectivo, nos juega a veces malas pasadas. ¿Por qué hago esto si no quería o por qué siento miedo al ver pasar a cierto animal? Quizá la respuesta esté en un miedo ancestral del ser humano, quizá en una experiencia cuando aún éramos bebés, pero sea como sea todo queda finalmente grabado en lo más profundo del cerebro. Tampoco deberíamos, empero, culpar siempre al subconsciente: los seres humanos necesitamos hechos palpables para tomar decisiones.

Todo parecía indicar que Hitler sería un muchacho más del entonces convulso Imperio Austro-Húngaro, sin embargo algo mucho más grande le fue destinado. Como hemos dicho, no fue un gran estudiante y por lo que él mismo confesaba su gran sueño había sido convertirse en un pintor importante. Ya ven, un Van Gogh o un Renoir austríaco. En todo caso, su arte fue totalmente incomprendido o al menos poco apreciado por los académicos y profesores de universidad de la Escuela de Arte.

No podemos aquí seguir sin usar la imaginación. Sin ella no podremos jamás comprender cómo ocurrió lo que ocurrió. ¿Qué haría un muchacho del siglo XXI que quiere estudiar en la universidad y al que no admiten en ninguna carrera? En la mayor parte de los casos, probablemente decidiría trabajar en cualquier cosa. Posteriormente, al ganar dinero y no ser emprendedor, estaría siempre con miedo de perder su escueto empleo, lo que finalmente le haría no iniciar aquellos estudios que deseaba. Otra historia, en caso de que el chico pueda ser mantenido por sus padres, será que durante un año completo estará en casa viendo la televisión, visitando a sus amigos universitarios en la cafetería de la universidad o incluso haciendo algún viaje "para aprender inglés". Luego, al año siguiente, si puede entrar en la universidad, pues bien; si no, otro año en la empresa de un amigo de su padre, o trabajará como el muchacho de la primera historia o se escudará en que no hay trabajo y pasará otro año más como el anterior. Las dos historias finalizan del mismo modo: esos chicos acabarán trabajando donde puedan y se quejarán el resto de su vida de su mala suerte o en el mejor de los casos olvidarán sus sueños de juventud y serán lo más felices que puedan.

Hitler fue otra cosa. Hay que imaginar, repito. Hitler, además de todo lo que vamos a contar, contó con algo inesperado. Tuvo suerte. No nos referimos a buena suerte, sino que él estaba allí en el momento justo. De haber sido otro el que hubiera estado allí, la Historia hubiera cambiado radicalmente. O si la I Guerra Mundial no hubiera finalizado en 1919, sino sólo 3 años antes, no hubiera existido quizá el gobierno de Hitler. Imaginemos, por tanto, a un muchacho que deja su pueblo para ir a Viena. Hitler no era un chico normal. Hitler era limitado quizá en algunos aspectos, pero siempre demostró una confianza en que todo iba a ir bien. Esa es una sensación que no todos son capaces de sentir. Conocer internamente que una divinidad, el destino o la vida va a darnos la oportunidad de demostrar nuestra valía es un sentimiento tan extraño que por mucho que se explique quizá no se pueda sentir en cabeza ajena. No nos estamos refiriendo aquí a la sensación del velocista, ante la final de los 100 m lisos, que pide a Dios que le dé fuerza (como se veía en la película Carros de Fuego). No nos referimos al estudiante o al desempleado que tiene la confianza de que va a conseguir ese trabajo soñado o a finalizar sus estudios. Es esa sensación que la Iglesia Católica y el propio Cristo pide a todos los creyentes cuando habla de la virtud de la Fe.

Hitler es un modelo de fe. No estamos diciendo que haya sido un derroche de virtudes, sino que siempre creyó. Su obra, Mein Kampf (Mi Lucha), es un auténtico alegato a lo que él considera que será Alemania un día no muy lejano. Fue esta fe la que realmente hizo que Alemania y Europa conocieran el poder de Hitler.

Decíamos que debíamos imaginar. Imaginemos al joven Hitler en Viena. Un muchacho deseoso y con la fe puesta de que la vida le depararía algo grande. Aún no sabía el qué. Él pensaba, erróneamente, que la vida le depararía la oportunidad de ser uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Tal era su fe. Hitler, de todas formas, no vio satisfechas sus pretensiones. Imaginen a un muchacho al que le han dicho que no, pero que está convencido de que tiene que convertirse en el mejor pintor de Austria. Necesitaba entonces, mantenerse en la capital. Comienza a desempeñar oficios mal pagados (barrendero, mozo de carga, albañil...). En todo momento, sin embargo, no deja de pintar cuadros, con la fe de que algún día el público considerará su obra digna de estar en los mejores museos.

Es ahora donde viene un apartado clave. Toda figura mítica (y Hitler lo es) no puede apoyarse sólo en su propia fe. El afianzamiento de la fe es algo imprescindible y en este caso la lectura fue un tema fundamental. Hitler descubre en la lectura de los clásicos, de la mitología nórdica y de la Historia casos heróicos de resistencia, de visión del poder, de vueltas del destino y de auténticos actos de fe. Es también, en estas lecturas y también en la propia estancia en Viena, cuando comienza a ver la realidad de la sociedad vienesa. Una sociedad corrupta, egocéntrica, donde sólo los ricos son capaces de disfrutar y donde no existen ni siquiera las mínimas dotaciones de servicios para el pueblo. Investiga y escucha: los judíos son los culpables de la situación.

No podemos culpar a Hitler de pensar lo que pensaban millones de alemanes, franceses y austríacos e incluso europeos en general. No en vano, el sentimiento antisemitista no lo inventó Hitler. Los judíos han estado toda la vida vinculados a la estafa económica y al escándalo político, del que nunca salieron desfavorecidos. Podemos no legitimar una idea por ser prejuiciosa, pero la idea del judío malo no es una simple asociación debido a la envidia o a una crisis económica. Ciertamente habría casos reprobables de judíos sin escrúpulos que extorsionaron a la gente del pueblo. El pueblo no se escandaliza porque un judío le quite los bienes a alguien. El pueblo se escandaliza porque un judío le quite los bienes injustamente a alguien o que otro judío vuelva a hacer lo que hicieron otros judíos antes.

Así pues, el joven Hitler fue perfilándose como un muchacho con deseos de ser pintor ante todo y que defendía en aquella Viena, en los cafés y/o con estudiantes y gente del pueblo, sus ideas, probablemente con vehemencia. En este sentido, Hitler no era más que muchos de nosotros cuando defendemos a un partido político o increpamos a los líderes del otro. Imaginemos a Hitler defendiendo con vehemencia juvenil el daño que los judíos están haciendo en la sociedad austríaca y la pérdida de valores de la parte germánica del Imperio Austro-Húngaro. El Imperio, heredero del antiguo Sacro Imperio Romano Germánico, era sólo un triste recuerdo de aquella gran época y la joven Alemania de aquel entonces encarnaba mucho mejor que la vieja Austria de los Habsburgo la visión universal del antiguo Imperio Germánico. Algo parecido pasó en la España posterior a 1898, donde el pesimismo era la tónica general de un inmenso imperio comido por la dejadez de sus gobernantes.

Hitler defiende a Alemania, como el que defiende a un club de fútbol y sus ideas políticas. Pero no nos engañemos. Hitler o cualquiera de nosotros, hasta ese momento, teníamos vidas parecidas. Tenemos nuestros trabajos y por las tardes o los fines de semana nos reunimos con amigos y familiares a hablar de política, fútbol o sucesos. Tenemos nuestra opinión y él tenía la suya. Entonces, llegó la suerte.

Hitler abandonó Austria y se instaló en Múnich. Es entonces cuando inesperadamente ocurrió el hecho que cambiaría la Historia de Europa y la Humanidad. La Primera Guerra Mundial ha comenzado y con ella, el joven Hitler se alista en el ejército alemán.

Algo que no entenderé nunca de los numerosos autores e historiadores de la figura de Hitler es considerar que la etapa de la Guerra fue determinante pero no iniciativa. Dicho de otra manera: la Guerra fue la que desencadenó los pensamientos que Hitler guardaba, como si Hitler hubiera sido siempre el führer, sin entender que la Guerra hizo otra actuación bien distinta. No es la Guerra la que confirma lo que ya Hitler sabía de Alemania, de los judíos o de la situación decrépita de Europa. Es la Guerra la que convierte a Hitler en el führer. Es en esto donde los tantísimos autores no han sabido ponerse de acuerdo o encontrar. Para ellos la Guerra fue un impulso y no el primer motor, justificando (¡cómo no!) que la figura del canciller alemán fue obra y gracia del antisemitismo, tesis compartida, sobre todo, por los ganadores de la Segunda Guerra Mundial y cuya contradicción puede acarrear a muchos académicos la expulsión de los círculos intelectuales más importantes del mundo (círculos que, por otro lado, están todavía dominados por intelectuales judíos).

Tratemos de imaginar nuevamente la situación que Hitler vivió en la Guerra. Aquel pintor, con ideas las que fueran, pero no distintas a las suyas, a las mías o a las de aquél, en el sentido de que no eran más que conversaciones y opiniones, se encuentra en la tesitura de estar codo con codo con compañeros que tratan de defender por las armas su derecho. ¡El derecho a defender (literalmente) las ideas, la integridad y sobre todo el futuro de Alemania, Europa y el Mundo! ¿Es que acaso puede alguien no imaginar que en la mente del muchacho empezó a gestarse una idea? ¡Esa era la respuesta a su fe! Siempre creyó que el futuro le aguardaba algo grande. Eso grande no era, sin embargo, convertirse en el mejor pintor de Alemania, sino contribuir a la salvación del pueblo alemán de la destrucción, como hizo Lot ante Sodoma.

Pero todo esto que estamos mencionando no puede entenderse desde un plano racional. Hemos de poner emoción. Es totalmente incierto e increíble pensar que aquel muchacho de 25 años, soldado raso del ejército alemán por Baviera, tuviera en su cabeza la idea de llegar a ser, ni por asomo, el führer (a no ser que como nos ha ocurrido a todos, imaginemos las cuentas de la lechera: "con lo que gane hoy compraré una vaca que me dará mucha más leche con la que compraré dos vacas, etc."). Exceptuando la especulación entusiasta que todos hemos tenido en cualquier aspecto de nuestra vida, lo cierto es que podemos imaginar a Hitler como un Héctor o un Aquiles moderno del conflicto internacional de 1914, pero no como un jefe supremo o comandante al mítico estilo de Alejandro Magno. Ese no es el Hitler real y quien quiera verlo así, confunde causa con efecto.

De todas maneras, es aquí donde comprenderá al fin su misión vital. Para quien no haya estado trabajando en equipos, por ejemplo, en la construcción, en la industria, el ejército o la marina, le resulta muy difícil entender lo que es estar inmerso en un grupo heterogéneo e indisciplinado y en donde la visión del líder cuenta más bien poco. Es en estos grupos, liderados a veces, tristemente, por jefes pusilánimes, donde las personas como Hitler, conscientes de su potencial, pueden ser sacrificados o pueden salir victoriosos. No será la primera vez y la última que el más capacitado de la oficina ha logrado ascender en poco tiempo o ha sido despedido en tiempo record (esto último lo más habitual). De todas maneras, existen dos diferencias fundamentales entre la Guerra y la oficina y entre Hitler y otros como él. La primera es que en la oficina surge una vacante que se cubre, tarde o temprano. Una vacante en la Guerra raramente se cubre y si se cubre, el sustituto es francamente peor que el anterior. De ahí que los mandos, en la Guerra, traten de mantener lo más cohesionado posible al grupo y que a los soldados más problemáticos se les enderece desde el principio o bien se les recompense para que estos sirvan de refuerzo positivo al grupo. La segunda diferencia es que Hitler era un auténtico "cabeza cuadrada", un hombre de honor, incapaz de dejar su puesto, abandonar a un compañero o injuriar a un superior. De esto dan fe sus ex-compañeros de aquella fecha. Hitler fue el ejemplo del buen soldado alemán: serio, firme y decidido. No en vano, recibió dos veces la Cruz de Hierro. Es en mitad de las trincheras, el olor a pólvora y mediante la observación de sus timoratos compañeros donde Hitler entiende que él está totalmente por encima de sus compañeros y que si algo positivo puede salir de esas trincheras, sin duda, le está esperando a él. Durante la Guerra, él será capaz de ser un grandísimo psicólogo: puede predecir el miedo, las reacciones de sus compañeros ante las órdenes, la capacidad del ser humano ante la Guerra, la palabra como medio de alentar a sus compañeros acobardados. Se queda en cabo, pero ha aprendido tanto de esta experiencia, que señoras y señores, ha nacido el nuevo Führer de Alemania.

Proximamente, hablaremos de qué ocurrió después.